LA LENGUA NO ES DE TRAPO

Ojo con las traducciones

Hace unas semanas, cuando por fin se abrieron los grifos del cielo, las predicciones meteorológicas volvieron al tapete agorando cataclismos que por suerte no ocurrieron. Pero no crea el lector que voy a referirme a los fenómenos climáticos ni a la sequía; nada de eso.

Por entonces pude leer en la prensa lo siguiente: «El meteorólogo brasileño Alexandre Aguiar dijo que en algunas partes de nuestro territorio las precipitaciones pueden ultrapasar 200 milímetros en 48 horas».

Se ve que no sólo el meteorólogo era brasileño, también lo era el traductor de la información, porque ‘ultrapasar’ no es un vocablo castellano, no existe en el diccionario, aunque sí figuran ‘ultra’, que se aplica a grupos políticos o personas que extreman y radicalizan sus posiciones; ‘ultramar’, región ubicada al otro lado del mar (colonias o territorios de ultramar, tienda de ultramarinos); ‘ultratumba’, más allá de la muerte (una voz de ultratumba); ‘ultravioleta'; ‘a ultranza’, a muerte, resueltamente, y otros adjetivos a los que se antepone la voz ‘ultra’ para dar idea de superlatividad o exceso.

Me adelanto a reconocer que en definitiva, cualquier hispanohablante entiende perfectamente bien qué se quiere decir con ‘ultrapasar’, pero no cuesta nada respetar la idioma propio de uno, ¿no halla? En español tenemos unos cuantos verbos para dar la idea de exceder de cierto límite: Rebasar, sobrepasar, superar, traspasar… pero no ultrapasar, verbo definitivamente lusitano. ¿Acaso usted no ha visto las indicaciones en las carreteras brasileñas, entre las que puede leerse «Não ultrapasse» cuando se quiere impedir el rebasamiento de vehículos porque viene una curva o un repecho?

–Yo, Mendieta, no presto atención a esos carteles, porque cuando voy a Brasil estoy buscando un lugar donde tomarme una caipirinha.

–¡Qué lo parió!

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