Trama. En Espacio Teatro, obra de Carlos Manuel Varela

El hombre que quería volar

Paradójicamente, esta anécdota está salpicada de innumerables peripecias.

El profesor loco, que nunca aparece en escena, es agresivo, raspa la puerta de su cuarto, lee «libros peligrosos», no quiere ver a su mujer (Isabel Schipani) pero al fin dice que quiere verla, habla con una doméstica (Susana Sellanes), hace dibujos que se toman en serio, se niega a hablar pero algo habla, recibe por turno a sus tres hijos, es declarado insano pero caben dudas, la esposa anuncia varias veces que forrará la pieza del enfermo, para no oírlo, el profesor demente se suicida, pero Francisco, su hijo (Carlos Rompani) niega estentóreamente el suicidio, que alarma pero que no apoya en razones. Aparece un médico fatuo (Carlos Scuro) que al principio parece un burocrático médico de certificaciones; luego empieza a tratar al profesor (que parecía carecer de toda asistencia médica), dice que el profesor progresa. Al fin el médico es de la casa, sin que se sepa bien en qué forma, aunque se insinúa una relación con la esposa y dicta por teléfono (!) un certificado de defunción. Diego (Sebastián Silvera), uno de los hijos, vuelve de lejanas tierras luego de decirnos varias cartas; hay las consabidas escenas de reencuentro familiar, saludos, abrazos y despedidas que no superan los diálogos del teleteatro; hay reproches para Francisco por si ve o no a la madre, por si la llama o no la llama; la hija (Patricia Moyano) amaga confiar a la madre las circunstancias en que su novio pasa la noche con ella; hay reproches contra la vida, que no ha sido más próspera ni más feliz. Todo es circunstancial y fútil; anécdotas y más anécdotas que se desvanecen en el recuerdo como un remolino de polvo en el aire.

Es posible que el autor haya intentado crear, más que una trama, más y menos que un drama: una atmósfera, un tanto similar a su obra anterior, «La Esperanza S.A.», donde también aparecían el exilio y la estrechez económica; en vez de un comercio se trata aquí de una familia culta de clase media alta y en declive. Si ello fuera así, es evidente que el autor confía en exceso en su imaginación. Faltan datos reales, significativos, que convenzan de que la obra pudo suceder en la realidad. Se necesitaría el arte de la narración indirecta de Chejov o de Williams; pero el autor es muy poco crítico con lo primero que le viene a la mente, que parece ir, rápidamente y sin examen, al papel o a la computadora. Por ejemplo, no hay, en el habla de los hijos, vulgar y descuidada, la menor reminiscencia del mundo de la Universidad, en el que debieron vivir. Ni siquiera sabemos qué materia enseñaba el profesor, ni los motivos de su liderazgo y después su renuncia, ni qué enfermedad mental padece. El producto tiene mucho más de teatro del absurdo a lo Ionesco que de un teatro de denuncia o por lo menos de un teatro vivo en la historia.

Termina la obra y este crítico no sabe qué hacer con ella. No sabe siquiera cómo definirla. No es una pieza política, porque la dictadura es sólo un telón de fondo de un drama insignificante, que cabe, literalmente, en una habitación. Hay una incontrolable divagación, un desorden narrativo, contradicciones nunca explicadas, falsas pistas que aparecen de continuo. Si se analiza objetivamente la historia de «El hombre que quería volar», la conclusión es que la búsqueda de una sociedad sin pobreza es querer volar. Es pura locura.

Parecería que el luminoso profesor, líder de un grupo de jóvenes «idealistas», era tan frágil que no pudo soportar la pérdida de sus dominios docentes. Y aún, dado el título, el espectador siente que aquello no le importa, porque ningún personaje ha dicho de veras «presente», se ha puesto de pie, nos ha convencido de que está vivo. Son como sombras, a veces gritonas pero siempre vacías; no hay una frase que venga desde el alma y que llegue al alma. Llegan sólo palabras sueltas.

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