STABAT MATER FURIOSA
De esta pasión, tanto de la invectiva de Siméon como de la letanía de Péguy, hay que desconfiar. Platón, el filósofo, desconfiaba de la tragedia. En «Marte, o la guerra juzgada» escribió Alain: «Se me ha preguntado más de una vez si yo era pacifista. Hasta donde puedo comprender esa palabra bárbara, no lo sé. Cuando les diga que amo la paz y que odio la guerra, no me distingo bastante de todos estos amigos de la paz que han hecho la guerra, no sólo con su aprobación, sino por su libre voluntad… eso me hace ver que amaban la paz, también, por pasión; pero no cuenten con una pasión más de lo que cuentan con que haga buen tiempo todo hombre, en el silencio de las pasiones, deplora los crímenes del amor o de los celos; eso no quiere decir que nunca se enamorará ni que nunca será celoso o asesino» (ed. Folio, Gallimard, 1995, pags. 479/480).
La puesta en escena de María Azambuya es muy ambiciosa. En conocimiento de las versiones cantadas del «Stabat Mater», intenta un paralelo con los preclaros músicos, lo que insinúa en el comienzo con los atriles y las «partituras» que las actrices revelan no necesitar. Creemos que se intentó un recitado con algo de coral y hasta de fuga, para tres voces femeninas (Stella Texeira, Gisella Marsiglia, Nadina González Miranda). A veces se superponen los recitados; a veces se alternan; a veces se dicen en distintos tiempos, medidas y tonos. Hay, casi al fin, algo que recuerda a la cadencia de los antiguos conciertos clásicos; las tres actrices, por turno, dicen lo mismo, en distintas formas. Es un toque «hermoso», una idea «estética»; pero no entronca bien con la obra, como un adorno que nada agrega al texto y a su fuerza.
Con estas salvedades, la labor de María Azambuya es admirable y hace del muy dudoso texto un espectáculo apasionante.
Encontramos el dolor, la rabia, la temperatura y el fuego que el autor quiere comunicarnos. Después lo debatiremos; pero el arte de la puesta en escena nos envuelve y arrastra.
Ha contado con una escenografía de Gerardo Bugarín, sobria e inteligente, cuya delicada poesía, nada pasional, contrasta bien con la fiereza del texto. Ha contado Azambuya, también, con tres buenas actrices, de las que se destaca muy claramente, por su entrega al personaje y por su casi incontenible pero controlada emoción, Nadina González Miranda.
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