Somos presos de nuestras furias
Allí se describe el dolor de la Virgen María ante Jesucristo crucificado por los romanos. La obra mereció el honor de su traducción al español por Lope de Vega en cristalinos versos que llevan su impronta. La más conocida de sus versiones musicales es la de Pergolesi, para soprano, contralto y coro; pero existen «Stabat Mater» de Alessandro y Domenico Scarlatti, Vivaldi, Haydn, Rossini, Liszt, Dvorák, Szymanowski, Poulenc y Penderecki.
La contraposición del autor es desafortunada. Trata de invertir la reacción de la madre ante el hijo muerto: en vez de la aceptación del dolor, que se enfrenta y no se rehuye, Siméon elige una rebeldía verbal. La actriz original (que aquí aparece multiplicada por tres, ya se verá por qué razón) increpa al público masculino tratándolo de «pequeño hijo de puta». Abandonamos pronto la sensatez, porque no es la mejor reacción. La madre quedó al pie de su hijo en el Calvario; era lo mejor, a la vez muy doloroso y muy valiente, que podía hacer. Estaba junto a un condenado a muerte por sedición, en medio del inmenso poder del imperio romano; con su presencia dio testimonio por él y por su vida. Le faltó el pañuelo blanco y dar vueltas en redondo, lo que aparece, sin mayor sentido, al final de esta «Stabat Mater furiosa».
Para Siméon no hay nada peor que la guerra; los varones somos los culpables. La directora María Azambuya va un poco más allá, en un reportaje publicado en «Socio espectacular»: «La guerra es desde todos los tiempos el imperio donde el hombre (el varón) ha sentado exclusividad… las mujeres siempre han sido ‘las que sufren’. … salvo las deshonrosas excepciones de Margaret Thatcher y alguna reina inglesa, nunca una mujer inició guerra alguna… las mujeres han estado y participado en todas las guerras… ¿cómo evitarlo?» Gracias por el «¿cómo evitarlo?»; porque muchos hombres tampoco pudieron hacerlo.
No nos corresponde abogar por Margaret Thatcher; pero si Azambuya se refiere a la guerra iniciada por la invasión de las islas Falkland (1982) por la Argentina, lo menos que se puede pedir es situarse en el terreno de la verdad. Esa guerra la inició un varón, el general argentino Galtieri. Si Azambuya se refiere a la guerra contra la Irlanda católica y el insurgente IRA, no tenemos inconveniente en decir que esta guerra es y fue una vergüenza para Inglaterra; pero ya estaba iniciada algún decenio antes de que la Sra. Thatcher naciera.
Tampoco es verdad que las mujeres sean menos belicosas y menos crueles que los hombres. Pasemos por alto a Zingua, la reina de Angola que mataba a sus amantes luego de gozarlos, mencionada por Sade y Rubén Darío; admírese, si se quiere, a Santa Juana de Arco, a Juana Azurduy, a la Bubulina (la heroína de la independencia griega; no confundir con su homónima, la protagonista de «8 1/2″ de Federico Fellini) que sitió Nauplia con sus barcos y tomó por asalto el fuerte Palamèdes, a Tania la guerrillera y, ¿por qué no?, a Patty Hearst. Pero en este terreno es difícil disputarle la palma a Santa Elena; aunque tenemos, ya lo verán, nuestra candidata. Santa Elena, la madre de Constantino, torturó a un judío (¿no se siente un tufillo a horno crematorio?) encerrándolo siete días en un pozo (¿no les suena a los rehenes de la dictadura?) hasta que el desdichado reveló dónde estaba enterrada la Santa Cruz. La Iglesia Católica, cuyo descarado sadismo iconográfico no tiene límites, no sólo canonizó a la torturadora sino que exhibe hasta hoy ese infame episodio en el altar mayor de la iglesia de San Francesco en Arezo (Toscana), panel VII de la ¡ay!, magistral «La leyenda de la Santa Cruz» de Piero Della Francesca. Pero Santa Elena acaba de ser desbancada por la admirable humanista y artista (¿?), Marguerite Duras, que se jacta, en «El dolor», capítulo «Albert des capitales» de haber torturado a un presunto agente de la Gestapo.
El texto de Siméon es elocuente. Tiene la elocuencia y la inteligencia de todas las pasiones. Es posible que arrastre, pero no que convenza. Por nuestra parte nos ilustran y nos enseñan más, por desapasionados, el estilo sarcástico de Stephen Crane en su poema «War is kind» («La guerra es buena») y el valiente y desgarrador «Harry Wilmans» de Edgar Lee Masters, poema escrito en ocasión de la guerra de su país, los Estados Unidos contra las Filipinas.
Como poeta, Siméon no va mucho más allá de un verso libre, bastante pobre, con caídas a la histeria verbal, reminiscente, en sus mejores momentos, de Víctor Hugo y Saint John Perse.
Nos conmueve; pero esta conmoción nos trajo a la memoria otros versos, no menos pasionales ni menos discutibles pero de mejor calidad, de Charles Péguy (cuyas inflamadas invectivas, digamos de paso, guardan cierta semejanza con las de Siméon), que, dichos en el escenario por Nadina González Miranda nos harían llorar: «Felices los que han muerto por la tierra carnal/ con tal de que haya sido por una justa guerra./ Felices los que han muerto por un palmo de tierra, /Felices los que han muerto por su casa y su hogar/ y por el magro honor de casas familiares…/ Felices los que han muerto porque fueron devueltos/ a la primera arcilla y a la primera tierra. /Felices los que han muerto, como espigas maduras y trigos cosechados» («Oración por nosotros, carnales»).
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