Diez años sin Stanley Kubrick
El sábado se cumplieron 10 años de la muerte de Stanley Kubrick. Si eso fuera otro ditirambo de esos que se vierten en estas fechas, habría que comenzar rastreando detalles del genio durante la infancia para ver si un gesto o una travesura vaticinaban lo que vendría después.
Sería bobo intentarlo con Kubrick. Es cierto que su familia le regaló una cámara de fotos a los 13 años ¿Y? En este momento hay millones de adolescentes que usan aparatos muy superiores. No, no hubo un talento que maravillara a los adultos en ese chico que jugueteaba por el Bronx. Lo que sí estaba germinando en él, casi secretamente, era una manera de percibir y pensar por sí mismo.
Su familia le prestó los 13.000 dólares que necesitaba para llevar a cabo el rodaje de su primera película, la bélica «Miedo y deseo» (1953).
«El atraco perfecto» (1956) supuso una llamada de atención para Hollywood. «Patrulla infernal» (1957) continuó el oscilar entre relatos de los bajos fondos y filmes de guerra. «Espartaco» (1960) se quedó con cuatro premios Oscar y terminó de catapultarlo a la fama.
Siempre lector y melómano, buscó tranquilidad mudándose a Inglaterra. Adaptó «Lolita», de Nabokov, en 1962; y dos temporadas después se despachó con «Dr. Insólito». En el 68, en una época en la que la llegada a la Luna era casi un hecho, apareció «2001: odisea en el espacio». A riesgo de sonar exagerado, hay que reconocer que nadie que sea lo suficientemente inteligente sale indemne de esas dos horas: representan uno de los puntos más altos no ya de un creador, sino de lo que puede lograr la figura del autor tal como se la ha conocido hasta ahora.
Luego llegó «La naranja mecánica» (1971). La cinta, basada en la novela de Anthony Burgess, causó tal polémica en Inglaterra que debió ser retirada de circulación; y refucila en la actualidad por sus planteos morales. A los que matan, ¿hay que matarlos? A los que violan, ¿hay que castrarlos?
Con su lugar ya consolidado, el hijo del Bronx no cesó de apostar fuerte. «Barry Lyndon» (1975) continúa siendo para muchos un fiasco, quizá compensado por la maestría y la falta de pudores con la que se metió con la claustrofobia horrorosa de Stephen King en «El resplandor» (1987). «Nacido para matar» (1987) fue un regreso a la pasión por las tramas de guerra. Y «Ojos bien cerrados» (1999), aquella aventura psicoerótica con la pareja fetiche Cruise/Kidman, no hizo más que confirmar el hambre de Kubrick por seguir navegando las profundidades de la conciencia hasta que el corazón dejara de latir.
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