Ascenso con fecha de caducidad
Es que ambos ya tienen medio partido ganado con este filme sobre la vida de Harvey Milk, el primer activista estadounidense gay elegido para un cargo político.
Tratándose del director Van Sant, cabe esperar cierta cuota de riesgo, que ha sido desde siempre su marca en el orillo. Con filmes mínimos en su estructura y presupuesto, como las primerizas Drugstore cowboy (con un joven Matt Dillon, 1989) o Mi Idaho privado, del año 1991 y con los por entonces desconocidos Keanu Reeves y River Phoenix, comenzó a mostrar el patio trasero del sueño americano. Algo no andaba bien, a pesar de lo que Washington o Hollywood dijeran. Luego vendría algún formalismo como Descubriendo a Forrester (con el gran Sean Connery) y otros riesgos asumidos con joyas minimalistas como Elefante (sobre la matanza en el colegio de Columbine) o Ultimos días, una desgarradora autopsia a los últimos días de ese ícono pop a contracorriente que fue Kurt Cobain, sin olvidar a Parque Paranoia, un ejercicio sobre la inapetencia de la juventud norteamericana de hoy. Es decir, se trata de la obra de alguien inquieto para quién es más importante la historia que la taquilla. Van Sant ya tenía el reconocimiento de sus pares, de los actores y buena parte de la crítica especializada, le faltaba «la» película que lo acercara al áureo brillo con el que la industria bendice a sus hijos preferidos y esa película es Milk. Se trata de una impiadosa descripción de lo que sucedía con los «diferentes» que intentaban luchar contra los convencionalismos, léase homosexuales en Estados Unidos de la década de los sesenta y setenta. Ese era el caso de Hearvy Milk, un magnético personaje de San Francisco, militante por la causa que intentaba llegar al poder político a golpe de urna, algo que logró después de una decena de fracasos en 1977.
El Milk de Van Sant no es otro que Sean Penn, acaso uno de los mejores actores de su generación a quién se le pueden perdonar sus excesos gestuales, a cambio de considerar que sabe elegir muy bien sus papeles, además de ser un elemento en ocasiones molesto para el establishment. Penn logra sacar adelante su personaje a puro talento y fibra, por momentos su presencia alcanza para llenar la pantalla y si la nominación que tiene por este papel para el Oscar le sonríe, estará bien. Para colmo, quién es su rival político, Dan White, lleva la piel del notable Josh Brolin, también nominado. Por allí también está Diego Luna, encerrado en el personaje de Scott Smith, el amante de Milk. La película muestra el ascenso del activista mezclando ficción y escenas reales, hasta su asesinato en 1978, cuando ya era alguien en el universo político y amenazaba con convertirse en un riesgo para algunos sectores. Milk, brillante financista, conoce a Smith en Nueva York y deciden mudarse de costa y poner un negocio llamado, curiosamente, Castro Camera, en el cuál logran amplificar el movimiento.
Llegó a concejal y hasta ahí le dejaron. La película -bien norte americana- muestra puntillosamente las luchas de una época, los cambios que se estaban procesando en esos Estados Unidos en los que algunos se atrevían a pensar diferente. Es un filme valioso, aunque convencional, sorprendente y de a ratos removedor.
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