SONIDOS QUE MATAN
Pasaron miles con pancartas pidiendo no ser más esclavas. Las pocas y fieles neuronas que van quedando miraron a sus hermanas, hubo algún cuchicheo e intercambio de miradas sospechosas, como preguntando si iban o no a la manifestación. Debe reconocerse que las pobres, ya están cansadas, avejentadas, más intolerantes que nunca.
Pero se quedaron y me están acompañando en mi neurosis contra los ómnibus y sus radios a todo volumen.
No es fácil ser geronte. Suele transformarnos en irritables y maniáticos, con poco temperamento para compartir y así sociabilizar en un largo recorrido, por más sentado que vaya.
Tenemos como defensa la introspección, el encerrarnos en un silencio inamistoso. Da resultado, generalmente. Pero hay casos en los que los otros pasajeros y trabajadores de esos ómnibus quieren molestar y logran hacerlo. Quizás por esas derrotas, las neuronas quieran abandonarnos.
El lunes 12 de enero de 2009 será día recordable. Luego de dos horas y media de espera y bronca en el Casmu, porque las cataratas quieren también alejarme del mundo real, me fui a la esquina de Bulevar Batlle y Ordóñez y 8 de Octubre, casi frente al McDonald’s. La espera no fue larga. El 145 hacia Plaza España pasó y lo subí a las 16.01. Venía con asiento disponible, buena suerte, pensé, miré para intentar reconocer a alguien sin resultado. Venían unos cuantos niños con sus madres, quizás rumbo al Shopping.
Todo iba razonablemente bien aunque sentado bastante adelante oía al chofer escuchando radio. Por esas inesperadas cosas de la vida continuaron subiendo grandes y pequeños y también el volumen de la radio. Puede haber sido nada más que una casualidad pero el conductor subió los decibeles para que el programa llegase, sin interferencias al fondo. Ahí reconocí que quien hablaba por la emisora era Orlando Petinatti. Más de una vez hemos sostenido que es el fenómeno de la comunicación radial desde hace casi dos décadas. Tiene cancha suficiente para lograr capturar tus malos pensamientos y seguirle toda la tarde. Esto, claro, no implica un juicio a favor porque su estilo no nos llega, por problemas generacionales, supongo.
Acostumbrado a tenerlo de compañero de viaje, son muchos los omnibuseros que tiene como fanáticos, esta vez se produjo la reacción de los derechos del pasajero, que a la postre es un consumidor como cualquier otro y merece ser tomado en cuenta sobre qué debe o no debe oír.
Saltaron, muy lastimadas, las neuronas pacatas. Se me quejaron de escuchar los juegos de palabras, los dobles sentidos y los sentidos directos del «Licenciado». Cuando le preguntó a uno de sus oyentes si «¿tendría sexo con una muñeca de goma?», miré a mis lados y vi algunas veteranas como molestas pero un pequeño de diez u once años por su parte también miraba a su madre como queriendo saber qué era lo que se decía.
Como estaba por bajarme le pregunté al guarda sobre si había algún acuerdo con la emisora para que difundiese ese programa, sin tenían algún subsidio o algo similar y simplemente me contestó que «el no tenía nada, que le gustaba mucho a su compañero, el conductor». Ya frente a la puerta, listo para bajar corriendo si el hombre se alteraba, me animé a consultarle por qué escuchaba a ese volumen ese programa ya que había niños entre los pasajeros y me parecía que no eran muy convenientes las disquisiciones de Petinatti.
Debe haber sido uno de mis peores días. El buen señor ignoró totalmente mis preguntas, ni siquiera movió su cabeza para mirarme, como si no existiese y así me bajé, como tal invisible, un simple cero en la vida.
En casa se me rebelaron las neuronas que han quedado, a estas alturas creo que por simple comodidad. Reclamaron que exigiera mi derecho de consumidor. Llamé al 122 de Antel, pedí el teléfono de Cutcsa para hacer reclamos. Me lo dieron. De ese me mandaron a otro y después a un tercero. Me atendieron en algo así como «Servicios a la Comunidad». Muy amable la joven. Le expliqué la razón de mi llamada para quejarme del mal uso del sonido en ese vehículo. Tomó todos los datos, hasta la referencia al número de serie del boleto y además mis datos personales y mi teléfono. Que lo plantearía ante las autoridades competentes y que en pocos días recibiría una respuesta.
Como ya van más de dos semanas creo que deben haberse reído mucho del desagradable y resentido sujeto. Sin duda, tendré que conformarme con esa ausencia de noticias. Claro que me viene a la mente ese cartel que establece que «ESTÁ PROHIBIDO HABLAR AL CONDUCTOR», lo que debe tener su razón en no distraerlo en su atención en el tránsito. Un programa al que va prendido, se me ocurre, le distrae más que alguna pregunta, pero estamos en tiempos de indiferencia.
Una pregunta quedó colgada. ¿Mis derechos no son válidos únicamente hasta que se lesionen los derechos de los demás?
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