En el Circular. "Las cosas por su nombre" de Héctor Rovella y "Van Gogh" de Ever Blanchet

La historia y el absurdo

La puesta en escena y los ensayos, por su parte, comienzan y concluyen, confesadamente, en un mes o dos, sin verdadera selección de actores y sin inventiva pero con mucha rutina.

Todas se presentan, en las gacetillas de prensa y en los programas, con preciosismo: «diseño» de iluminación y no, sencillamente, «luces»; «ambientación sonora» y nunca «sonido» o «música», etcétera.

Es curioso que todas las generaciones que se ocupan hoy de teatro incurran por igual en el mismo error; mas si podemos pasar en silencio algunos fallos, por «juveniles», no sucede lo mismo con autores de la experiencia de Ever Blanchet, el autor de «Van Gogh».

¿Cuál fue la razón por la que se escribió esta obra, distinta de la voluntad de optar al premio, que se obtuvo, del Ministerio de Educación y Cultura, 2008?

No se ve ni entusiasmo por la obra ni especial veneración por el artista. Falta todo lo que hace la merecida gloria de Ed Harris por su filme «Pollock», sobre la vida y obra de Jackson Pollock: la clara consciencia de que la verdadera vida de un artista son sus obras y no sus peripecias; sus luchas con palabras, línea y colores y no sus amantes, sus enfermedades o sus viajes.

En este «Van Gogh» no vemos mucho más que un desmañado zurcido de cartas y anécdotas; no vimos una sola escena o situación dramática. Vimos a un buen actor (Fernando Dianesi) que recitó frases triviales. Entre otras cosas dijo, definiendo la obra: «Soy como un oráculo, sentado sobre su trípode, diciendo sentencias» (por «frases»). Y si Blanchet nos ahorró la oreja cortada y los tiros a Gauguin, no le faltó el Ecce Homo: el pintor mártir cotejado con el inverosímil valor actual de sus telas.

Las obras teatrales de contenido histórico suelen ser uno de los refugios de la facilidad; los artistas desgraciados tienen la pena adicional de que se repite, una y otra vez, su historia triste.

Van Gogh, luego de la novela de Irving Stone y el filme de Vincent Minelli «Lust of life» (1956), con Kirk Douglas como Vincent y Anthony Quinn como Gauguin, ha sido un cartón ligador del teatro.

Su desdichada vida sirve tanto de escudo protector como de carta de presentación: negar méritos a una obra sobre un mártir del arte («suicidado por la sociedad», según una de las versiones locales) es escupir sobre su tumba; se cree, además, que un «genio» es «importante» u «original», en todo momento, aun en su vida cotidiana, que suele ser una calamidad, sobre todo para sus familiares.

Sobre Van Gogh en teatro recordamos dos producciones montevideanas anteriores, caídas en el olvido; la última versión que conocemos pertenece a Costa Rica, «Trigal con cuervos» de Luis Fernando Gómez, que se ofreció en el festival iberoamericano de teatro de Cádiz, 2008.

«Las cosas por su nombre» de Héctor Rovella es algo tan poco serio, tan abiertamente arbitrario que hace pensar en una broma o una apuesta; esta es, por lo menos, nuestra única forma de entender la pieza, que en el mejor de los casos es una nota al pie de todo el teatro del absurdo.

Dos hombres dialogan, con insensatez y reiteración; abren, cierran, empaquetan, adelantan y apilan unas cajas de cartón que forman una especie de muro; cuando el muro llega cerca de la primera fila de espectadores, la obra termina.

 

LAS COSAS POR SU NOMBRE, de Héctor Rovella, con Daniel Chestak y Eduardo Montero. Escenografía, iluminación y vestuario de Sergio Marcelo de los Santos, dirección de Héctor Rovella. En teatro El Galpón, sala Cero.

VAN GOGH, de Ever Blanchet, con Fernando Dianesi. Escenografía y vestuario de Carlos Pirelli, iluminación de Martín Blanchet, música de Carlos García, dirección de Ernesto Clavijo. Estreno del 23 de enero, teatro Circular, sala 2.

Te recomendamos

Publicá tu comentario

Compartí tu opinión con toda la comunidad

chat_bubble
Si no puedes comentar, envianos un mensaje