¿Quién le teme a Marguerite Duras?
Luego de leer tres de libros de Marguerite Duras y de ver «La amante inglesa», nos preguntamos por las razones de su renombre.
Se nos ocurre que su fama esté fundada, en parte, en su libreto para «Hiroshima mon amour» (Alain Resnais, 1959)y en parte en su vida como militante antinazi durante la Segunda Guerra Mundial; su ingreso a la Resistencia (1943), no obstante, sucedió no sólo después de que editó su primer libro bajo la ocupación (1942), sino después que se hizo evidente, tras Stalingrado y El Alamein (1942), que la derrota de Alemania era cuestión de tiempo.
Como escritora, Marguerite Duras, que no tiene estilo salvo cuando parece una parodia de Hemingway, acumula, en sus mejores momentos, trivialidad sobre trivialidad, lo que también puede formar parte del secreto de su éxito; en sus malos momentos se instala impertérrita en el sinsentido.
Así por ejemplo, de lo primero: «La piel es de una suntuosa dulzura…» (El amante», editorial Tusquets, página 51), «La dulzura indecible de su piel» (id., 125), «su inefable dulzura» (id., 126), «qué dulzura la de su piel», (id. página 94) «El mar informe, simplemente incomparable» (id., 52), «El mar, la inmensidad que se recoge, se aleja, vuelve» (id. 57). Ejemplo de lo segundo: «…los tres la quisimos más allá del amor» (id.72), «…en mi infancia, la desdicha de mi madre ha ocupado el lugar del sueño» (id., página 60), «Los besos en el cuerpo hacen llorar» (id. página 60). Pero hay algo peor.
Marguerite Duras reitera un tema, que aparece en «La amante inglesa»: el homicidio. A vuelta de cada página la autora revela propósitos criminales que, al parecer, nunca se atrevió a realizar. Así, en «El amante» en la página 13 dice que quiere matar a su hermano mayor; en la 94 a su amada Hélène Lagonelle.
Ningún lector la cree; pero en «El dolor», capítulo titulado «Albert des Capitales», Duras se supera a sí misma. Narra cómo Thérèse (una nota preliminar revela que Thérèse es ella), preside una sesión de tortura a un soplón de la Gestapo. Si fuera cierta, la anécdota la denigra; pero a pesar de la autorizada opinión de Eduardo Pavlovsky, creemos que el episodio es una invención histérica, de principio a fin.
La única explicación de la tortura, para la Resistencia, sólo podía ser la busca de información, que podría salvar vidas, etcétera; pero todo lo que extrae «Thérése» del soplón es que entraba a la Gestapo con una tarjeta verde, lo que quería decir que era un agente y no sólo un informante.
Pero la sesión de tortura terminó allí. «Thérèse» lo deja ir. No creemos nada: si no creemos en sus propósitos asesinos, ¿por qué vamos a creer que torturó a un nazi encubierto?
«La amante inglesa» es una cruda anécdota policial, cuyo sentido no se comprende en absoluto. Menos se puede comprender cuando la traductora y adaptadora Laura Pouso mutila la pieza, cambia de sexo al interrogador (aquí Mariana Lobo) y reduce los tres personajes de Duras a dos.
Del texto original, la primera parte era el interrogatorio del marido, Pierre Lannes; la segunda parte, lo único que verá el espectador uruguayo, es el interrogatorio de la asesina, Claire Lannes. La autora postula un espectáculo sin escenografía; en la versión local hay unas inútiles sillas…
Estela Medina es una gran actriz; pero esta interpretación de Claire Lannes no contribuirá a su merecida gloria. Actúa a voluntad, su dicción lleva su sello; consigue causar hilaridad y admiración, aunque ambas cosas no siempre ocurren con razón y sentido.
El final es uno de sus buenos «crescendos». Son segundos, quizás un minuto, cuando el personaje sorprende, y ella lo sostiene. Hay una palabra desesperada; aparece un signo de interrogación; pero es muy poco para ella.
LA AMANTE INGLESA, de Marguerite Duras, traducción y dramaturgia de Laura Pouso, con Estela Medina y Mariana Lobo. Escenografía de Paula Villalba y Claudian Schiaffino, vestuario de Paula Villalba, luces de Martín Blanchet, dirección de Levón.
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