Sensibilidad. Un verdadero explorador de la naturaleza humana y sus contradicciones

Se cumplió el bicentenario del nacimiento de Edgard Allan Poe

Nadie como el escritor norteamericano, nacido un 19 de enero de 1809 en Boston, dominó el arte de la elipsis ni el efecto final que ha generado buena parte de sus narraciones; ningún otro escritor de su época, la primera mitad del siglo XIX, eligió tan concienzudamente el punto de vista de la primera persona, inyectándole a sus relatos verosimilitud, concisión y contundencia.

En esas arbitrarias listas donde cotizan en Bolsa las influencias que dan un halo de prestigio, muchos escritores lo nombran menos, pero esta negligencia u olvido no le resta la vigencia y «actualidad póstuma» que se ha ganado, como si su obra se hubiera inmunizado contra todos los peligros que acechan al arte de la creación. Como si aún preservara esa capacidad de burlarse de sí mismo y del mundo. Dentro de la literatura contemporánea, bajo el foco del bicentenario de su nacimiento que vuelve a iluminar sus páginas, hay que hacer un esfuerzo hercúleo para encontrar a otro escritor que haya ejercido un «magisterio» tan diverso como poderoso en el cuento moderno como en la poesía.

Su paternidad literaria, vaya insoslayable meollo, proviene de un hombre que fue zamarreado tempranamente por la orfandad. De los padres del escritor norteamericano se sabe que fueron actores de teatro ambulante que solían representar a Shakespeare. Su madre murió cuando Poe tenía apenas 2 años; en cambio sobre su padre, por esos agujeros tenebrosos que tiene toda biografía familiar, no hay certezas: se desconoce si se escapó en busca de mejores horizontes para nunca volver o si murió casi al mismo tiempo o antes que su esposa.

Al pequeño Edgar lo educaron John Allan y su mujer, una acaudalada familia de Richmond, Virginia, de quien el escritor tomó su primer apellido.

Poe fundó la novela policial con el relato «Los crímenes de la calle Morgue», en el que aparece su Auguste Dupin, precursor, qué duda cabe a esta altura, de todos los detectives («padre» del Sherlock Holmes de Arthur Conan Doyle); inauguró también la novela de aventuras con el cuento «El escarabajo de oro», fuente de inspiración de la que abrevó Stevenson para escribir «La isla del tesoro»; plantó su bandera en las tierras inhóspitas de la futura novela fantástica o de ciencia ficción con su «Manuscrito encontrado en una botella», que anticipa «La invención de Morel», de Bioy Casares; es el pater familias del cuento de terror de sustrato psicológico con «El gato negro», sin duda uno de los mejores relatos de todos los tiempos, antecedente de Lovecraft.

Su voraz e intermitente apetito creativo, acaso insatisfecho con ser el padre del cuento moderno y de varios «tipos» de novela ­aunque sólo publicó una, «Las aventuras de Arthur Gordon Pym»­ fue por más, justo cuando esa breve existencia ­vivió apenas 40 años­, azuzada por el alcohol y el opio, comenzaba a transitar inexorablemente hacia el epílogo. El escritor norteamericano sería el «precursor» de la poesía simbolista francesa, con su caballito de batalla, el poema «El cuervo», de la mano de su devoto traductor, Charles Baudelaire.

De pronto ese poema ­publicado el 29 de enero de 1845 en el diario New York Evening Mirror­, como si hubiera colocado la primera piedra del malditismo literario que encarnaría posteriormente Rimbaud, convirtió a Poe en un «poeta maldito». De una punta a la otra del mapa cultural, de Estados Unidos a Francia, una contraseña no tan secreta fue repetida por varias generaciones: «never more» (nunca más), esa suerte de estribillo del cuervo parlante que visita la casa del amante, afligido por la pérdida de su amada.

«Para mí la poesía no ha sido un fin propuesto sino una pasión; y las pasiones merecen reverencia: no deben, no pueden, ser suscitadas en vista de las mezquinas compensaciones de la humanidad o de sus elogios, aún más mezquinos», escribió Poe en el prólogo de «El cuervo» y otros poemas.

A pesar de haber sido objetado por Ezra Pound por el «injustificable culto a Poe», de todos sus biógrafos, probablemente Baudelaire acredita los mejores pergaminos por el conocimiento que fue adquiriendo de la obra del escritor norteamericano a lo largo de los doce años en que trabajó en la traducción al francés. «Los personajes de Poe, esas personas de facultades hipersensibles, de voluntad ardorosa que lanzan el reto hasta contra el mismo imposible, aquellas cuya mirada se lanza rígida como una espada sobre objetos que se agrandan a fuerza de contemplación, nacen todos o, mejor dicho, son todos el mismo Poe. Y sus mujeres, todas luminosas y enfermas, muriendo de males misteriosos, hablando con voces de música, son también el mismo Poe; o, al menos, lo son por sus extrañas aspiraciones, por su valor, por su melancolía incurable», señaló el autor de «Las flores del mal».

 

Un trágico final

Poe había finalizado una gira por los Estados Unidos, en octubre de 1849, con el objeto de reunir dinero para fundar una publicación propia. Dicen que lo vieron deambular, delirando, por las calles de Baltimore; no faltó, «roscas políticas mediante», quien afirmara que había sido emborrachado por agentes electorales que deseaban inducirlo a votar varias veces por un mismo candidato; no podía estar ausente la hipótesis de un asesinato; también cotizó en alza la versión de que había padecido una hipoglucemia o un ataque de epilepsia; se esgrimió la muerte por sobredosis de drogas, por sífilis, rabia, cólera; que, hundido en la locura, se suicidó.

Su muerte, tan vacilante como sus formidables relatos, ocurrida el 7 de octubre de 1849, nunca fue aclarada. Fue tal vez el «mejor» final para un artista que, como dijo Baudelaire, ha explicado «con tanta magia lo ‘excepcional’ de la vida humana y de la naturaleza».

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