Se cumplen mañana veinte años del deceso de Alfredo Zitarrosa
Alfredo Zitarrosa había nacido el 10 de marzo de 1936 en Montevideo. La trayectoria de este artista mayor de la cultura uruguaya reiteradamente difundida y analizada a través de estas páginas se inició cuando tenía apenas ocho años de edad y cantó por primera vez en una radioemisora radial.
En su juventud trabajó en múltiples oficios hasta que su privilegiada voz, su clara dicción y su perseverancia lo ubicaron como uno de los locutores profesionales más destacados de la radiotelefonía uruguaya. Lector empedernido, sus inquietudes artísticas lo llevaron a incursionar en el arte dramático debutando, a los veintidós años en la obra «La piel de los otros», del dramaturgo compatriota Juan Carlos Legido, bajo la dirección de Ruben Castillo. Un año después, en 1959 ganó el concurso municipal de poesía inédita.
Su debut público como cantor fue en el año 1964 e inmediatamente grabó su primer disco, un «doble», un disco que reunía cuatro canciones (dos de cada lado): «Milonga para una niña», «Mire amigo», «El camba» y «Recordándote».
A partir de allí el éxito lo acompañó de manera permanente y su popularidad se fue acrecentando día tras día, sumando para el acervo popular composiciones que serán recordadas por siempre, entre ellas las modélicas «Doña Soledad», «Milonga de ojos dorados», «Coplas al compadre Juan Miguel», «El violín de Becho», «Si te vas», «Pal´que se va», «El candombe del olvido» «Adagio a mi país», «Stefanie», «Adiós, Madrid» y muchas otras, junto a esa inmensa obra que viene a ser «Guitarra negra».
Muchas de estas canciones son fruto del exilio al que debió partir en 1976 perseguido por la dictadura uruguaya. Un exilio que en su caso fue superlativamente doloroso ya que de acuerdo a sus propias confesiones nunca logró adaptarse ni a la sociedad mexicana ni a la española, dos naciones que lo cobijaron generosamente y en las cuales transcurrió su mayor tiempo en calidad de exiliado.
El 31 de marzo de 1984, en el marco de un operativo de desexilio que trajo de regreso a la patria oriental a varios artistas (Daniel Viglietti, El Sabalero José Carbajal, Los Olimareños, Mario Benedetti y a los integrantes del teatro El Galpón, entre otros), Zitarrosa volvió al seno de su pueblo, siendo el primero de los músicos en retornar. El recibimiento en el Aeropuerto Internacional de Carrasco fue apoteósico y en medio de una inmensa caravana de vehículos que recorrió la rambla montevideana, el artista llegó finalmente a la sede de la Asociación de Empleados Bancarios del Uruguay, ubicada en las calles Camacuá y Reconquista, en donde entre miles de uruguayos que fueron a recibirle, se reencontró con familiares, amigos y colegas, brindando allí sus primeras declaraciones en una emotiva y por momentos desbordada conferencia de prensa, en la que entre otros conceptos confesó las penurias sufridas en su ausencia forzosa de la tierra que lo vio nacer. «La experiencia del exilio para mí fue muy dura, lo fue para todos, pero afortunadamente la gran mayoría, tanto cantores como dirigentes políticos y gremiales, asumieron el exilio en forma creativa. Yo, en cambio, no pude hacer eso. Es muy poco lo que pude hacer afuera cantando. Lo que hice fue repasar un repertorio algo anticuado, pero donde también podía hablar. Mis actuaciones en Italia, Australia, Canadá, Estados Unidos, Costa Rica, Panamá, México, Perú, Argentina, tenían el carácter de denuncia puntual de lo que sucedía en nuestro país. La creación me estuvo prohibida, sentía que no podía poner mi canto al servicio de un repertorio que me atrae poderosamente en lo artístico, que reconozco combativo. Sentía que la mía era una voz que podía desafinar, atentos como sabía que estaban los compatriotas que permanecían en Uruguay, con la idea misma del país de esos años.
Hoy, de regreso al país, me encuentro con que nuestro pueblo ha creado una corriente de canto popular muy poderosa, de gran nivel, revulsiva, que expresa una realidad en la que debo insertarme, consciente de que si bien el futuro es nuestro, también hemos de construirlo entre todos y a partir de una unidad indispensable, especialmente en lo ideológico, pero también en lo político.
En Uruguay, a diferencia de otros países, por citar uno digo Argentina, ya nunca más habrá un bipartidismo político como lo conocimos. Ya no se trata del poncho o del sobretodo. Ahora se trata del pueblo, y en eso estamos».
Casi cinco años después de ese reencuentro con su pueblo, el 17 de enero de 1989, Alfredo Zitarrosa pasaba a formar parte de eso que llamamos «la inmortalidad».
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