Premisa. Quien roba a un ladrón tiene cien años de perdón

Entre malos buenos y buenos malos

Es verdad, «El gran golpe» dista de ser una clase de cine, no se acerca a los grandes policiales que el género ha dado a luz, ni persigue la herencia noir de ninguna de las márgenes del Atlántico, pero aun así, esta película dirigida con pulso firme por Roger Donaldson («La huida», «Arenas blancas», «La prueba»), pasa el examen como un entretenimiento ligero, pero eficaz.

El viejo dicho dice que quien roba a un ladrón tiene como cien años de perdón, bueno, esa premisa podría aplicarse en este filme basado en hechos reales, el robo al Lloyds Bank en Baker Street, en Londres en 1971.

Acá la historia real se da la mano con el mito de un robo nunca aclarado del todo, aunque fueron varias las cabezas importantes que rodaron en su momento, ya que policías corruptos, traficantes y asesinos convivían alegremente.

Todo surge cuando a Terry, un ladrón de medio pelo semi retirado (Jason Statham), una bella ex compinche lo convence de robar un banco durante un fin de semana y él ve en esa situación su oportunidad para olvidarse de los problemas cotidianos. Statham cada vez se parece más a Bruce Willis, aguantando golpes y sacudones de todo tipo sin dejar jamás que cierto rictus irónico desaparezca de su rostro. Algo aprendió con «Cerdos y diamantes» o la zaga de «El transportador». Pero todavía le falta para llegar a emparejar su espejo norteamericano. Como se dijo, después de treinta y siete años, no está claro cómo sucedió aquel robo y el botín, bien gracias. Además, los supuestamente malos se transforman en los buenos de la película, algo parecido a los «robacasinos» de «Ocean eleven», aunque sin tanto glamour. Acá no hay ladrones de alto estilo, ni trajes Armani, más bien todo lo contrario. Los protagonistas de este gran golpe son unos rústicos amigotes de pasado algo oscuro, pero con ganas de reivindicarse. Del otro lado de la línea hay gente vinculada al poder, policías corruptos, algunos agentes secretos cercanos a la realeza y algún que otro traficante. Más allá de la complicidad que estos personajes logran tener con la platea, es virtud del director contar la historia como cabía esperar, es decir, la concepción del plan, la presentación de los participantes, el reparto de tareas y dinero, a lo que se agregó una buena dosis de intrigas políticas, acción, suspenso y algo de comedia.

El resultado es un pasatiempo que hace llevar el rato sin mayores pretensiones y eso también es válido.

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