Novedad. Gran cantidad de estrenos de autores uruguayos

Balance teatral del año 2008

Dos causas confluyeron: el disuasivo costo de los derechos de autor de las obras extranjeras y el generoso apoyo estatal, tanto del Ministerio de Educación y Cultura como de la Dirección de Cultura de la Intendencia Municipal de Montevideo. En cambio, las obras «serias» de autores extranjeros, representadas por elencos locales, fueron sólo unas veinte.

Como era de esperar, hubo muchas y rutinarias reposiciones. Las modificaciones nada agregaron, no supusieron reexamen ni valoración y a menudo restaron a lo ya conocido. «Esperando la carroza» de Langsner, «El mago en el perfecto camino» de Prieto, «Salsipuedes» de Restuccia, «remasterizado», lo que quiere decir no actualizado, «Los comediantes» de Curi y Rein, «El beso en el asfalto» de Nelson Rodrigues, «Bodas de sangre», de García Lorca, «Dos extraños amantes» de Serrano, «Marat Sade» de Weiss, «Sade, el divino marqués» de Caro Berta.

Dos observaciones generales. Las obras uruguayas, con pocas excepciones, padecen un exceso de palabras tan considerable como su correlativa falta de ideas. Es evidente en la mayoría de las piezas, que se ha llevado a escena un borrador casi crudo, a menudo fruto de improvisaciones, tal vez en la creencia de que la puesta en escena y la actuación, que se veneran como a Dios, proveerán lo que falta para el sacrificio. Sucede generalmente lo contrario: la dirección jamás enjuicia la obra pero suele sacudirla, toquetearla, mutilarla y desfondarla hasta convertirla en un desecho irreconocible que los actores morcillearán ad libitum. Por más que voces demagógicas como la de Roberto Cossa digan que el actor es todo y el dramaturgo nada, el teatro fue y es creación de los dramaturgos. Si hay escenas que se corrigen o suprimen sobre la marcha, sucede lo mismo con la literatura en general; por lo menos con los autores prudentes que someten sus manuscritos a la lectura de amigos antes de su publicación.

Hay en el teatro local, como en la literatura y el periodismo, un constante maltrato del idioma. No es inocuo, porque una escritura descuidada trae consigo un pensamiento confuso; y no nos extraña. Casi al final de una larga carrera, un dramaturgo uruguayo nos confesó que empezaba a interesarse en el idioma español; hasta entonces había «escrito para la oralidad». Pero escribía en español, para que sus diálogos se dijeran en español. Pavadita de desinterés; pero además, ¿qué es eso de la «oralidad» distinto del idioma? También leímos un manuscrito con faltas de ortografía, de otro autor uruguayo, con muchas obras estrenadas. Errores estos que se multiplican en los programas de mano: «mortaje» por «mortaja», «escencia» por «esencia», «placebo» por somnífero o estupefaciente. Pero estos errores, que revelan una alarmante carencia de lecturas, no son lo más grave. Lo peor es la tendencia a una escritura difícil, que se quiere artística y que nada dice, pero con muchas palabras. Por ejemplo: «¿Cómo diferenciar romanticismo de control?», «¿Por qué el amor no está contemplado en la educación formal?», «La obra se transforma en una metáfora en que la vida real y el escenario teatral se confunden… Es detrás de la memoria de un país que se tejen pequeñas historias… trozos de vida que se entrelazan… como fotografías extraviadas en el tiempo, como una encrucijada entre la locura y la razón, entre el pasado y el presente»; el autor de estas líneas se deleita con sus hallazgos e insiste: «…como fotografías extraviadas en la memoria ….planteándonos en cada momento su encrucijada». «‘Exterminio’ aborda y desarrolla … la temática de la violencia satírica de la tele – realidad», «Los sueños de la memoria danzan sus imágenes», «Egocéntricas y agrias, buscan un placebo» (sic) «frente a tanta mediocridad». Pero se lleva la palma el programa de «Bodas de sangre»: «El teatro debe reflexionar y discutir la teatralidad…» (¿cómo dijo?) «a la manera surrealista de Lorca, algunos personajes contienen otros personajes dentro» (sic) «y es entregándonos a la belleza desatada por la zona surreal de la obra que disfrutamos del juego teatral lorquiano».

No es su culpa. En un foro crítico del Festival Iberoamericano de Cádiz (octubre 2008) oímos a un grave profesor e «investigador» motejando con desprecio a «Simplemente el fin del mundo», la brillante pieza de Jean – Luc Lagarce, de «texto literario». Más tarde, mano a mano, el mismo profesor calificó a «Barranca abajo» de Sánchez, cuyo argumento evidenció no entender, de «naturalismo caduco». ¡Hemos oídos tantas zonceras! Que lo que importa no es el texto, sino lo que se hace con él: es decir, que tanto da representar «Hamlet» como «Eran diez indiecitos»; o el latiguillo «El texto es un pretexto».

La segunda observación es la aridez burocrática de nuestra escena. Apenas recordamos unos pocos momentos de emoción, pasión, sorpresa, intriga, calor.

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