Anorexia y castidad. Bebedores de sangre eran los de antes

Crepúsculo: el deseo reprimido

Este particular detalle, obviamente ha motivado su correspondiente traslado a la pantalla grande de la mano de la directora Catherine Hardwick («A los trece») y el surgimiento de un público cautivo integrado mayoritariamente por una legión de preadolescentes. (Incluso en Uruguay ya existe un par de sitios y/o blogs de fanáticos que intercambian fotos, opiniones y una larga lista de etcéteras vía correo electrónico, estableciendo una suerte de moda de culto sobre el tema en cuestión).

En realidad, desde un punto de vista estrictamente literario la novela de Meyer es bastante mala y, a pesar que se la considera una seria oponente (¿o heredera?) de Harry Potter, su prosa deja bastante que desear (aunque Rowling ­a juicio de quien suscribe­ maneja una especie de híbrido entre Tolkien y Lovecraft sin mayor originalidad).

A decir verdad, la equiparación tendría que darse con Anne Rice («Entrevista con el vampiro») y aquí la escritora mormona también saldría perdiendo por varios cuerpos frente al estilo más acabado de la creadora de Lestat.

Baste reproducir fragmentariamente algunos tramos de esas quinientas páginas plenas de lugares comunes, histeriqueos y descripciones del apolíneo chupasangre para tener una idea del asunto: Del personaje Edgard Cullen se dice que «llevaba el pelo húmedo y despeinado pero, aun así, parecía que acababa de rodar un anuncio para una marca de champú. El deslumbrante rostro era amable y franco. Una leve sonrisa curvaba sus labios perfectos…»; también se subraya su «belleza sobrehumana», «la magnética fuerza de su personalidad», «la expresión (…) terriblemente hermosa de su cara» y, como si esto fuera poco se agrega que «tenía desabotonada la camisa blanca por lo que la suave superficie de su piel se veía desde el cuello hasta los marmóreos contornos de su pecho, sin que su perfecta musculatura quedara oculta debajo de la ropa».

Esta magnificencia física produce un descalabro emocional que se describe meticulosamente al señalar que «cuando me tocó, la mano me ardió igual que si entre nosotros pasara una corriente eléctrica», por eso la narradora protagonista confiesa evitar observarle «temerosa de que fuera mucho más difícil mantener el autocontrol si él me miraba» ya que «su roce quema» y «su súbita cercanía hace palpitar alocadamente mi corazón». Todo esto para que el esbelto Adonis termine diciéndole a su admiradora que «es mejor que no seamos amigos». En fin.

Dejando de lado estos pormenores, cabe señalar que el argumento básico repasa la vida de una adolescente que se muda con su padre, comisario de una pequeña comunidad de los Estados Unidos, a la zona más lluviosa e inhóspita de la región y traba relación con un extraño muchacho que, realidad, es un vampiro. El teen ager inmortal representa el prototipo de un «emo» contemporáneo y sensiblero que a la vez ­según opinan algunas miradas psicoanalíticas­ estaría marcando una apología del deseo reprimido y la castidad en medio de un mundo desenfrenado por la lujuria. (A la manera de un «Romeo y Julieta» en clave virginal, con la compulsión sexual refrenada por cierto misticismo subterráneo).

Como era de suponerse, tratando de no desairar a sus lectores, el filme agrega poca cosa al mamarracho y queda contaminado de esa sensiblería hiperbólica y empalagosa. Lento, previsible, sin mayor acontecimiento sustantivo (y hasta cargado de una ridiculez delirante, con una familia de vampiros hiper maquillados y anoréxicos que juega al béisbol en medio del bosque), el filme «Crepúsculo» amenaza con convertir en saga, continuando la serie narrativa que le dio origen. Vade retro, flogger Cullen.

Crepúsculo (Twilight; Estados Unidos; 2008). Dirección: Catherine Hardwicke. Guión de Melissa Rosenberg sobre novela de Stephanie Meyer. Con Kristen Stewart, Robert Pattinson, Billy Burke y Meter Facinelli.

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