En escena. Obra del belga Phillipe Blasband

Estreno: Una relación pornográfica,  en Sala Campodónico de El Galpón

Una obra para matar el tiempo, pero sin sobresaltos. Un hombre y una mujer se conocen a través de un aviso en un diario, sección «mensajes personales»; más tarde, manes de la adaptación y del paso del tiempo, media la Internet, que primero fue la gran nodriza que nos roba a nuestros hijos (pese a las leyes sobre educación, prestamente contrarrestadas por el «plan Ceibal») y que ahora es la gran casamentera, como antes se arreglaban los matrimonios por los paterfamilias.

A «Une rélation pornographique» del belga Phillipe Blasband (1999), se había adelantado la mucho más recia «Closer» (Patrick Marber, 1997), donde llegábamos al sexo por Internet.

La relación es inerte como su comienzo, una mesa de un café, un hombre, una mujer. Nada hay de pornográfico, por supuesto y las posibles y a veces entrevistas crudezas del texto llegan atenuadas (Laura Pouso); y como corresponde a todo teatro uruguayo digno de tal nombre, tampoco hay temperatura, calor, miradas fogosas, piel, ímpetus. ¡Con decir que tiene más calor «Lazos de ternura» de Loleh Bellon! La atmósfera desganada de los encuentros en el café hace pensar que la pareja se cita para jugar al scrabble en el hotel vecino, reservado con antelación. El sexo sin amor parece triste; aquí ni siquiera parece sexo. El personaje que compone Calcagno está dispuesto a aceptar todo, entre otras cosas cierta fantasía sexual de ella, hasta allí negada por sus varios partenaires antecedentes; pero el actor lo hace con una mezcla de displicencia y resignación tan convincente y hasta risueña, que contradice la alardeada felicidad de los encuentros. Margarita Musto no parece siquiera entrar al personaje, en el que no parece sentirse a gusto. Dice bien su parte; pero su lenguaje corporal carece de letra.

La escenografía en rosa, sillas y mesas blancas (Claudia Sánchez), tuvo el mérito de achicar al tamaño de un teatro para dos personas a la Sala Campodónico de El Galpón; pero, sin matices de iluminación, sin el más mínimo claroscuro, parece situar a la comedia en el interior de un helado de frutilla alla panna.

Tenemos algunas objeciones contra la narración (Mario Ferreira). Pasada la primera media hora en que uno espera algo, se instala el tedio. Siéntense los dos, otra vez, por favor, a la mesa del café, a cambiar lugares comunes. Porque poco sucede ante los espectadores; cuando algo sucede, como en la escena del hombre que entra equivocado a la habitación (y al que nunca se ve) y muere denostando a su esposa, y luego en la escena de la separación de los amantes, la presentación y la resolución de las escenas son confusas. En la primera uno no sabe bien, por momentos, si quien habla es la mujer o la mujer haciendo la parte del hombre extraviado; en la última parece evocarse a alguien que se aleja y desvanece en el tráfico, escena que probablemente integre el filme de Frédéric Fonteyne (1999) del que su libretista Blasband extrajo esta pieza de teatro.

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