OTRO AÑO TELEVISIVO PARA OLVIDAR

No es que todo sea malo. Es más que nada, el poco esfuerzo por crear programas que atrapen y no te dejen ir. Todo el 2008 fue apenas la reedición del 2007, con alguna mínima excepción. Si el año pasado ya había sido flojo, éste nos dejó más atados a lo que llegó desde nuestros principales importadores de chatarra.

En el «hecho acá», flojera absoluta. Cojearon hasta nombres valiosos como María Inés Obaldía, Victoria Rodríguez y Aldo Silva, que movieron su solvencia pero sin mayores riesgos o repercusiones, como para no provocar furias a nadie.

Los informativos cambiaron sus esquemas y la sangre, los cuerpos de las víctimas muertas o las palabras de testigos fieles o infieles contando la serie de atracos que algún vecino sufrió, fueron el consumo de sus primeros bloques. La violencia, hay que reconocerlo, está en nosotros, como lo contaba en cine John Boorman hace décadas.

Todo, por supuesto, con el riesgo siempre pendiente de generar imitaciones para que el Apocalipsis llegue y estemos acostumbrados a ver papas noeles matando a una veintena de parientes o muchachitos que exterminan a compañeritos en sus escuelas.

Cierto es que hay que informar sobre la violencia. Negarla sería estúpido. Se da en el fútbol, donde todos parecen inocentes, desde los jugadores, los hinchas, la AUF, los clubes y los relatores. Pero gastar minutos para entregarnos la historia de una rapiña a un almacén donde se llevaron cien pesos ya parece mucho. Son cosas que siempre pasaron (cuando era chiquilín eran temor de todo comerciante) y nunca antes merecían tanto destaque. Acumular una decena de noticias de delitos fuertes hasta simples arrebatos como si fueran lo principal del día no es de buen tino.

Los accidentes en rutas y calles se convirtieron en el otro material periodístico extraordinario, para lucimiento de informadores y lucimiento de los camarógrafos mostrando cuerpos destrozados o cubiertos en parte por papel o lonas. Cada año que pasa habrá más accidentes porque habrá mas vehículos y mas personas, claro. Pero simples choques donde un par de autos se topó sin mayores daños tendrán como único problema el de los conductores sobre si estaban asegurados a o no, claro que no, y eso concluye transformándose en nadería.

Dentro de todo debe aceptarse como válido lo que hemos visto en «Subrayado», acompañar esos accidentes con consejos sobre seguridad vial. Pero no ir más lejos, por nuestra propia salud mental.

El quietismo criollo favoreció a los argentinos. Desde la orilla vecina arribaron los generadores de mayor audiencia y allí se tuvo el amplio triunfo de Marcelo Tinelli y su «Showmatch», que con su capítulo de «Bailando por un sueño» –donde había uruguayas–llegó a probarnos que con desfachatez y mucha experiencia televisiva se pueden hacer programas de fácil captación de televidentes, aunque los contenidos sean mínimos o hasta tontuelos, como se vio en las peleas entre los jurados y los competidores. Susana Giménez fue otro fuerte de lo importado. La mujer tiene sus muchos años de hacer lo mismo, de repetirse y de ella no cabe esperar otra cosa que verla para encontrar si dice algún disparate mayor a los ya conocidos.

Y logró su buen porcentaje de audiencia.

En este año que se termina, la tarde tuvo funciones largas de escándalos que comenzaban con «Los profesionales de siempre», seguían con «RSM» y terminaban con «Intrusos en el espectáculo», pero a los que habría que sumar a la noche «CQC» o «Zapping», por lo que nunca dejaría de ver tres o cuatro veces las mismas peleas entre una mujer desconocida que reclamaba que el padre de su hijo le pagase la pensión alimentaria o que una bailarina de cabaré, de segunda o tercera división, quería aparecer en alguna revista para su gloria mayor peleándose con otra bailarina con algún año más de trapos sucios o que «la Tota» cambiaba de novia todas las semanas en su pelea con su ex pareja. El chusmerío bien barato.

No hay que ser negativo. Hay que confiar que 2009 será año de cambios y que la tele será otra vez la buena amiga, la bien invitada de nuestra casa. Puede ser un deseo de tarjeta navideña, quizá con iguales resultados.

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