La magia del cine
No debe existir un ritual masivo de similares características en todo el mundo. Desde que se inventó, es el espectáculo que lleva más gente a lo largo y ancho del planeta.
Ni siquiera el fútbol puede destronar la taquilla de espectadores que pagan su entrada para disfrutar de la magia del cine en todos sus géneros y variables. Ni siquiera los hermanos Lumière deben haber imaginado la repercusión planetaria que ocasionaría su invento, esa maquinita de reproducir fotogramas que produce la ilusión del movimiento. Casi nada. (En realidad, en el producto intervinieron varias manos: desde el zoopraxinoscopio de Muybridge hasta las placas de Agustín Le Prince la cinematografía tuvo variados aportes de Daguerre, los hermanos Hyatt y otros).
Hoy esa fascinación permanece intacta. Se han agregado por cierto diversos componentes que optimizan la fantasía; una ilusión plena de efectos especiales, animación digitalizada y variados chiches que bordean el límite de lo imposible. A pesar de que la película cinematográfica todavía sigue siendo la mejor herramienta para la captura y proyección de la imagen, ahora también se habla de «tecnologías híbridas». Esta denominación alude a la traslación de material registrado en celuloide al ámbito digital donde se logra mayor calidad de definición y se puede «jugar al fotoshop» cambiando colores, borrando elementos y creando todo tipo de pirotecnia visual en un nuevo mundo de maravillas. Hace tiempo que las post-producción de un largometraje utiliza diferentes tipos de softwares, recreando hasta escenarios virtuales o modulando la sensibilidad cromática de la fotografía. Son los universos paralelos de la gran galaxia del séptimo arte; dimensiones que entrecruzan sus posibilidades técnicas para renovar el asombro y el hechizo. De todas maneras, ese inicio primitivo todavía guarda su encanto y misterio. Tanto es así que hace poco más de una década, el investigador Philipe Poulet, restauró una de las primeras cámaras Lumière del Museo de Cine de Lyon y se embarcó en la idea de que diversos realizadores contemporáneos filmaran un plano secuencia de cincuenta segundos en las mismas condiciones que estos pioneros franceses. Dicho llamado convocó inmediatamente a cineastas de la talla de Abbas Kiarostami, Arthur Penn, Theo Angelopoulos, Costa Gavras, David Lynch, Wim Wenders, Zhang Yimou y Claude Lelouch entre otros treinta y cinco realizadores de todo el globo. El resultado fue una coproducción franco-española titulada «Lumière y compañía», editada bajo la coordinación de la afamada fotógrafa Sarah Moon. Todos lo hicieron absolutamente gratis, a modo de homenaje, devoción y amor por el cine. Esa misma pasión que nos sigue convocando desde siempre cada vez que se apagan las luces de la sala.
Una emoción y disfrute compartido por millones de personas de las más diversas nacionalidades, razas, credos y todos los etcéteras que uno pueda imaginar. Es que el cine rompe fronteras, genera mitologías populares, hace reír y llorar entre otra variadísima gama de emociones, a la vez que permite la reflexión, el esparcimiento y el análisis.
Una pantalla que nos refleja y/o nos acerca otras culturas como ningún otro medio expresivo. Es, sin duda, la magia que nunca cesa.
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