Excelencias de un diccionario de Diseño
Philippe Souriault decretó que «el diseño industrial no es arte aplicado a la industria, sino arte implicado en la industria». Otro especialista, el italiano Gillo Dorfles, insistió en considerarlo como arte, mientras Tomás Maldonado o Gui Bonsiepe no se atreven a compartir esa opinión. Las definiciones que se arriesgaron (algunas breves y sagaces) coinciden en encontrar una suerte de pugilato entre técnica y arte: el diseño pertenece a la primera y no entra en el campo del segundo.
Mientras las artes tradicionales (pintura, escultura) han dejado de ser medios de comunicación social, el diseño industrial tiene una capacidad de penetración estética avasallante y masiva, aunque pocos lo adviertan. La sociedad actual está condenada al diseño, incluso el lector de esta página.
Más que dar una definición, Pablo Tedeschi logró situar al diseño en su real condición al decir que es el estudio previo de la forma de objetos, aparatos, máquinas y vehículos destinados a ser fabricados en lotes o en serie, consistente en procedimientos donde intervienen factores antropométricos, tecnológicos, económicos, psicológicos y sociales que concilian la función y la estética tomando en cuenta su relación con el usuario o comprador.
En español la palabra diseño se diferencia de dibujo, algo que no ocurre en otros idiomas donde es única (disegno en italiano, dessin, en francés, son ambivalentes), por eso adoptaron el término design, como también lo hicieron en lengua portuguesa.
Lo cierto es que es una actividad creadora que cada vez tiene mayor visibilidad para el profano aunque no abunden las exposiciones que potencien su importancia y la diferencien de la artesanía que, en muchos casos, entró ya en el camino de la industrialización.
Aunque hubo intentos aislados en Montevideo (Galería Aramayo, sentó un precedente importante) fue recién con la fundación del Centro de Diseño Industrial que institucionalmente, alcanzó un rango profesional. En especial, por el empeño de Franca Rossi, una arquitecta italiana dotada de una intrepidez organizadora y de acción sorprendentes, además de no ahorrar la crítica al diseño local.
Por eso es muy oportuna la aparición del libro «Diseño del siglo XX» escrito por Charlotte & Peter Fiell (Taschen, Alemania, 2000, 768 páginas, 700 ilustraciones en color, distribuye Trecho). Está estructurado a manera de un diccionario histórico-crítico, de un formato muy agradable y un sobrio y dinámico diseño gráfico. Con más de cuatrocientas entradas, ofrece un panorama enciclopédico del diseño del siglo XX.
Hay algunas (inevitables) ausencias y limitaciones que los autores se encargan de anotar. La obra se refiere fundamentalmente a Europa y Estados Unidos y a algunos de los países vecinos. La selección es tan rigurosa como los sintéticos textos y quiere ser representativa de las principales y diversas tendencias. Además incorporan esquemas históricos sobre estilos y movimientos.
En un breve y lúcido prólogo de apenas tres páginas Charlotte & Peter Fiell se encargan de ubicar los aspectos principales del diseño «que se puede considerar un instrumento para mejorar la calidad de vida», aunque sin agregar que a través de la educación visual, una idea que, de cualquier manera, está implícita. Recuerdan los orígenes del diseño con la Revolución Industrial y las innovaciones de William Morris en el siglo XIX hasta el arranque fundacional que significó la Bauhaus. El libro es apasionante desde la A (arquitecto finlandés Alvar Aalto, tiene, con justicia, la mayor cantidad de páginas) hasta la Z (ceramista húngaro Zsolnay). Hacen con cuidado una separación entre estilización y diseño.
Se puede consultar un autor aislado (Philippe Stark, Pierre Chareau, Arata Isozaki, Ettore Sottsas) como firmas (Olivetti, Pentagram,), movimientos (Secession, Racionalismo, Futurismo) instituciones (Royal College of Art, Victoria & Albert Museum, Vitra). Experimentos de arte povera (Riccardo Dalisi), muebles inflables (sillas Blow), antidiseño (Carlo Mollino), los productos eléctricos Braun, las sillas Knoll o Thonet, lámparas de Isamu Noguchi, logotipos (Tate Gallery, The Guardian), afiches (Casandre), cajas de cigarrillos (Raymond Loewy y Lucky Strike). Muchas de esas sillas (la de Rietveld, por ejemplo) son clásicas por el antifuncionalismo. En ese sentido, poco tienen que ver con el diseño y entran en la categoría de oibjetos experimentales.
Diseño del siglo XX, por la variedad de su repertorio temático y la calidad de los textos, es un libro indispensable, útil, práctico, que permite situar con rapidez un diseño o diseñador conocido o encontrar otro insólito, adjudicar autorías de objetos integrados a la comunidad y aparentemente anónimos, asociar nombres y tendencias.
Vale la pena incorporarlo a la biblioteca personal y tenerlo a mano.
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