Piedad, piedad para la pobre Ofelia
Esto es, relatar un hecho desde los distintos y a menudo contradictorios puntos de vista de los protagonistas. Y si en esta obra no hay, como en sus dos ilustres antecedentes, un crimen, sino un suicidio; hay también una investigación en busca de los culpables.
La idea tiene los méritos de cuestionar las explicaciones simplistas sobre los hechos y de inquirir en el fetiche lugareño de la familia «base de nuestra sociedad» según el art. 40 de la Constitución Nacional, superstición que las mil y una situaciones de «violencia doméstica» están demoliendo concienzudamente; pero, desdichadamente, la pieza no va más allá de las buenas intenciones. La pluralidad de puntos de vista debió seguirse de una rigurosa unidad de acción; pero Acosta ha dudado de sus posibilidades y cedió a la tentación de los adornos por adición. Presenta, simultáneas y entrecruzadas, no una sino varias tramas y hasta propone, a lo Pirandello, cierta interacción entre un «público» (que se revela ficticio) y los personajes. Pero para que semejante cúmulo y tantos pies forzados tuvieran éxito, la autora debía tener, pero no tiene, la imaginación y el fulgurante arte combinatorio de Rafael Spregelburd en «La estupidez» o Alan Ayckbourn en casi cualquiera de sus obras.
En «La chiquilina se mató y ya está» aparecen dos sepultureros conversadores que, los reconocemos en seguida, vienen en préstamo de «Hamlet»; la suicida se llama Ofelia y los sepultureros discuten si ella se tiró o no se tiró al río. Esta es la primer línea argumental de la pieza; pero por otro lado aparece una comedia local, donde un hombre, entre director de escena, juez de instrucción y árbitro de fútbol (silbato incluido), soporta, y a veces convoca al escenario, a diversos personajes que, al comenzar la pieza, están mezclados con el público en la platea y que se entrometen, interrumpen y discuten entre sí furiosamente y sin contenido: un tío, un cura de nombre Lorenzo, una vecina, una amiga, una psicóloga; están, además, los padres de la chiquilina, que no abandonan o rara vez abandonan el escenario.
La autora no se decide a desarrollar el tema ni en serio ni en broma, opta por un camino mixto; como consecuencia todo se presenta diluido, por ambiguo e indeciso, cancelándose mutuamente seriedad con desparpajo. Pero además la autora divaga. Se detiene no menos de media hora en la discusión de si el padre era o no bisexual, si hizo avances eróticos a su cuñado; pero se pierde de vista aquí la posible, pero nunca explicada, relación de las preferencias sexuales del padre con el suicidio de la nena. También se lanzan sombras sobre la madre, quiromántica y astróloga, que explica la muerte de la hija porque la manita de Ofelia tenía la línea de la vida demasiado corta. Cuando se informó al público que la madre obligaba a la pobre Ofelia a aprender de memoria las obras de Paulo Coelho, tuvimos un atisbo de explicación, pero esa lectura, por deprimente que sea, no puede explicar un suicidio.
La obra siguió con adiciones sin fin. Sabremos más tarde que la chiquilina muerta, convocada al estrado donde estuvo tan locuaz como cualquier testigo vivo, se suicidó porque su amante, Hamlet, la abandonó; más tarde Hamlet fue asesinado por su justiciera esposa, abandonada y embarazada, de nombre Julieta, con quien se había casado ante un cura o fraile llamado Lorenzo. Como se ve, la autora ha querido mezclar realidad y ficción, uno de los tics más socorridos de la literatura occidental de hoy, lugar común que, inventado casualmente por Gogol, fue reiterado hasta el tedio absoluto por Kafka.
La escritura no podemos hablar de diálogos porque casi todo es una sucesión de monólogos y rara vez hay cruces de palabras es descuidada, como librada al azar de la espontaneidad de la autora; no tiene gracia, ni ingenio. Es de lamentar, porque se siente que la autora pudo ir un poco más allá, con un poco más de trabajo y, sobre todo, de autocrítica; porque como directora supo dar vivacidad a la acción a través de doce personajes y en el reducido ámbito de NuevoArteatro y porque los actores están para más y mejor.
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