Una temporada ecléctica
Entre lo que valió la pena merece figurar el filme rumano «4 meses, 3 semanas y 2 días» de Cristian Mungiu, durísimo testimonio sobre los últimos días del comunismo en Rumania a partir de una anécdota centrada en dos jóvenes y la intención de interrumpir un embarazo no deseado.
Otro lugar de honor lo merece «Promesas del Este» de David Cronemberg, nueva muestra del talento de este cineasta para recrear un submundo inquietante. (El universo de la mafia rusa instalada en Londres, para generar un inquietante ejercicio fílmico donde Vigo Mortenssen realiza el mejor protagónico de su trayectoria).
Ni hablar de «Antes que el diablo sepa que estás muerto» de Sydney Lumet, otro desgarrador título sobre asalto a joyería que implicaba una interna familiar perturbadora y negra como la noche misma.
El mismo desacomodo que muchos espectadores experimentaron al acceder a «Sin lugar para los débiles» de Joel y Ethan Coen, una traducción que amortiguaba la versión original del título donde los «viejos» quedaban fuera de contexto en un mundo apabullado por la maldad pura.
Esa negritud también aparecía en «El sueño de Cassandra», del interminable Woody Allen, que dejaba de lado su acostumbrado humor para ofrecer una tragedia minimalista que no dejaba de ofrecer terribles nexos temáticos con la obra de Lumet.
Por su parte, Paul Thomas Anderson nos ofreció «Petróleo sangriento», una mirada hipercrítica de la explotación que tuvo a Daniel Day-Lewis como máximo exponente de la calidad actoral.
Esa suerte de denuncia, sin dudas, también aparecía en la colosal «Tropa de élite» del brasileño José Padilla sobre la represión del narcotráfico de las favelas cariocas. Renglón aparte para «La conspiración» de Paul Haggis, un crudísimo testimonio que denunciaba secretos inconfesables del ejército estadounidense a partir de la desaparición de un soldado cuando regresaba de Irak. (El filme tuvo en Tommy Lee Jones y Susan Sarandon a dos intérpretes de lujo para encarar el desafío).
Dicha crudeza no dejaba de surgir en «La escafandra y la mariposa» de Julian Schnabel, una película impactante de principio a fin que, nuevamente, ponía el tema de la eutanasia en el tapete.
En otro orden de cosas, «Pasión al atardecer» de Lajos Koltai (cuyo título original en inglés resultaba más acotado bajo la denominación de «Evening») resultó una verdadera joya que disfrutaron los paladares sibaritas. Un filme poético que aprovechó las posibilidades técnicas del cine para recrear atmósferas oníricas e imaginaciones seniles, reproduciéndolas con sutil encanto y estableciendo perfectos ensambles entre presente y pasado. Con cierta esencia teatral, el largometraje contó con un excepcional elenco (Meryl Streep, Glenn Close, Vanessa Redgrave, Toni Colette y Natasha Richarson entre otras celebridades) que hizo las delicias del público. Esa misma poesía parecía en «Cometas en el cielo» de Marc Foster, sobre un escritor afgano radicado en EEUU, que regresa a su país natal en tiempos de talibanes y pasa revista a su infancia y adolescencia.
La misma poeticidad, en clave de austera desolación, aparece en el brillante ejercicio cinematográfico de «Honor de caballería» de Albert Serra sobre el texto cervantino.
Pero el tema no termina acá. También vale la pena recordar el filme «Caramel», de la libanesa Nadine Labaki, un entrañable relato sobre grupo de amigas que se reúnen en un salón de belleza en Beirut manejado con sutileza, discreción y buen tino para mezclar apuntes cómicos y dramáticos.
La clasificación debe incluir, necesariamente, a «El nido vacío», de Daniel Burman sobre el desmantelamiento familiar y los efectos que esto produce en la pareja además del filme «Mi hermano es hijo único» de Daniele Luchetti sobre el pasado reciente de Italia.
Este balance tampoco debe dejar de lado a «Los falsificadores», de Stefan Ruzowitzky, un intenso largometraje basado en la vida real de Salomón Sorowitsch, un experto falsificador que, confinado en un campo de concentración nazi, fue obligado a falsificar moneda para generar inestabilidad en el ejército aliado. Mientras tanto, «La visita de la banda», de Eran Kolirin presentó una propuesta encantadora sobre músicos egipcios extraviados en Israel y las repercusiones que dicha desubicación ocasionaba en el contexto.
De más está decir que el filme canadiense «Lejos de ella», de Sarah Polley, logró un conmovedor registro sobre una paciente con síndrome de Alzheimer, magistralmente interpretado por Julie Christie.
Otros títulos dignos de mención serían: «La niebla», un alegórico título de ciencia ficción dirigido por Frank Darabont, «A través del universo», un homenaje a The Beatles, dirigido por Julie Taymor, «Wall E» de Andrew Stanton y «Batman, el caballero de la noche» de Crhistophen Nolan con la última actuación del excepcional Heath Ledger y la comedia negra «Muerte en un funeral» de Frank Oz.
Esta selección casi telegráfica tampoco debe omitir el genial delirio de David Lynch en «Imperio», la aparente simpleza de «El jardinero» de Jean Becker que, en realidad, ocultaba un mensaje ético y estético de alto vuelo sobre la creación artística o el desacomodo total de «La nube errante» de Tsai Ming-liang. Otro espacio de distinción merecen «Edmond» de Stuart Gordon, «El sol» de Alexandre Sokurov, «Offside» de Jafar Panahí, «El secreto del bosque» de Naomi Kawase, «A las cinco de la tarde» de Samira Makhmalbaf, «El sabor de la noche» de Kar Wai Wong, «Lars y la chica real» de Craig Gillespie, «Yo serví al rey de Inglaterra» de Jiri Menzel y «El otro» de Ariel Rotter, producciones que hubieran merecido mayor difusión dentro del ambiente cinéfilo. Feliz año.
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