Reconocido. Obtuvo el Premio Juan Rulfo en 1973, el Planeta en 1978 y el Cervantes en 2008

Juan Marsé: "La memoria es lo más importante para un escritor"

Consultado sobre la alegría que produjo en muchos la obtención del Premio Cervantes Marsé expresó: «He sido candidato desde hace un par de años; y, quieras que no, eso te agita, aunque sepa que no voy a ganar. Y yo contentísimo, ¿por qué negarlo? Contentísimo.

Es decir que ya tiene los dos grandes premios de la literatura en español, el Rulfo y el Cervantes.

El Rulfo me hizo mucha ilusión también porque yo tuve la suerte de conocer a Juan Rulfo en 1973, cuando me dieron en México un premio por «Si te dicen que caí», que no pudo publicarse en España entonces, y se publicó después de la muerte de Franco.

 

Era una tradición que la censura se ocupara de usted. Una estudiante americana que preparaba una tesis sobre la censura en España encontró al final del informe sobre «Si te dicen que caí», el censor decía algo como: «Si quitamos que salen maricones y gente de malvivir y prostitutas, si quitamos todo eso, todavía sería una porquería la novela».

Qué España más oscura… Sí, en 1966, con «Ultimas tardes con Teresa», el régimen se estaba tratando de lavar la cara, se acababa de promulgar la Ley de Prensa de Fraga. Con «Si te dicen que caí», en 1973, las cosas estaban peor.

Han pasado más de 40 años de «Ultimas tardes con Teresa», 35 de «Si te dicen que caí», y usted ha seguido publicando. «Yo no me olvido» sería una divisa de todo lo que ha escrito.

Sí, si hubiera que buscar un asunto que lo englobara todo, probablemente sería ése: «Yo no me olvido». Bueno, es lo que te decía antes: el escritor es memoria o no es nada. En mi caso, yo prefiero que la memoria esté implícita porque, si no, hubiera sido un historiador o un sociólogo. Cuando uno se dedica a la literatura de ficción se supone que es para crear un mundo. También un mundo que tenga algo que ver con éste, naturalmente. Con sus propias leyes internas, de armonía, de estructura, de ecos y de resonancias. En el trasfondo hay algo personal. Hay, por ejemplo, una constante en mis novelas: la del padre ausente; o está en el exilio, o está oculto, o está muerto. Eso probablemente tiene que ver con mi biografía.

 

Si uno lee sus libros y los subraya, puede concluir una biografía suya.

Alguien está muy interesado ahora en mi biografía y la está haciendo: Josep María Cuenca. Se lleva un trabajo tremendo, porque se encuentra dos familias. Rastrear mi familia biológica es un trabajo inmenso porque no queda casi nadie y hay una serie de puntos muy oscuros. A mí lo que me gusta decir es que mi biografía, la que yo conozco de mis padres adoptivos, está ya en mis novelas.

 

Lo cierto es que su literatura y su autobiografía se juntan en su obra.

A mí me gusta decir que hay mucha inventiva, que yo escribo novelas porque me gusta imaginar otras vidas. Cuando uno está leyendo una buena novela no está pensando en rastrear aquellos hechos que pueden tener que ver con el que la ha escrito. Eso es irrelevante en la lectura.

 

Cuando le dieron el Planeta (en 1978, por «La muchacha de las bragas de oro») fue de sport, y el presidente Tarradellas se lo reprochó. Y ahora afronta esta solemnidad.

Yo acababa de llegar del pueblo, iba con un pantalón de pana y una especie de cazadora amarilla, y no hubo tiempo para vestirme de otra manera cuando me avisaron para ir a la ceremonia. Al saludar a Tarradellas, éste me miró de arriba abajo, no me dijo nada, pero su mirada fue de reprobación. Tiempo después coincidimos en un concierto. Y al saludarnos se echó a reír. Haré ahora lo que pueda para llevar el esmóquin con toda dignidad, y nada más.

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