Entre la sorpresa y el desconcierto
La guematría es el cálculo de la equivalencia numérica de las letras, palabras o frases y, por extensión, de las formas escultóricas. Los arquitectos, especialmente los que trabajan con modelos en computadoras, lo saben muy bien. Pero la numerología, la proporción áurea y la escala Fibonacci han sido utilizadas desde el comienzo del arte. La matemática es una invención del hombre que proyecta en todo su accionar. Egipcios y griegos, Leonardo da Vinci y Mario Merz, italianos de ayer y de hoy, Joaquín Torres García, la emplearon con notoria suficiencia. Mathila Ghika escribió un aburrido y erudito tratado, los constructivistas rusos, Vantongerloo y Max Bill hicieron de las matemáticas de Lobachevsky y Riemann, los fundamentos de sus creaciones.
En el catálogo de la muestra de Ricardo Pascale se alude, insistentemente, al simbolismo numérico, no de la construcción de las obras, sino, más livianamente, al número exhibido. Es preferible equivocarse por senderos que se bifurquen, que enlacen el cercano ayer con el presente.
Cuando debutó en 1995, Ricardo Pascale introdujo una propuesta diferente en el campo escultórico, el ensamblaje de viejas, duras maderas de desecho convertidas en rotundas piezas expresivas, piezas cerradas y conclusas en sí mismas, pictóricas en su refinamiento de colores naturales y sus variaciones del ocre rojizo por el tiempo, el carácter táctil, cierto hedonismo de las superficies lisas. Lentamente, las esculturas fueron creciendo de tamaño hasta arribar a un minimalismo de raigambre oriental, meditativo y ceremonial.
Esas obras, dispersas en jardines públicos de variados países (en Montevideo, en el parque que rodea al Edificio Libertad, sede presidencial), exhibidas en diferentes ciudades del mundo, con fuerte presencia en el pabellón uruguayo de la Bienal de Venecia, parecían conducir a su autor a una síntesis conceptual que, en cierta medida, condensara su concepción escultórica, su manera de apropiarse del espacio y convertirlo en asociado circunstancial.
De sus numerosos viajes por el mundo, de sus contactos con el arte de todos los tiempos, particularmente actuales, fue asimilando formas y estilos, técnicas operacionales más sutiles y despojadas.
Dando una inesperada vuelta de tuerca, en el Museo Nacional de Artes Visuales, Pascale exhibe cinco esculturas monumentales. El soporte permanece intacto, la madera. Ensamblada o recortada, apilada o torneada, en estructuras planas a ras del suelo o en torres, onduladas o enrejadas, cada una impone una posición distinta y aunque juntas, parecen mónadas sin ventanas. Es cierto que el montaje en varias de sus exposiciones no se caracterizó por su funcionalismo. Aquí, en la sala superior del museo, la deficiente iluminación y la equivocada distribución de las obras no consiguen establecer la necesaria articulación dialogante. Y el conjunto de las cinco piezas semejan la primera muestra de un maestro al proponer cinco caminos diferentes y una interrogante de futuro a recorrer.
La característica calidad de la madera, rugosa o lijada, el suntuoso colorido sobrio en su voluptuosidad, es el sello distintivo de Pascale. Agrega, ahora, el recuerdo de las elegantes bóvedas gausas de Eladio Dieste, los empinados monumentos de Tatlin, el seductor manejo artesanal de Martin Puryear o la pureza conceptual de Donald Judd o Sol LeWitt, disímiles referentes internacionales y nacionales que ennoblecen sus realizaciones al ofrecer un sesgo personalísimo, una citación difusa, casi inadvertida para el observador. Ahí radica el disfrute de este escultor que, aun en la diversidad de propuestas y las limitaciones del montaje, atrae al visitante por la riqueza del tratamiento de la materia y la convicción que se desprende de la intrepidez creadora.
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