Duchamp regresó a Bs. As.
La Fundación Proa, ubicada en La Boca, al lado de la no menos mítica calle Caminito, frente al contaminadísimo Riachuelo, estuvo cerrada durante el último año. El objetivo, remodelar, ampliar y diversificar el espacio inaugurado en 1996 que durante una década marcó el panorama artístico de la ciudad con muestras extraordinarias (algunas: Wifredo Lam, Sol Lewitt, Mario Merz, Sebastiao Salgado, Transvanguardia italiana, Alighiero Boetti). La antigua casona del siglo XIX, de fachada neoclásica, fue reacondicionada por los arquitectos milaneses Giuseppe Carusso y Agata Torricella en una primera fase y ahora volvieron a refuncionalizar y triplicar el espacio dotándolo de un auditorio (capacidad 100 personas), librería y restaurante, con espléndido panorama sobre el río y el puente transbordador. Se ganó en grandiosidad, en altura, en interacción comunicativa con el exterior y se perdió en escala humana, se evaporó el contacto con la pequeña librería (ahora con dos pisos) y la mesa con periódicos y revistas. También se modificó su identidad visual a cargo del famoso estudio de diseño británico Spin. En la recepción, se extraña la cordial familiaridad del funcionario veterano sustituido por sonrientes jovencitas. El catálogo de 450 páginas, incorpora textos importantes de varios autores (Rosalind Krauss, Thiery de Duve, Octavio Paz, entre otros) y traducción al español de numerosas cartas de Duchamp, lo hacen de consulta inevitable. Se adjunta un cedé con versiones en francés, portugués e inglés y está disponible un sencillo catálogo-guía de mano. Por si fuera poco, se efectuaron coloquios con panelistas internacionales especialistas en Duchamp y conciertos con música del propio Duchamp, Edgar Varèse, John Cage y Steve Reich. Las visitas guiadas son en español e inglés y se proyecta un buen video sobre la vida y obra de Duchamp realizado por Rodrigo Alonso. Todo funciona con precisión.
La muestra se titula Marcel Duchamp: una obra que no es una obra «de arte», tomada de una frase de Duchamp. La idea, largamente pensada por Adriana Rosenberg, presidenta y alma máter de Proa, al lado de un grupo de colaboradores ilustres que desplegaron relaciones internacionales de alto nivel, tiene curadoría de la estadounidense Elena Filipovic. El notable acontecimiento (estuvo en el Museo de Arte Moderno de San Pablo) está integrado por 120 trabajos de Marcel Duchamp que son, en su mayoría réplicas (las autorizó el propio autor en 1964) o reproducciones. El visitante encuentra un Duchamp a partir de la creación de los ready made, es decir, 1913. La pintura anterior (impresionista, cubista y hasta el Desnudo descendiendo una escalera, están ausentes). Los originales se encuentran en el Museo de Arte de Filadelfia, acaparador de la mayor producción, el Museo de Bellas Artes de Rouen y el Guggenheim de Venecia, entre los mayores coleccionistas. Fueron vistos, casi en su totalidad, en el Palazzo Grassi, Venecia, 1993. Es cierto que El gran vidrio, la pieza magistral y enigmática (como lo fue en su tiempo Guernica de Picasso, hoy fácilmente decodificable), padeció roturas que Duchamp las incorporó como hallazgos así como el polvo depositado en su traslado y no puede moverse del lugar al que pertenece. La réplica del museo de Estocolmo, que es la que se exhibe habitualmente, está limpia y translúcida, sin el sugestivo encanto de los accidentes mencionados. El público debe saber que está viendo réplicas, aunque autorizadas, y no originales. Desde luego, la mayoría de los originalaes fueron tirados a la basura y nunca se encontraron.
Para el conocedor del museo de Filadelfia y la del Palazzo Grassi, la exposición de Proa es desilusionante. Falta el espíritu duchampiano (si es que es posible recuperarlo). Pero hay aspectos desconcertantes. El célebre mingitorio resignificado (Fuente, 1917/64), considerada la obra más influyente del arte contemporáneo, aparece acostado y no vertical, en contradicción con el sentido primitivo (no el agua que fluye, sino la que recibe), El Gran Vidrio o La desposada desnudada por sus solteros, incluso, 1915-23, en vez de estar en el centro y con un ventanal abierto al exterior, aparece cerca de una pared que impide rodearlo, el Escurridor de botellas, 1914, está colgado en forma horizontal, que le quita significado. Se podría seguir analizando las incongruencias de una muestra, demasiado aséptica y blanquísima.
Sin embargo, no deja de ser, para la mayoría del público, un acontecimiento histórico de enorme envergadura, un acercamiento a la personalidad más influyente del siglo XX que escapó a cualquier encasillamiento doctrinario o grupal y que, sin quererlo o buscarlo, engendró un movimiento propio, anticipando el dadaísmo, el surrealismo, el cinetismo, el arte conceptual y la performance. Un genio, sin duda.
Compartí tu opinión con toda la comunidad