Laceratum. Obra de Aldo Pérez, en Old Mazz

Cíclopes, monstruos, retrovirus

Todo esto es vida en bruto, no procesada para su transformación en arte.

Todo sucede muy rápido; aún lo que no se entiende, en los muchos momentos en que el espectador se pregunta qué sucede, la velocidad es reina. Es el efecto fatal de la historieta sobre el teatro; y nos disculparán Aldo Pérez y el aplicado elenco que dirige, pero entendemos son víctimas de una nueva epidemia, no menos deletérea que el sida, pero esta vez en el teatro, y es la imitación de la vieja historieta, que por puro snobismo, ya que tenemos la palabra del castellano, se denomina «cómic».

Así como en los sistemas monetarios bimetalistas la mala moneda expulsa a la buena moneda, la superficial historieta desplaza al noble teatro. Ha caído sobre el teatro lo peor de la seudocultura y lo peor de lo seudopopular: un material para revistas ilustradas, siempre pronto para iniciar un proceso de descarte, ser, al tiempo, recogido por hurgadores y al fin utilizado como mero papel no bien concluya el viaje en ómnibus o nos llegue el turno en la peluquería.

Esta fugacidad, este precario sucedáneo del arte verdadero se ha dado en considerar, por una extraña perversión, el camino que llevará a los directores y autores de teatro a la inútilmente buscada originalidad. Este lamentable espíritu de imitación, esta falta de imaginación, quizás esta desidia hace que hoy tengamos en cartel tres obras cuya concepción y puesta en escena se vincula a la historieta: «Arturo Ui» de Brecht (nada menos), «Lo Fausto» de Sawchik y «Laceratum» de Aldo Pérez.

Como en las historietas gráficas locales, que nos rechazan desde lejos por su confusión y su mala retórica, en el teatro de la historieta todo está estirado, distorsionado; todo es extremo, dicho a gritos; se subraya, se realza, se potencia.

Tanta percusión, que atrapa en el primer momento, se ahoga en su monotonía; la historia, siempre contada sin orden ni idea de composición, sin noción de secuencias y gradaciones, aburre sin remedio. Para peor, en «Laceratum» todo esos cíclopes, monstruos y enfermos terminales, en su mayoría estridentes y agitados hasta la convulsión, emplean un lenguaje que parece hecho de gruñidos o rugidos, del que no podemos participar al no disponer de una clave común que nos permita descifrarlo.

El terrible drama que podría construirse sobre la trama de «Laceratum» no conmueve; ni siquiera interesa, pese a su actualidad.

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