Culebrón discreto de alto diseño
El director Sneider comenzó su carrera en el cine como asistente de locación en «Gringo viejo», allá por el año 1989 (dirigida por Luis Puenzo, con Gregory Peck, Jane Fonda y Patricio Contreras como figuras de cartel) y está claro que algo aprendió, al menos a poner en escena una prolija y detallada producción, aunque el resultado final no se aleje demasiado de los productos televisivos estándares que suelen invadir la pantalla chica local.
Aquí, el cine vuelve a hacerle un guiño a la literatura, en este caso con la novela «Arráncame la vida» de Angeles Mastretta, y otra vez más, la letra le terminó ganando a la imagen solo por el hecho de transmitir mejor, con más emotividad, el relato.
El marco histórico se centra en la ciudad de Puebla de los años 30 y en el Distrito Federal de los 40, con el ascenso de un líder político local, el general Ascencio (Daniel Giménez Cacho), con un fondo de corrupción, acomodos, asesinatos y toda maniobra que permita escalar sea como sea.
Ese general, notablemente interpretado por Giménez Cacho, autoritario, cuarentón, machista y violento, se le da por casarse con Catalina (Ana Claudia Talacón) una jovencita quinceañera que primero se ve avasallada por la poderosa impronta del militar, hasta descubrir sus miserias más profundas e imponérsele con personalidad. No faltan claro está, las infidelidades, muertes, hijos que llegan y la situación política que es una olla a presión.
La historia según Mastetta, que participó en la conformación del guión, se la contó su abuela y ocurrió de verdad, aunque con nombres cambiados.
La obra es publicitada como «la película más cara del cine mexicano» con unos 6,5 millones de dólares (cambio chico para Hollywood o Europa) y ese dinero se gastó en una lujosa producción que incluyó un reproducción milimétrica del zócalo original, la fotografía del vasco Javier Aguirresaroble y centenares de extras, pero no alcanza para salvar el asunto.
La película se empeña en hacer hincapié en la demagogia y la simpatía del militar, obviando su carácter de asesino y déspota, y muestra como esa jovencita deviene en mujer madura e inevitablemente infiel, que termina matándolo pero siempre saliendo bien parada y con cara de santa. Tanto lo que se muestra como la forma en cómo se hace, remite a los soporíferos productos de la televisión azteca y que son tan conocidos por estas costas.
Lo destacable, lo dicho; una minuciosa producción y una soberbia actuación de Giménez Cacho, el resto se ve en cualquiera de las telenovelas de la tarde.
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