El conflicto entre la moral, la piedad y el amor de una abuela
La película, que es una coproducción anglo-belga dirigida por Sam Garbarski, reúne un sólido reparto integrado por la estupenda Marianne Faithfull, Miki Manojlovic, Kevin Bishop y Dorka Gryllus.
La moral es siempre un tema polémico, en tanto concepto intrínsecamente asociado a las costumbres, las creencias, las etologías sociales, los valores y las pautas culturales predominantes en cada tiempo histórico.
El debate, que se dirime habitualmente en el terreno ético, está fuertemente condicionado por los discursos hegemónicos, que casi siempre imponen las reglas de conducta universalmente aceptadas.
Esas líneas rectoras suelen ser impartidas por quienes se arrogan la potestad de pontificar, aunque sus comportamientos habituales no siempre se ajusten a lo que predican.
En efecto, en más de un caso, la historia ha corroborado la abismal diferencia entre los discursos presuntamente aleccionadores y la praxis.
En todo caso, ninguna institución u organización puede determinar fehacientemente lo que es moralmente correcto ni puede reservarse para sí el monopolio de la verdad o la virtud.
En «La profesión de Irina Palm», Garbarski propone un drama de aristas controvertidas, al narrar la historia de una abuela que se prostituye para salvarle la vida a su nieto.
El osado planteo desafía las pautas de conducta predominantes en nuestra sociedad, ingresando en el casi siempre escabroso territorio del debate ético.
En este caso, la protagonista, una viuda ya madura, afronta el dilema de dejar que su nieto enfermo muera u obtener el dinero que le permita financiar su traslado a Australia, donde será sometido a un costoso tratamiento.
Irina Palm, nombre «artístico» de la mujer, tiene todo en su contra: carece de experiencia laboral, no posee una preparación que la habilite a acceder a un puesto de trabajo bien remunerado y ya ha ingresado en la tercera edad.
Sin embargo, la delicada situación amerita que Irina busque una urgente solución, que llega imprevistamente cuando ingresa a un sórdido club nocturno, donde obtiene un empleo como «acompañante».
En realidad, el trabajo que debe desempeñar la protagonista es masturbar a los clientes, a través de un orificio situado en la pared de una habitación. En esas circunstancias, los que pagan la tarifa jamás saben quién cumple con la «faena».
A cambio de su labor, la mujer recibe una cuantiosa paga en libras muy superior al promedio salarial del mercado, que le permitirá, con el tiempo, reunir el dinero necesario para salvar a su nieto. Superado el rechazo inicial, la viuda toma su trabajo con naturalidad. Sin embargo, su sentimiento de culpa la aleja de su círculo de amigas y hasta de su hijo, que le reprocha que no visita con frecuencia al niño que está hospitalizado.
La cámara acompaña la agobiante rutina de esta mujer gastada e infeliz, que debe ocultar su secreto, enfrentar las exigencias del dueño del club y hasta soportar un conflicto con una joven prostituta que la acusa de haberle birlado los clientes.
Garbarski demuestra una infrecuente solvencia para plantear un tema controvertido, que resuelve con sobriedad y respeto por la sensibilidad del espectador.
El eje vertebral del relato es el conflicto ético que afronta la protagonista, quien no duda en desempeñar un trabajo indigno y humillante con tal de alcanzar su objetivo.
Su conducta es cuestionada por su propio hijo lo cual corrobora el peso de una moral hegemónica hipócrita, irreflexiva e intransigente.
El filme, que está magistralmente protagonizado por Marianne Faithfull, confirma que nadie puede determinar las fronteras entre lo moral y lo inmoral, lo bueno y lo malo.
«La profesión de Irina Palm» es un conmovedor alegato por la vida, que discurre entre el debate moral, la piedad, el amor y la convicción.
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