"Dueños de la noche": una película que insinúa más de lo que alcanza
Los policiales, cine negro, film noir, o neo noir, en esa manía de etiquetarlo todo, que existe en el mundo del cine, es uno de los géneros más nobles y mas inoxidables al paso del tiempo.
El larguísimo historial que ostenta desde las primerizas «Scarface» (1932) o «Yo soy un fugitivo» (1932), se ha visto amplificado por directores que han llevado a los revólveres humeantes en noches neblinosas a los más alto. Houston, Hitchcock, Don Siegel, Scorsesse, De Palma, Ferrara, Ford Coppola, Altman, son solamente algunos de los responsables, sólo en Estados Unidos.
Es posible que James Gray, director de «Dueños de la noche», haya visto algunos de los más grandes clásicos del cine policial, porque en su película se deja entrever tímidamente algo de desafío, oscuridad, cierta robustez estilística, basada en un par de buenos actores como Robert Duvall y Joaquin Phoenix, pero la historia no alcanza a despegar debido a la inoperancia de otras estrellas como Mark Wahlberg. Un hecho curioso: en determinado momento del filme, los personajes parecen tomarse más en serio el asunto que el propio director. Todo transcurre en una violenta Nueva York en 1988 (luego llegaría Rudolph Guliani y pondría la basura debajo de la alfombra a fuerza de plomo y racismo) donde los rusos, clanes familiares como los italianos, irlandeses, asiáticos o latinos se repartían la ciudad a balazos para colocar sus toneladas de drogas. Aquí, Bobby Green (Phoenix) es el encargado de una megadiscoteca, propiedad de un ruso con apariencia de abuelo inocente, y que tiene aspiraciones de progreso dentro de la organización.
El problema es que su hermano Joseph (Wahlberg) es policía, igual que papá Burt (Duvall) y ese intrincado doble juego por momentos es interesante, pero de a poco lo bueno que se construyó al comienzo, incluyendo una buena fotografía, se desmorona debido a la indiferencia de Wahlberg, que jamás se mete en su personaje y sólo queda el dúo Pohenix-Duvall sosteniendo la película. Los excesos del director y un guión errático hacen el resto para echar por tierra algo que sugiere más de lo que logra. Se confunde groseramente sensibilidad y sentimientos con espesor dramático y eso no suele funcionar. Quedan sí un par de escenas filmadas con pulso, un tiroteo en un pastizal y una furiosa persecución bajo lluvia que dejan un halo de lo que pudo ser y no fue. Está claro que Gray puede aprender más del oficio y, más claro aun, está el hecho de que siempre habrá buenos policiales para ver, es sólo cuestión de esperar.
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