Entre los fantasmas del pasado y los desencantos del presente
En «Fragilidad», la escritora Andrea Blanqué construye una novela de trazo desencantado, que indaga en el ominoso pasado de la dictadura y los conflictos humanos del presente.
La autora, que nació en 1959 en Montevideo, ha desarrollando una prolífica carrera literaria, que le ha permitido posicionarse como una de las creadoras más sólidas e influyentes del presente.
Andrea Blanqué es autora de las recordadas novelas «La sudestada» (Premio Revelación Bartolomé Hidalgo 2001), «La pasajera» (2003) y «Atlántico» (2006).
Asimismo, la narradora, que también incursiona desde hace trece años en el periodismo cultural, ha escrito numerosos cuentos, entre los cuales se destaca el también premiado «La piel dura» (1999/2005).
Además, relatos suyos integran antologías de escritoras latinoamericanas, publicadas en Francia, Estados Unidos y Argentina.
Entre 1981 y 1987, vivió en España, donde estudió Literatura en las Universidades de Madrid, Málaga y Barcelona.
La agudeza de su prosa, que suele otorgar un preponderante protagonismo a los personajes femeninos, revela una sensibilidad muy particular para interpretar las diversas inflexiones de la naturaleza humana.
«Fragilidad» narra las historias de dos mujeres que mantienen una sólida amistad desde la infancia, cuyas vidas han seguido rumbos cardinales radicalmente diferentes.
Sin embargo, aunque sus personalidades son aparentemente antagónicas, ambas cargan sobre sí un calvario común que las une y las identifica: la infelicidad.
Mientras Leda es una mujer afectivamente inestable y agobiada por una infancia dura y solitaria, Anya procede de una familia de buena posición, tiene un hogar bien constituido, dos hermosos hijos, un marido que la complace en casi todo y un trabajo de buena calidad.
Sin embargo, el presente está terriblemente condicionado por un pasado traumático, que recrea la tragedia de la dictadura y las más aberrantes violaciones a los derechos humanos.
No en vano Andrea Blanqué inicia su relato con una secuencia de fuerte impacto, que recupera el doloroso recuerdo del allanamiento de la casa de Leda por parte de fuerzas militares, de una terrible balacera y de la detención de su madre embarazada y su padrastro.
Esta escenografía de pesadilla que con tanta crudeza describe la autora, opera como disparador de un drama subyacente, que tuvo como protagonista a una niña de sólo tres años y a los padres de su amiga como involuntarios testigos.
De algún modo, Andrea Blanqué recrea el terror experimentado por miles de uruguayos durante el gobierno autoritario, que observaron absortos muchos de ellos como víctimas- como la democracia uruguaya era demolida por una conspiración de inspiración fascista.
La novela confirma hasta qué punto la autora, que cuando sobrevino el golpe de Estado era apenas una adolescente, experimentó una fuerte conmoción ante la inauguración de un tiempo de terror que se prolongó durante más de una década.
La cruenta elocuencia de las imágenes va marcando el pulso narrativo del tramo inaugural de esta novela, que retrata la naturaleza de la barbarie en el atropello perpetrado contra una familia y la soledad de una pequeña que creció con su madre presa.
En ese contexto, la historia de la Leda adulta sigue una perversa lógica determinista, que la condenó de por vida- al dolor y al más terrible fracaso afectivo.
Contrariamente a lo que se podía intuir, la verdadera protagonista del relato es Anya, una mujer aparentemente exitosa, con sus necesidades materiales satisfechas y un universo afectivo donde todo parece estar en orden.
Sin embargo, bajo esa idílica superficie subyace también el fantasma de la infelicidad y la insatisfacción, por una rutina doméstica que la agobia, un marido distante que trabaja de noche para ganar más dinero y una actividad profesional que la sumerge en un mundo de alta sociedad que realmente aborrece.
La protagonista encuentra su «paraíso» artificial en el alcohol que bebe clandestinamente en la cocina de su casa cuando todos duermen y en frecuentes salidas nocturnas que camufla convenientemente, durante las cuales conoce bares de mala muerte.
Esas furtivas fugas rumbo a la nada que tienen mucho de aventura y de emancipación individual, le permiten conocer el rostro oculto de Montevideo, fuertemente marcado por la decadencia y la marginalidad.
Esos viajes iniciáticos la confrontan a un universo casi siempre sórdido y desencantado, poblado por abundantes uruguayos que ahogan sus miserias y frustraciones en la bebida, la droga y la oscuridad de sus propias conciencias agobiadas.
Ese submundo, que también es parte de la realidad, marca una radical dicotomía con los ambientes que cotidianamente frecuenta la perpleja Anya, con su despacho de secretaria de un alto ejecutivo de un banco privado, las reuniones sociales, las recepciones y la habitual frivolidad de la fauna burguesa.
De algún modo, el olor a rancio y a derrota que se respira en esos bares congelados en el tiempo, es bastante más real que esa sociedad de altas finanzas, éxitos fáciles, trajes de marca, camisas almidonadas, falsos afectos y protocolares hipocresías.
En esas circunstancias, la vida de la protagonista discurre por dos territorios antagónicos: el de la felicidad visible y el de la infelicidad encubierta, que encuentra su refugio y su liberación en una copa de vino, en una mentira, en el lecho de un amante secreto o en los acordes de una guitarra que destilan profunda tristeza.
Andrea Blanqué construye una odisea existencial que tiene mucho de suplicio, por las tensiones del presente y los traumas de un pasado particularmente asociado a Leda, la niña a quien la dictadura le amputó sus afectos y que devino en adulta frustrada.
Aunque la novela enfatiza particularmente las rupturas y los conflictos afectivos, el ominoso recuerdo del período autoritario sobrevuela todo el relato.
No en vano la protagonista rechaza visceralmente el modelo de sociedad que la rodea y hasta se identifica con los ideales de quienes otrora lucharon por la construcción de un mundo mejor.
Esa síntesis intelectual la conduce inexorablemente a un ejercicio de disociación con el mundo real y a la inauguración de un nuevo periplo vivencial, que le permita recuperar toda su humanidad aún a costa de perder sus afectos.
«Fragilidad» es una novela de acento fuertemente desencantado, que discurre entre la reflexión existencialista, el alegato político y hasta el dilema de naturaleza moral.
Aunque la autora no emite juicios de valor, se percibe claramente una enérgica reivindicación de la libertad individual de la mujer y su inalienable derecho a ser feliz, más allá de eventuales convenciones sociales.
Pese a la previsibilidad de algunas situaciones puntuales, la autora exhibe su reconocido oficio para construir un relato sólido que sostiene adecuadamente la tensión dramática.
En ese contexto, la escenografía literaria está siempre poblada por personajes creíbles y reconocibles, aún aquellos marginales habitantes de las madrugadas montevideanas.
Andrea Blanqué confirma nuevamente sus reconocidas cualidades de narradora frontal e incisiva, a lo cual en esta oportunidad adosa una mirada testimonial que apunta a recrear la memoria de los tiempos más oscuros de nuestro pasado reciente.
(Editorial Alfaguara)
Compartí tu opinión con toda la comunidad