La dama y el clarinete

Notas falsas

Hay un desarrollo normal, un comienzo normal y un fin previsible. Las situaciones son muy vistas: posiblemente el autor haya especulado con ese inmediato reconocimiento del espectador de que está en medio de una comedia de corte clásico. El estilo es convencional, sin sorpresas ni conatos de inventiva, y también profesional, sin divagaciones y con sobria eficiencia. «La dama y el clarinete» nada tiene que ver con el arte y todo con el oficio; tenemos la convicción de que debe haber cientos de obras similares, o equivalentes, y más todas las que han de venir.

Todos estos lugares comunes, todo este mundo plastificado y envasado al vacío pudo brillar con una puesta en escena que realzara los méritos de la obra, que diseñara climas, que empleara a fondo la olvidada herramienta de la iluminación. Denevi es un director tan abundante en talento como escaso de tiempo; esta «La dama y el clarinete» es, nuevamente, amena y agradable, pero suma una dirección superficial a un texto superficial. Los actores, Laura Sánchez y Mario Ferreira, son de nuestros mejores comediantes; pero ambos están, claramente, por debajo de sus magníficas posibilidades.

La actriz padeció, creemos, la imposición de un tartamudeo o balbuceo que pretendió naturalidad, sin lograrlo, se desencontró con el ritmo normal de la conversación, se excedió en agitación y demostraciones de nervios. Hasta su figura, usualmente muy elegante, fue inhallable en una vestimenta que pasó de la imposible solemnidad del comienzo a la solemne tontería del atuendo juvenil, con pareja incomodidad. Ferreira compuso mejor, seguramente estimulado por encarnar a tres personajes diferentes, pero tampoco pareció trabajar sus partes desde adentro. La escenografía, basada en unos feos paneles translúcidos donde se proyectan sombras que nada significan, resultó abstracta en exceso, dijo de rareza inexpresiva, sugirió empaque y distancia. No fue propicia a la comunicación: no se veía ni del todo una sala de estar, ni del todo un lugar fantástico, una temeraria plataforma de lanzamiento hacia el pasado aún vivo. Diríamos que no fue tanto que los actores no entraron en la pieza, como que la pieza entera no entró al teatro; y creemos que todo el desbarajuste empezó con la aparición del clarinete, que es precisamente lo que debió organizar la obra y hasta conferirle originalidad. La contratación de un cuarteto de cuerdas para una cena de amigos en su apartamento solía ser para Marcel Proust una hipérbole de la cortesía; en la protagonista de «La dama y el clarinete«, que aún prefería al clarinete un violoncello que le falló a último momento, la decretada afición por la música y la puesta en escena queda huérfana de toda justificación, como tampoco se ve la razón de que la protagonista, al borde de un ataque de nervios, trate tan mal al músico. Y si es evidente la conexión entre la música y el recuerdo, conexión que debió producir escenas de emoción y aún de ternura que no se vieron, este espectáculo se empeñó en pasarla por alto.

LA DAMA Y EL CLARINETE, de Michael Cristofer, en traducción de Mario Morgan, con Laura Sánchez, Mario Ferreira y Fabián Pietrafesa (clarinete). Vestuario de Nelson Mancebo, coreografía de César García, iluminación de Jorge Denevi y Bimbo Depauli, dirección de Jorge Denevi. En Teatro Stella D’Italia, sala 1.

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