Puesta en escena despareja

Es muy probable que «Extraña pareja» sea lo mejor de la cartelera en este mes de enero; pero casi deberíamos escribir «lo menos malo». Cuenta Denevi en el programa de mano que cuando le preguntaron a un actor agonizante –Edmund Gwenn– si era difícil morirse, contestó que no, que lo difícil es hacer comedia; y agrega Denevi que «Cuando hay un texto de Neil Simon hacer comedia no es tan difícil». Esta puesta en escena da la razón a Gwenn. El artista vive de las dificultades y naufraga en las facilidades. Neil Simon no es fácil.

Una primera facilidad, y devastadora, es la amplitud de la sala 1 de El Galpón, tanto del escenario como de la platea. La sala 1 es sencillamente inadecuada para el teatro, por la muy simple razón de que es un cinematógrafo, el antiguo «Grand Palace», y las pocas veces que funcionó bien, fue porque se acortó el escenario, como en «Ay Carmela«, de Sanchis Sinisterra, dirección de Dervy Vilas, o «Drummond«, por «Ponto de Partida». Lejos de ser una ventaja, sus grandes dimensiones son una dificultad, un peso muerto, un brazo enyesado, una carga a soportar. Es fácil instalar en ese escenario una mansión, pero el apartamento de Oscar (Héctor Guido), por muchos detalles de su vida cotidiana, no puede ser una mansión; es fácil contar con la adhesión del público, especialmente con Simon, y llenar la enorme platea, como ocurrió el día del estreno. Pero con «Extraña pareja» comprobamos la afirmación de Goethe de que es mejor para el artista trabajar con límites y dentro de límites. En la inmensidad del escenario, la acción se demora, se cansa y nos cansa, en ir y venir. Cuando los amigos juegan a las cartas, nos oprime y rechaza la oscuridad y el vacío del resto del piso. En cuanto a la platea, más allá de la fila 12 los gestos, necesariamente mínimos, de Félix (Jorge Bolani), llenos de intención y de una gracia a lo Buster Keaton, simplemente no se ven.

Otros dos puntos negativos fueron la iluminación y la puesta en escena. Por motivos que no llegamos a explicarnos, este rubro se ha convertido en un permanente déficit de nuestras carteleras. Aquí Del Cioppo propuso luces crudas y verticales, que desfiguraron hasta convertir en muecas las caras de los actores, a quienes costaba identificar. Las habitaciones de Oscar, donde sucede la obra, estuvieron envueltas en una luz un tanto irreal, lo que no concordó con el carácter naturalista de la pieza. La puesta en escena estuvo nuevamente a cargo de Jorge Denevi, uno de nuestros buenos directores, un hombre inteligente, agudo, lúcido y con chispa, inventivo, vivaz y laborioso, dotado tanto de intuición como de sentido de la organización. En cuanto a virtudes, las tiene todas o casi todas: pero para lograr una pefecta puesta en escena de «Extraña pareja» le faltó a Denevi solo una modesta cualidad: ser Dios. El atareado director estrenó casi simultáneamente con «Extraña pareja«, «La dama y el clarinete«, de Michael Cristofer o Christopher (hay versiones contradictorias sobre la grafía del apellido del autor), obra muy menor, que se frustró también por una preparación insuficiente. Como sucedió en la infausta puesta en escena de «La importancia de llamarse Ernesto«, de Oscar Wilde y más aun en «El tiempo y los Conway» de Priestley, tampoco hubo aquí matices, contrastes, nítida definición de escenas, afinada y empastada marcación de actores, orden y concierto en el movimiento escénico. Es un ejemplo vivo del viejo refrán «el que mucho abarca, poco aprieta». Denevi puede poner en escena, sin mayor esfuerzo, siempre con digno oficio y un mínimo de seriedad, casi cualquier obra; pero dada las compulsiones que padece, en particular su falta de tiempo, ya no parece posible que llegue a la excelencia que sus facultades le permitirían alcanzar.

Una salvedad personal de este crítico para el autor, Neil Simon. Hasta ahora le hemos visto solo buenos primeros actos. «El prisionero de la Segunda Avenida«, luego del magnífico comienzo, se desbarranca hasta el final; «Plaza Suite» y «El último de los amantes ardientes» deben su gracia a que están hechas de tres primeros actos. «Extraña pareja» no es una excepción. Luego del planteo, donde disfrutamos toda la vivacidad de Simon, donde atisbamos al personaje central y su difícil tema, debe seguir su completa revelación, que es el tema de la obra, revelación tan sorprendente para sus amigos como para el público. Pero aquí Simon, aunque logra inventar escenas creíbles y bien construidas, pierde revoluciones por momentos hasta llegar a un desenlace que más parece un desmayo.

La interpretación se resintió por el desequilibrio entre el impecable Jorge Bolani y un estereotipado Héctor Guido, que no pareció entrar en el personaje y menos en la dialéctica del dúo durante todo el curso de la obra.

EXTRAÑA PAREJA, de Neil Simon, en traducción de Mario Morgan, con Eduardo Guerrero, Diego Artucio, Hugo Giacchino, Héctor Guido, Jorge Bolani, Gisella Marsiglia y Raquel Diana. Escenografía y vestuario de Nelson Mancebo, iluminación de Sergio del Cioppo, dirección de Jorge Denevi. Estreno del 20 de enero, Teatro El Galpón, sala 1.

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