Las mil caras del amor
Toda la película está armada en torno a esa especie de inventario o tipología de relaciones entre hombres y mujeres –deliberadamente excluyó las relaciones homosexuales, tan de moda, para no complicar más su rompecabezas–. Un hombre locamente enamorado llama insistentemente a su ex novia para reanudar una relación; ella va a casarse con un recién conocido, no enamorada. Un anciano lleva la urna con los restos de su mujer, con la que convivió 50 años sin cansarse; un joven le dice a su compañera que no tiene forma de saber si mañana la seguirá amando. Una mujer fue súbitamente abandonada cuando iba a comprometerse; una pareja se desmorona lentamente a causa de unas pastillas para los ojos que causan depresión –como ven, no falta el humor negro–; otra más, convive en la más absoluta frialdad.
Un marido engaña a su mujer en vacaciones, porque ella es muy aburrida; otro la engaña en su casa para descargar la tensión que le produce su extraordinaria mujer, que lo admira. Una joven que se prostituye buscando una experiencia existencial; una adolescente que lo hace por un par de lentes fashion. Un viajante que lleva a una mujer a la habitación y le pide que lo azote; una amante que se corta las venas en el baño de un hombre casado.
Y, una escena conmovedora: una mujer mayor que vuelve a ver a un hombre con el que vivió un año hace decenios, pero el hombre ha perdido la memoria luego de un ataque al cerebro: recuerda hasta las comidas, pero no a la mujer.
A primera vista, el plan es demasiado cerebral, las historias son demasiadas y la posibilidad de desarrollar personajes con alguna profundidad, demasiado pocas. Pero Dorrie sabe dosificar, encontrar los elementos que definen toda una existencia, sabe qué señalar en un minuto y qué debe dejar cxrecer. Lo notable del guión está en ese balance, más que en la habilidad para atar todas esas historias cosa que astutamente se revela al final- en torno a una familia no tan numerosa.
Para darle a la película el ritmo que exigía, contó con algo así como el seleccionado alemán de actores (Senta Berger, Gottfield John, Franca Potente, María Schrader, Nina Petri, Steffen Wink…). Y un director de fotografía (Theo Bierkens) que sabe comunicar estados de ánimo tanto dentro de un auto, en una habitación de hotel, como en la árida llanura de esa España donde la gente sólo se encuentra con alemanes.
En definitiva, Dorrie no alcanzó la obra monumental que el plan parecía sugerir, pero ha salido airosa con una comedia ágil, inteligente y con personajes y situaciones memorables. Como no podía ser de otra manera, todo termina en una procesión de semana santa en Sevilla, con una actriz entonando a la virgen un inolvidable cante jondo en alemán, pidiendo suerte en el amor.
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