Y no se quedó nada

Imaginamos una persona inteligente, que no frecuenta el teatro, y que decide probar con esta comedia erótica; El Galpón ha sido siempre un claro equivalente de buen teatro.

No lo piensa más y saca las entradas. Se ubica en la sala Atahualpa, que recuerda a un director que solía intentar obras de Chejov o Brecht. Luego de una detallada publicidad de un hotel de alta rotatividad, se apagan las luces, se vuelven a encender y hay una escena de un matrimonio al amanecer. En tanto el marido (Marcelo Buquet), un psiquiatra que pronto inventará el invento de Eliseo Subiela («No te mueras sin decir a dónde vas») de una máquina de leer los sueños, va al baño, ella (Serrana Ibarra) se lanza a una sesión de gemidos y presuntos orgasmos solitarios con un hombre que la frecuenta en sueños y que resulta ser Franklin Rodríguez, que ocupará la misma casa con su esposa (Jenny Galván). Nada mal como comienzo: sólo que lo que antecede es el comienzo, es el fin y es lo que está en el medio.

En las primeras escenas una verbosidad incoercible produce ya una sensación de marasmo que desbarata todo intento de concretar una sola situación dramática; pero Buquet está convencido de que los espectadores pasarán por alto todos sus diálogos desmañados, sus reiteraciones, sus inepcias narrativas, su clima frígido para tratar el sexo y la pasión, su absoluta insensibilidad para matices, contrastes y gradaciones, su romo sentido del humor y hasta su narcisismo, con tal de ver a las actrices en deshabillée (cosa que ocurre casi todo el tiempo, sin mayores consecuencias) o, al fin, desnudas, en lo que dura un relámpago.

El espectador inteligente que imaginamos se sentirá molesto por los golpes bajos, cansado de un palabrerío vacuo, tan fastidiado como cuando recibe por la calle papelitos azules o rosados sobre masajes eróticos, y jurará no volver a pisar un teatro.

Por supuesto, el efecto disuasivo de «Lo que el sexo se llevó» sobre todo espectador de teatro en ciernes es tan demoledor como es fallido su propósito comercial, porque la obra no es ni picante ni divertida. Pero el arte escénico padece; la educación artística del público retrocede; estamos formando generaciones que creerán que el teatro es «Lo que el sexo se llevó».

El desprestigio del teatro que esta pieza produce infecta y contamina, como un derrame de petróleo, a todo el mundo teatral. Aquella gran empresa renovadora de los inicios de la Comedia Nacional y el teatro independiente, que formó un público sin preocuparse de lo que ciertos adivinos y arúspices de hoy dicen saber, como antaño sabía el Führer, otro intérprete de la consciencia colectiva, «lo que la gente quiere» (que en la realidad es «lo que nosotros haremos por dinero») ha terminado definitivamente. Está muerta y enterrada; y ya poco o nada queda distinto de algún sello de goma. Se ha cumplido que la producción crea la demanda y que el producto y su «marketing» crean la necesidad. Nada es intrascendente y los «éxitos de risa», que tratan de hacer olvidar que los mayores éxitos de boletería de nuestra historia fueron dramas, han sido casi siempre la tumba del arte teatral.

Pero hay otras tumbas sin sosiego, porque en el pecado está la penitencia, porque la máquina mata al inventor. ¡Cuántos actores de ayer se ganan la vida hoy, no como actores, sino como payasos! ¡Cuántos profesores mascullando «Kikirikí», para un «Angel azul»! ¡Cuántos Mephistos de rodillas, susurrando que son solo «un actor»! ¡Cuántos sueños sepultados, cuántos muertos a los cuarenta que se entierran a los sesenta! Todas las necedades de la caja tonta se instalan ahora en uno de nuestros mejores teatros, y nuestra escena corre presurosa hacia Buenos Aires, la calle Corrientes, El Nacional. Ya llegaremos, siguiendo este proceso de regresión, a la arcaica vedette, ese dinosaurio hembra que aflige los escenarios porteños desde comienzos del siglo XX. Todo se hace por dinero y el dinero justifica todo. «De algo hay que vivir» o «Y si no, ¿qué hacen los actores?» Vivir, sobrevivir, vegetar y dormir, pero ¿para qué?

Concedamos que el teatro, en este mundo capitalista que ha ahogado cuanto hay de noble en las aguas heladas del cálculo egoísta, tiende a ser y será, si no podemos impedirlo, comercio e industria. Por supuesto, de ser así deja de interesarnos en lo más mínimo; pero que el teatro-industria juegue hasta el fin según sus reglas. La libre competencia, el triunfo o el fracaso; el éxito de hoy, pero tal vez la ruina mañana, como ya ha sucedido con grandes actrices del teatro y del cine que supieron de triunfos mundanos y ancianidades solitarias.

Que sean felices con sus triunfos fáusticos; pero que no nos endosen sus pérdidas, ni pidan pañuelos u hombros fraternos cuando dominen nuestras tablas, como ya comienza a suceder en Buenos Aires, los montajes de Broadway, que aplastarán sus pobres almacenes de barrio bajo el peso de sus rutilantes hipermercados. Nada tienen que hacer, ni unos ni otros, con el arte, pero los necesarios y escasos apoyos económicos comunitarios a las bellas artes, como los no menos necesarios y no menos escasos apoyos a la educación y a la ciencia, no se malgastarán en comerciantes.

 

LO QUE EL SEXO SE LLEVO, de Marcelo Buquet, con Marcelo Buquet, Jenny Galván, Franklin Rodríguez y Serrana Ibarra. Escenografía y vestuario de Ana Arrospide, iluminación de Sergio del Cioppo, banda sonora de Gustavo Goldman, dirección general de Marcelino Duffau. Estreno del 18 de enero, Teatro El Galpón, sala Atahualpa.

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