Un libro, un ascensor intervenido
La comprensión da trabajo. Obliga a pensar. A recorrer los variadísimos centros de encuentros internacionales. Leer textos desmesurados y comparar ideas enfrentadas. Sabiendo que nunca se alcanzará a dominar la totalidad del espectro artístico, que ofrecen las más de doscientas bienales que se efectúan en el planeta, las infinitas ferias de arte (aunque hay una que se impone, Art Basel) y las ofertas propias de miles de museos y galerías que se multiplican en todos los países. Un exceso de información que suele aturdir y anestesiar la inteligencia y la sensibilidad.
En todos los períodos, especialmente de ruptura, en la historia del arte, sucedió lo mismo. Para no ir muy lejos, el escándalo de los románticos y la insurgencia de la subjetividad, los impresionistas, luego tan alabados y consagrados por el violento cromatismo, en el siglo XIX, con sus cortes de imitadores mediocres que tuvieron sus quince minutos de fama y el olvido eterno. Los medios de comunicación y la tecnología vinieron a complicar la situación en el siglo XXI. La población mundial creció de manera exponencial. También los artistas. Nadie podrá jactarse de conocer ni siquiera la mitad de ellos. Por eso, la indispensable necesidad de multiplicar los contactos directos en viajes permanentes. Y mantener la cautela en el momento de hacer afirmaciones o juicios definitivos. Es cierto, algo quedó atrás en la sociedad de acelerada transformación. Los viejos paradigmas políticos, económicos y estéticos han perdido vigencia. Y no siempre es posible descubrir o establecer los nuevos códigos entre la exhuberancia de producción.
Los artistas, desprendidos de ataduras escolásticas, de referentes firmes, se encuentran, más que nunca, con los infinitos caminos de la libertad operativa. Y no hay modelo para ser libre. Ahí radica el desconcierto. Pero también la oportunidad de crear en una dimensión inesperada. Y para el observador no entrenado, separar la auténtica invención de la morralla, es tarea preñada de dificultades. A veces y de cerca, sorprende la grandeza creadora: en Buenos Aires, este año, desde las salas del Museo Nacional de Bellas Artes, un puñado de artistas coreanos confirmaron la capacidad de invención capturando el ritmo de la vida. Los distraídos de siempre, pasaron de largo.
Entre las generaciones emergentes uruguayas, Javier Abreu, endiablado provocador, es un referente inevitable. Nacido en 1976, estudió en diversos lugares y con diferentes orientadores, con atención especial a la fotografía y el video. En realidad, recorrió talleres para familiarizarse con los instrumentos de comunicación y liberar mejor el bullente mundo de ideas que pugnaban por manifestarse. El recorrido de su breve trayectoria en los últimos cinco años ha sido meteórica y de intensidad creciente. Utilizando los más diversos soportes (hasta su propio cuerpo), atravesando y demoliendo los límites artificiales impuestos entre los diferentes lenguajes, transgrediendo temáticas y hurgando en la realidad inmediata (social, política, artística) con desenfado vital, entusiasta, ausente en sus colegas, por la naturalidad con que lo ejerce, en su permanente ironía que se atreve con sacrosantas figuras locales, Javier Abreu despliega una permanente inventiva respaldada por la sutileza y el rigor. Sus escritos en revistas de escasa circulación, así como los divulgados en Internet, demuestran su aguda capacidad de observación de la ciudad y sus habitantes, sumamente disfrutable.
Acaba de publicar El empleado del mes, un libro de 80 páginas, que recoge, en 25 capítulos, la feliz invención de esa persona que es también un personaje, para vehicular sus brillantes ideas. Es una extensión de su obra y una obra independiente con todas las características de su irreverente estilo. El diseño gráfico de Santiago Velazco y las fotografías de Federico Calzada, Tali Kimelman, Ximena Clavelli, Laura Olivera y el propio Abreu, fructificaron en una publicación de admirable concepción, por la riqueza visual que sigue, puntualmente, el itinerario de sus audaces propuestas. Una joyita.
Por su parte, Margaret Whyte, intervino el ascensor del Centro Cultural de España. Es su mejor obra. Pintora descendiente de Hugo Longa, se especializó en el empleo de diversas telas para elaborar esculturas blandas. En esta ocasión reviste las paredes y el techo del ascensor con una riqueza de texturas y colores en un contrapunto de artesanía y tecnología, recubriendo el funcionalismo del ascensor, pero sin ocultarlo. Una sensual intimidad se instala en un aparato mecánico, impersonal, de uso cotidiano, al despertar una experiencia de sensaciones dentro de lo cotidiano.
Compartí tu opinión con toda la comunidad