Exclusivo. LA REPUBLICA en el Festival de Teatro de Cádiz

Diálogo del trampolín y la piscina

Allí está la valija a medio hacer, o a medio deshacer, entre proyecto y recuerdo; están los objetos familiares de la celda, de los que ha de desprenderse con algo de pena.

Es un hermoso tema; pero de realización difícil, y particularmente difícil en un escenario, ya que lo esencial, el paso de la compuerta al temible afuera sucede en la intimidad de la mujer. La directora Sylvie Nis ha visto el problema y trata de eludir la monotonía moviendo a la enérgica actriz (Maica Barroso) por todo el adecuado escenario de la sala Batillo; pero no se ve la razón de ese movimiento, que conspira contra aquel mar de fondo por decir, que sólo pudo batir contra el rostro y la voz. La escritura es pulida, el desarrollo es previsible; las referencias familiares son superfluas, y la dilación en informarnos del delito que purgó la protagonista no suscita ni expectativa ni suspenso: antes bien resulta vagamente incómoda.

«A orillas del mar» narra el vaivén entre la emigración de una familia galesa a la Patagonia argentina y el regreso del último retoño a Europa, para radicarse en Sevilla. También hay aquí todo un tema; pero en este caso el error está en el libreto. La anécdota es sorprendente, si se quiere, y capta un ritmo que toca algo muy hondo; pero la realización no pasa de la anécdota. La autora sintió que tenia algo en las manos, quizás sintió que rozaba sus propias entrañas; algo le tiembla, pero el pasado es, aquí, inerte e inexpresivo. El recuerdo no llega a levantar vuelo, no hay un solo detalle vivo que separe a esta familia de emigrantes de las muchas otras que en el mundo han sido. Tal vez consciente de su pereza a la hora de elaborar su material, la autora pretende agrandar la trama con anexos incongruentes, lo que tiene por efecto resaltar la flaqueza general. Así oímos el vals de Rosita Melo «Desde el alma» y tres versos de las coplas de Jorge Manrique a la muerte de su padre, como podríamos haber oído, con más propiedad, algunos compases de «Sur» o un verso de «La fundación mitológica de Buenos Aires» de Borges.

«De cabeza» de Teresa Nieto y su compañía, hará honor a cualquier festival; y la circunstancia de que nos recordó, en más de un momento, a los espectáculos de Julio Bocca, debería ser suficiente elogio. Vemos a «De cabeza» como un gran ejemplo de creación colectiva bien proyectada, bien realizada y fructífera. Todo nos parece haber comenzado con la idea de una coreografía a partir de un espacio y objetos físicos: a partir de un ritmo espacial, no de un ritmo temporal. El trampolín, o el trampolín más el agua de las piscinas, quizás evocado por las proezas de las olimpíadas, pudo ser el hilo a la vez inspirador y conductor. El trampolín es inútil para cualquier uso distinto de saltar: es signo de arrojo, decisión, aventura. Luego, a partir del espacio del trampolín, llegaron la piscina, azul pero sólida y por tanto más extraña que las que contienen agua, y el lugar de las reposeras. Con todo ello se construyeron diversas historias unidas por una común vivencia del espacio, el que se desarrolló en todos los aspectos posibles. Están los aspectos cromáticos, la alternancia y el equilibrio de los colores y las formas, comenzando por la extraña malla del bañista de la primera escena, malla que rima con el trampolín blanco sobre fondo negro; pero todo ese cuidado formal está al servicio de una clara sugestión de irrealidad y misterio.

La realización de la idea, llevada a cabo con la paciencia de los orfebres, tiene a la vez gracia, humor, ironía y una habilidad, que no podemos sino agradecer, para ocultar el trabajo y las costuras. Los bailarines no han cejado hasta que tuvimos delante nuestro, con una muy servicial música, sólo la belleza de la danza; y la extraordinaria destreza de los bailarines, nada ostentosa y como si la presidiera la modestia, terminó de redondear un espectáculo admirable. Como se ve, los temas o idea iniciales de «La esclusa» y «A orillas del mar», curiosamente también acuáticos, son, en el papel, más «importantes»; pero el gran arte estuvo en la sobria conversación de seis bailarines con un trampolín y una piscina.

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