Fantasía. El mexicano Guillermo del Toro regresa con toda su imaginería

Hellboy II: estoy hecho un demonio

Mucha gente ya sabe de qué se trata: un experimento científico durante la Segunda Guerra Mundial abre una brecha dimensional por la que se cuela un cachorro de Satanás.

A pesar de sus orígenes, un tutor muy especial (John Hurt) lo llevará por el buen camino (a la vez que le lima la monstruosa cornamenta) y lo transforma en una especie de cazafantasmas dentro del marco de una agencia secreta que lucha contra esa sobrenatural maldad que acecha en las sombras.

Así planteado, no parecería existir una razonable receta que cuajara. Pero Guillermo del Toro, en la versión original de «Hellboy», ya había logrado superar estos obstáculos delirantes con una imaginería que luego llevaría a su máximo nivel en «El laberinto del fauno»·

En esta última entrega, algo aparece de esa magia onírica (que en el largometraje mencionado se ubicaba durante la Guerra Civil Española), aunque como tibio vestigio de un delirio encorsertado según los cánones hollywoodenses. Para decirlo de otra manera, lo que importa de «Hellboy II: El ejército dorado», otra vez va por el lado del dibujo de personajes y la plasmación de una fauna esotérica, como en alguna imagen del Bosco.

El desfile de algún tenebroso príncipe de la oscuridad, la frágil presencia de su hermana gemela ­como una muñeca de porcelana a punto de romperse­ o el tosco Ron Perlman soportando un maquillaje de seis horas diarias de elaboración, suponen los puntuales méritos de un desarrollo narrativo básico que marca el obvio enfrentamiento del bien contra el mal. Más allá de esto, la fórmula no agrega mucho aunque intente «profundizar» el perfil psicológico de sus criaturas, por donde intenta sobresalir Abe Sapiem, un hombre-pez con poderes psíquicos que detecta esencias del alma humana a través de manos y agallas.

Luego de lo señalado, el clisé aparece por varios lados; desde el encontronazo entre un ogro temible y el diablo bueno hasta el oportuno romance entre la bella y la bestia, pasa todo lo que tiene que pasar.

No es que se parezca a «Los cuatro fantásticos» o a los «X-Men» pero roza el esquema. Si se salva del naufragio, es gracias a la creatividad de Del Toro que ha logrado títulos inquietantes como «El espinazo del diablo» sin hacerle asco a la crueldad primigenia de las fábulas pseudo-infantiles.

Aquí el sistema de lo políticamente correcto no le permite transgredir ciertos límites pero igualmente se nota que el cineasta se divierte con su material e intenta trasladar esa euforia lúdico-fantástica a la platea. Por momentos lo logra.

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