Ponty: un violín que improvisa con gran ductilidad y buen gusto
En ese ambiente predispuesto al aplauso, el cuarteto arrancó con mucho ritmo y energía. Y cuando el violinista francés empezó con las características frasecitas cortas y repetidas a toda velocidad, rematadas con un trémolo ascendente que terminó en un largo sobreagudo, el Plaza estalló en vítores, silbidos y gritos de aprobación, mientras los focos se encendían para iluminar a los fanáticos espectadores.
Por fortuna Ponty demostró que no estaba inclinado al panegírico fácil y los siguientes temas ya incursionaron en la modalidad del artista maduro y conocido de los tiempos actuales. La actitud del cuarteto se centró en la música y no en la exhibición circense de los recursos electrónicos disparados a elevados decibeles y mil notas por compás.
Las improvisaciones de Ponty mostraron su ductilidad, buen gusto y el apego al lenguaje jazzístico, con frases estilo bop que recordaron a los saxofonistas de los años cincuenta. Los matizó con sus agradables líneas ondulantes, elaboradas con largas notas que revelaban su tradicional sentimiento romántico y la deliciosa musicalidad de su aprendizaje europeo.
En ese sentido sus pasajes más atractivos fueron el dúo que realizó con el excelente piano de William Lecomte en «Nostalgia» y su virtuoso solo en «Desert crossing», en los que combinó el jazz con cadencias gitanas e influencias de la música culta. En todo momento dejó claro que su técnica fenomenal le resuelve sin problemas lo que su inspiración le dicte.
Lecomte es un tecladista muy habilidoso. Cuando se trata de enardecer al público, como en la versión de «Cosmic messenger», aporrea su piano eléctrico con «block chords» consecutivos, digita a toda velocidad, cruza sus manos repetidamente y se levanta de su asiento para mostrar su estado de excitación. Pero también sabe respaldar al director con acordes oportunos y discurrir con elegancia y refinado sentido de la armonía, como en su propio tema «Euphoria», fraseando con la onda percusiva de un Keith Jarrett y liberando su imaginación melódica.
El bajista Guy Nsangué Akwa hizo un par de solos (el de «Mirage» fue muy festejado por la audiencia) y su meritoria actuación consistió en apoyar las expresiones fusionistas del cuarteto con un firme basamento rítmico y armónico.
Lo mismo rige para el baterista Damien Schmitt, músico de increíble precisión y perfecto «timing» para el acompañamiento con el manejo de sus baquetas, tambores y platillos. Las ovaciones más frenéticas de la noche fueron para premiar sus (dos, no más) desbordantes, ardorosos e impulsivos solos.
Ponty terminó tocando su violectra y brindó dos bises (el primero en un típico estilo country) en los que estimuló a la gente para que palmoteara marcando el ritmo. Fue un simpático final para un lucido concierto que tuvo unas molestas distracciones provocadas en momentos en que el músico se puso a dar indicaciones -mientras los otros tocaban- al operador de sonido que estaba en el escenario.
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