El fenómeno Betty la fea
María Isabel García – Bogotá, IPS
Una telenovela mantiene un récord de espectadores en Colombia de la mano de una fea heroína, tras la cuota diaria de violencia y de fútbol de los noticieros que siguen a programas frívolos de mujeres hermosas hablando de ropa interior femenina y de tareas domésticas.
Yo soy Betty, la fea, realizada por el canal privado RCN Televisión, con libretos de Fernando Gaitán, dirección de Mario Ribero y protagonizada por Ana María Orozco, se emite de lunes a viernes a partir de las 21 horas en dosis de 20 minutos y 10 de anuncios publicitarios.
El esfuerzo por el ascenso profesional, las humillaciones amorosas, las calculadas venganzas y los dilemas éticos de Beatriz (Betty) Pinzón Solano son seguidos desde Estados Unidos a Chile con similar éxito.
La historia, que lleva ya más de un año en cartel y continuará hasta marzo, transcurre en Ecomoda, una empresa familiar de diseño de ropa que permite contraponer la fealdad y desgaire de la protagonista con los desfiles de vestimenta de moda y distintas actividades sociales.
También se marca el contraste entre la eficiencia y laboriosidad de Betty, economista y con posgrado en finanzas, con la ineptitud de su jefe, el gerente inescrupuloso y pragmático Armando Mendoza, personificado por el actor Jorge Enrique Abello. Mendoza la seduce con el mismo interés y frialdad con que gestiona un crédito bancario para cubrir los descalabros financieros de la empresa.
Las actitudes de secretarias, recepcionistas, mensajeros, modelos, diseñadores y costureras reflejan la distancia entre las clases sociales y la exclusión de los empleados que, a cambio de vida propia, fantasean por interpuesta persona en un mundo relumbrante que les es cotidiano, pero ajeno.
Gaitán, autor de la también exitosa Café, con aroma de mujer, explica que utiliza la oficina de esa firma como espacio para contar la historia «de la Colombia que se levanta a trabajar, que viaja en autobús, que sale de rumba, que tiene hijos, que vive en un país atroz».
El libretista también reivindica haber tomado el riesgo de «poner de protagonista a una mujer fea, algo que nadie en América Latina había hecho».
Salvo la fealdad y la falta de encanto de la protagonista, la telenovela presenta la fórmula tradicional de este tipo de trabajos, como son las vicisitudes de una mujer pobre que se enamora de un hombre rico y apuesto.
Florance Thomas, directora del grupo de investigaciones Mujer y Sociedad, de la Universidad Nacional de Colombia, opinó que «Gaitán se arriesgó a medias con esta obra, pues el público colombiano ya reconocía a Orozco como una actriz muy bonita. Para mí, Betty se acabó en el quinto capítulo», ya que «después se quedó sin discurso».
«Al principio me parecía que Gaitán iba a construir una solidaridad entre las mujeres, pero finalmente cayó en los estereotipos del príncipe azul, las hadas madrinas, las brujas insoportables, las chismosas en busca de marido y todo lo demás. Después ya no hubo ninguna mujer que rescatar», comentó.
En cambio, el autor sostiene que la telenovela busca demostrar que en Colombia «el poder tras la sombra son las mujeres», e indicó que ha construido sus personajes de una manera más abierta a la de los melodramas clásicos, poco lineales y moralmente complejos.
Entre las cosas distintas incluidas en esta telenovela figura el intento de soborno por 80.000 dólares que debió enfrentar Betty, escena que ocasionó airadas protestas en editoriales de prensa y columnas de opinión de los medios más influyentes del país.
Germán Rey, experto en medios de comunicación, se preguntó en declaraciones a la revista dominical del diario El Espectador, de Bogotá, «¿por qué los colombianos somos tan morales en la ficción y tan corruptos en la realidad?». El libretista respondió precisando que en Colombia «todo es virtual… todo se olvida, y rápido. Somos indiferentes e indolentes, y lo más grave es que este es un país sin ídolos. Aquí en el mismo sitio y ante un mismo Dios está (rezando) un político de altísimo vuelo y un sicario bravo al otro lado». Consuelo Luzardo, actriz de reparto de la telenovela comentó: «Â¡Cómo estará de mal el país que tiene que buscar la reivindicación en los personajes de la ficción!».
Thomas cree que en Yo soy Betty, la fea hay un avance desde la óptica de género respecto de las producciones venezolanas pues, por ejemplo, las mujeres ya no esperan a casarse para dejar de ser vírgenes. Sin embargo, «lo que hay que mirar es que esta telenovela no tiene función pedagógica ni social», sino que «se enmarca en un esquema neoliberal que tiene que gustar a la mayoría, sin esfuerzo, reafirmando estereotipos de toda clase», indicó.
En los libretos de Gaitán «no hay una sola mujer que sienta algo de rabia contra los ejecutivos dueños de la empresa, sino que todas son sumisas», agregó.
Por su parte Amalia Duque, estudiante de cine y fotografía, coincidió con la experta, al señalar que «Betty en un comienzo era buena e interesante por el manejo de los personajes, como Patricia, la ‘peliteñida’, Fredy, el mensajero, y Hugo, el modista, pero después se quedó sin rumbo». «Desde el principio se sabía que la fea se iba a volver bonita, porque fue una bonita que la volvieron fea».
El analista de medios de comunicación Juan Sánchez cree que «Gaitán es muy consciente de lo que hizo al construir ciertos estereotipos, que permiten una identificación masiva, como el de la mujer honesta, trabajadora, capaz de salir adelante» por sí sola. «Está, además, el factor de la revancha, de la venganza de un personaje vilipendiado y marginado. Eso, parece, es algo que todos los colombianos nos queremos cobrar», opinó.
Sánchez expresó preocupación por el desenlace que vaya a tener Betty, «porque creo que hay una gran cantidad de mujeres que se identifican con ella y, si ella se mantiene sola, libre e independiente de Armando Mendoza, sería una revolución».
La producción de la telenovela aún no definió el desenlace, aunque el departamento financiero ya sabe que el final será feliz, pues con Yo soy Betty, la fea se consiguieron ingresos inéditos para ese tipo de realizaciones.
Un anuncio comercial de un minuto de duración en la emisión colombiana de «Betty», con gastos de producción relativamente bajo pues la mayoría de situaciones se desarrollan en interiores, cuesta el equivalente a 11.520 dólares. La alta tarifa se justifica por una audiencia promedio de 45 puntos, la más alta en la historia de los melodramas de la televisión en este país. Incluso ha tenido picos de audiencia de hasta 54,7 puntos, por encima de transmisiones de partidos de Colombia con Argentina o Brasil.
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