Dos libros contra las vanguardias
Nelson Di Maggio
No es de extrañar, en un momento en que arrecian los ataques de los propios críticos de arte que alguna vez defendieron las vanguardias (el francés Jean Clair es el paradigma sublime) que surjan más textos para beneplácitos de los conservadores de siempre. Pero es muy llamativo que aparezca, en pequeña y hermosísima edición, A la zaga, de Eric Hobsbawn (Crítica, 56 páginas, Barcelona, 1999), agregándose al coro protestante. Es cierto que la inteligencia del gran representante de la historiografía marxista, autor de la excelente Historia del siglo XX y que visitara Montevideo hace poco, lo conduce a interpretaciones erróneas con elegancia de falacia argumental. Las ideas que maneja son sugestivas y hasta compartibles pero no sus conclusiones. Supone y bien, que las vanguardias artísticas del siglo XX partían de «una premisa fundamental: que las relaciones entre el arte y la sociedad habían cambiado radicalmente, que las viejas maneras de mirar el mundo eran inadecuadas y que debían hallarse otras nuevas»(…) «Y lo que es más: el modo de mirar el mundo y de aprehenderlo mentalmente ha experimentado una profunda revolución. Sin embargo –y esta es la tesis central de mi argumentación–, en el terreno de las artes visuales lo proyectos de la vanguardia no alcanzaron ese objetivo, ni podrían haberlo alcanzado». Deduce, desde el hoy y sin un análisis dialéctico, que su «fracaso es innegable» u «olían a muerte inminente», «no solo la muerte de las vanguardias sino de las artes visuales todas tal como las reconocemos convencionalmente y del modo en que se han venido practicando desde el Renacimiento». Aclara que no se trata de cuestiones estéticas o de gustos personales sino que se ocupará «del fracaso histórico experimentado en nuestro siglo de esa clase de artes visuales que Moholy Nagy de la Bauhaus describió una vez como ‘confinadas al marco y al pedestal'». Se refiere a un doble fracaso: el de la modernidad (para Hobsbawn reside en los tiempos cambiantes y no en las artes que tratan de expresarlos), que debió expresar el arte de su tiempo y no pudo asimilar los adelantos tecnológicos y coexistieron diversos movimientos y estilos, casi todos efímeros. El segundo fracaso, más grave para el historiador británico, fue la limitación técnica, y la pintura y la escultura perdieron terreno «siendo los componentes menos importantes o menos destacados de los grandes espectáculos múltiples o colectivos, llenos de movimiento, cada vez más representativos de la experiencia cultural del siglo XX: desde la gran ópera, en un extremo, hasta la película, el video o el concierto de rock en el otro». Si eran conscientes de que buscaban el espectáculo total, es decir, lo que todavía no se llamaban instalaciones pero las hicieron, y abrieron las compuertas para las de hoy, triunfantes, no se comprende dónde está el fracaso. Es cierto. Las vanguardias históricas quisieron a través del arte cambiar la vida y no lo consiguieron. Por lo menos en lo inmediato. Porque la estética del art-déco (el cubismo moderado) se introdujo en la clase media de todo el mundo y la de la Bauhaus entre las capas cultas y elitistas que luego la diseminaron en círculos más amplios, así como el constructivismo y el neoplasticismo modificaron el gusto, desde el arquitectónico hasta el doméstico. No entender que las vanguardias lucharon contra el orden establecido del capitalismo, con una energía admirable y un formidable sentido ético, aunque no hayan obtenido a corto plazo sus propósitos, la legitimación de su existencia parece indudable. En la actualidad se ven las consecuencias de las ideas de Marcel Duchamp, una mirada a la que nadie escapa incluso el propio Hobsbawn.
Diferente es el grueso volumen Las aventuras de la vanguardia, el arte moderno contra la modernidad de Juan José Sebreli (Editorial Sudamericana, 458 páginas, Buenos Aires, 2000). El conocido ensayista argentino, autor de múltiples obras (menos polémicas de lo que se supone) que se parecen, por sus hipótesis arbitrarias, a petardos disparados en cualquier dirección (Martínez Estrada, una rebelión inútil, 1960, Buenos Aires, vida cotidiana y alienación, 1964, entre sus primeros y llamativos títulos). Los nombres mal escritos (Gilles Dorfless por Gillo Dorfles, David Buren por Daniel Buren, Alighiero Boett, por Alighiero Boetti, Peter Beuys por Joseph Beuys), a veces insistentemente repetidos, desactivan la seriedad de obra. En sus nueve capítulos despliega un arsenal informativo proveniente de muchas fuentes, desde tratados eruditos a chismes de comadre. Todo escrito en un lenguaje directo propio de revista ilustrada dominguera e intercalando numerosas citas fuera de contexto como para justificar su hipótesis central: el arte moderno es contrario a la modernidad. Si hubiera recurrido a algún buen manual para aclarar las ideas de estilos y corrientes en el arte (por ejemplo, René Wellek) se habría ahorrado mucha cháchara inútil. Pero con su pensamiento aplanador Sebreli postula que, desde el barroco para adelante, el arte es algo incomprensible, dejó de innovar y el arte moderno se opuso a la modernidad. En su ilimitado universo de ideas todo cabe, menos las definiciones o, por lo menos, las delimitaciones de conceptos. Nunca se sabrá qué significa la modernidad ni lo moderno para el autor. Por eso acusa de confusión a los demás pero dejando a salvo las propias. Sería inútil tratar de rebatir. Repasa siglos, tendencias y autores con una superficialidad asombrosa (Un par de cuentas del caprichoso collar de afirmaciones: «Goya era un representante de las ideas ilustradas, no un romántico, y por ello sufrió persecución en la España oscurantista», página 25, «los muralistas mexicanos eran buenos pintores y malas personas», página 404), arriesga delirantes e inconsistentes fantasías en los capítulos dedicados al «Totalitarismo y vanguardia», «La obra de arte total o la estetización de la política» y «El fin de la vanguardia». Aunque a muchos y en especial los integrantes de la farándula porteña y puntaesteña les parezca un libro digno de leerse, aunque no lo hagan.
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