El cuento del domingo

Más casos

Por Enrique Anderson Imbert*

Diálogo

El primer diálogo no fue humano. Está referido en el Génesis (I,3).

Dijo Dios:

-Sea la luz.

Y el Caos le respondió.

(Que le respondió no hay duda, puesto que hubo luz.)

Dios y el Caos se entendían. Y siguen entendiéndose, como lo saben muy bien quienes son capaces de oír las dos voces de esa gran conversación.

 

El Dios errante

Era un Dios violento. Creaba a toda furia y después seguía tan agitado que ya no podía acercarse a sus propias creaciones, no fuera que las destruyese con su tremenda brusquedad. Tenía que mirar de lejos e irse zumbando Ñcon cierta tristezaÑ a crear a otra parte.

Cuando en la Tierra se desencadenaban catástrofes era porque ese Dios con ganas de hacer una visita, había dado un paso hacia los hombres.

 

Los dos fantasmas

En esa noche de verano, cerrada, fosca, me fui a acostar bajo un ombú. Ya estaba casi dormido cuando una vaca se puso a mugir. Un mugido largo, oxidado, de goznes chirriantes. En el campo Ñnegro, negro, negroÑ se abría una gran puerta con ruido de hierros y por allí entró él como un fuego fatuo.

-Ah, perdón -dijo al verme-. Yo debía de estar iluminado por su resplandor.

Medio me incorporé apoyándome en un codo, y con la garganta seca lo interpelé:

-Y usted ¿quién es?

-Perdón. Me he equivocado.

-¿Qué quiere?

¿Yo? Nada. Adiós. Me he equivocado. Este es el trasmundo, ¿no?

-No. ÁQué trasmundo ni ocho cuartos! Este es el mundo.

-Ah, Àasí lo llaman ustedes?

Y desapareció.

 

Alas

Yo ejercía entonces la medicina en Humahuaca. Una tarde me trajeron a un niño descalabrado: se había caído por el precipicio de un cerro. Cuando para revisarlo le quité el poncho vi dos alas. Las examiné: estaban sanas. Apenas el niño pudo hablar le pregunté:

-¿Por qué no volaste, m’hijo, al sentirte caer?

-¿Volar? -me dijo- ¿Volar, para que la gente se ría de mí?

 

Economía

El Angel le dijo:

-Oye bien, Cristobalón. Se te ha concedido lo que pedías: de ahora en adelante podrás hacer todos los milagros que quieras. Eso sí: cada milagro te acortará la vida. ¿Cuanto? No sé.

Cristobalón, muy contento, se puso a economizar. Y murió nonagenario sin haber gastado ni un milagro.

 

El príncipe

Cuando nació el príncipe se hizo una gran fiesta nacional. Bailes, fuegos artificiales, revuelos de campamas, disparos de cañón…

Con tanto estrépito el recién nacido se murió.

 

Sadismo y masoquismo

Que a quien pretende el castigo,

Castigo es no castigarle.

(Sor Juana Inés de la Cruz, «Letra» de Los empeños en una casa)

 

Escena en el Infierno.

Sacher-Masoch se acerca al Marqués de Sade y, masoquistamente, le ruega:

-¡Pégame, pégame! ¡Pégame fuerte, que me gusta!

El Marqués de Sade levanta el puño, va a pegarle, pero se contiene a tiempo y, con la boca y la mirada crueles, sádicamente le dice:

-No.

 

La pierna dormida

Esa mañana, al despertarse, Délix se miró las piernas abiertas sobre la cama y, ya dispuesto a levantarse, se dijo: «¿Y si dejara la izquierda aquí?» Meditó un instante. «No, imposible; si echo la derecha al suelo, seguro que va a arrastrar también a la izquierda que lleva pegada.  Hagamos la prueba». Y todo salió bien. Se fue al baño saltando en un solo pie mientras la pierna izquierda siguió dormida sobre las sábanas.

 

* Escritor y crítico literario argentino. Estos minicuentos de Más casos integran su libro El grimorio de 1961.

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