Gala. Esta noche será la última función

Gran cierre de la temporada lírica con Madame Butterfly

Con envidiable equidad en ambos elencos para cualquier teatro, se pudo asistir a un espectáculo que seguro quedará en el recuerdo de muchos espectadores que disfrutaron de una de las obras más íntimas del repertorio operístico.

Como anillo al dedo es el papel de la joven geisha para las impresionantes cualidades vocales de la soprano Eiko Senda. Ya desde la celestial entrada de Cio-Cio San a escena, Senda dejó en claro del poderío de su voz con la cual logró llevar las casi dos horas continuas de permanencia de la protagonista en escena sin menguar un solo momento. Su encarnación del personaje quizás careció de profundidad, pero indudablemente logró impresionar con una voz hermosa en timbre, color y volumen. El tenor colombiano César Gutiérrez realizó una muy buena labor a nivel interpretativo del ardiente pero luego despreocupado Pinkerton, aún quedando su instrumento chico en dúos y conjuntos ante la enormidad de emisión de su partenaire femenina lo que hizo que no lograran ensamblarse con total equilibrio en su dúo del primer acto, restándole así unos puntos a la belleza de la partitura. El sobrio y serio Sharpless de Federico Sanguinetti pasó sin dificultades. Fue en este primer elenco la muy buena química vocal entre la Suzuki de Alejandra Malvino y Eiko Senda lo que resultó muy satisfactorio haciendo del segundo y tercer acto, un verdadero deleite al oído.

En lo que al segundo elenco se refiere, la estrella que brilló fue la soprano japonesa Asako Tamura. La dificultad del personaje de Butterfly reside en la capacidad de la cantante en lograr la transición de una niña de 15 años a una «mujer» que con el correr de la ópera va dejando despojos de esa niñez y frescura ante la eterna espera de su «esposo».

Tamura lo hizo, pasando de las sutilezas vocales y escénicas del primer acto a la creciente desesperación y desesperanza final de segundo y tercer actos para finalmente dejar un desgarrador «con onor muore».

Una lírica que llevó adelante con maestría las exigencias para una soprano lírico-spinto. Hermosa voz aunque chica en volumen es la del tenor chileno Gonzalo Tomckowiack quedando así por momentos debajo de la enorme orquestación de Puccini, pero que de todas maneras dejó momentos destacables como su «addio fiorito assil».

Excelente el Sharpless de Luis Gaeta que nunca decepciona a nivel interpretativo y vocal haciendo valer muchos aspectos cómicos de sus diálogos.

La experimentada Graciela Lassner aún estando muy bien plantada en escena y con toda la presencia que siempre muestra, no logra disimular su ya cansado instrumento. Destacables en ambos elencos, Gerardo Marandino y Diego Reggio como el desagradable casamentero Goro.

Hay que mencionar especialmente la escenografía e iluminación de Juan Carlos Greco que adecuó perfectamente a cada situación musical y del argumento. El colorido vestuario de Stella Maris Muller era de una delicadeza exquisita y la reggie de Massimo Pezzutti muy correcta, dejando en escena una clásica y hermosa visión de esta ópera. Un equipo escénico realmente destacable.

Aún con siempre esperadas desafinaciones de parte de la orquesta filarmónica de Montevideo, el maestro Martín Lebel supo sacarle el jugo a la paleta exótica de Puccini y acompañó a los cantantes en todo momento dejando la orquesta a su entera disposición. Especial mención debe otorgársele al mérito y esfuerzo del coro formado por el maestro Ignacio Pilone que dirigió de manera muy correcta a pesar de algunos engaños que ofrece el cantar detrás de escena como lo hace el coro en la mayor parte de la ópera.

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