Reedición. Eramos tan felices en la antesala del infierno

Cabaret, obra de Masteroff, Ebb y Kander, en el Teatro Alianza

La jaula de las locas y «Congreso de sexología», «Esperando la carroza» y «El mago en el perfecto camino», «Fontanarrisa» y «Los comediantes». Ninguna de estas obras es bella o importante. Pero parece que hay que tenerlas ahí, en las tablas, de nuevo y, ciertamente en una puesta en escena seria, con buenos y aceptables intérpretes, con música generalmente bien ejecutada.

¿Se justifica esta reedición de «Cabaret»? Es muy posible que, desde el punto de vista de la taquilla local, que quiere remedar los éxitos del estreno (Broadway, 1965) del filme (Bob Fosse, con Liza Minelli, 1972), de las reediciones del Londres o Broadway y sobre todo de las argentinas (Mario Morgan, con Carlos Perciavalle y Andrea Tenuta, 1991; Adrián Suar, 2008). Pero, objetivamente, «Cabaret» es una comedia de muy escaso interés, defecto que esta puesta en escena, que tiene méritos y deméritos autónomos, no ha podido o no ha querido disimular.

El libreto no contiene nada superior a lo que nos ofrece todas las semanas, en Buenos Aires, la avenida Corrientes. Hemos realizado una pequeña encuesta con personas que vieron tanto el filme de 1972 como la versión local, dirigida por Sergio Otermin (1989) con Mary da Cuña como Sally Bowles y Petru Valenski como el animador. Les pedimos que nos contaran el argumento: nadie pudo. En el recuerdo quedaron las canciones, Mary da Cuña aquí, Liza Minelli en el celuloide bailando, desvergonzada, con y sobre una silla. Tanto la anécdota del escritor en ciernes Clifford Bradshaw (Alvaro Pozzolo) que en el cabaret Kit Kat Klub del Berlín de los años 1929/1930 frecuenta a Sally Bowles, una prostituta de 19 años (Sara Sabah), como la anécdota paralela del romance frustrado de la dueña de la pensión donde recala, pobrete, Bradshaw (Fraulein Schneider, por Ana Rosa) y un frutero judío alemán (Rudolf Schultz, por Sergio Pereira) son vulgares y discurren sobre diálogos superficiales. Baste comparar la desmayada prosa de Masteroff con los conmovedores cuadros de Brecht sobre situaciones análogas («Terror y miseria del Tercer Reich»). Hay otro posible paralelo, que aparece como insinuado por casualidad en esta y en anteriores ediciones, y que el director Omar Varela pudo actualizar y destacar; punto que nos lleva al examen de la puesta en escena.

En una memorable recensión de «Mein Kampf» escribió George Orwell: «Hitler ha captado la falsedad de la actitud hedonística ante la vida… Casi todo el pensamiento occidental desde la última guerra, y ciertamente todo el pensamiento «progresista», ha supuesto tácitamente que los hombres sólo desean comodidad, seguridad y ausencia de dolor… Hitler, porque en su propia mente triste lo siente con excepcional fuerza, sabe que los seres humanos no quieren sólo confort, seguridad, menores horarios de trabajo, higiene, contralor de la natalidad y, en general, sentido común; también quieren lucha y sacrificio… fascismo y nazismo son psicológicamente más firmes que cualquier concepción hedonística de la vida…. En tanto el socialismo y aún el capitalismo le han dicho al pueblo: «les ofrezco diversión», Hitler le ha dicho «les ofrezco lucha, peligro y muerte»…(es) «mejor un fin con horror que un horror sin fin…»

Pero había algo más que el poder de seducción del nazismo, y es que los corazones del Kit Kat Klub, tristes de fiestas y para nada destrozados, se habían convertido en piedra. ¿Cómo no iba a triunfar Hitler en un país donde una joven de 19 años no encuentra mejor medio de vida, al que además califica de «profesión», que prostituirse? Literal y figuradamente, aquellos polvos trajeron estos lodos. El joven escritor de «Cabaret», tan asimilado a los Ernest Hemingway y a los Scott Fitzgerald de «París era una fiesta» o, un poco más abajo, a los vivillos de los «Trópicos» de Henry Miller, decididos a emborracharse diariamente a costa de mujeres fáciles o amigos incautos, no encontrará, para ofrecerle a Sally, en vez de la Alemania nazi, nada mejor que la casita de los viejos, en Estados Unidos, o sea el regreso derrotado de Peer Gynt. Ella, un poco menos muerta que él, se rehusa.

La puesta en escena de Omar Varela es atenta al detalle, pulida, con ribetes de superproducción. Hay nueve músicos en vivo, en una planta alta o palco escénico, orquesta que, por momentos, ahoga las voces de los intérpretes y cantantes. No conocemos las dimensiones del real (o imaginario) «Kit Kat Klub»; pero a este escenario, por su funcionamiento, sus dimensiones y la ubicación del la orquesta, no le vemos la forma de un cabaret, y sí la de un salón de baile. Como consecuencia, el presentador (Ignacio Cardozo) debe trajinar a lo largo y a lo ancho de todo el escenario del teatro Alianza más la platea, con más movimientos de los que, quizás influidos por la imagen de Joel Gray, suponíamos necesarios. El ritmo de la pieza, salvo en algunas intervenciones de Cardozo, que a todo confiere un vigor y hasta una electricidad que en él parecen naturales, es remolón, cuando todo hace pensar (quizás aquí influidos por Bob Fosse) en dinamismo, por vacío que fuere, y en fuerza, por más ciega y mal empleada que estuviere; y Varela agravó esta lentitud con el arcaísmo y los tiempos muertos resultantes de las invitaciones de Cardozo a algunos espectadores para bailar en escena, con luz de sala y diálogos improvisados. En la actuación nos resultó opaca la protagonista Sara Sabah, que no tiene ni superlativas condiciones de cantante, ni el desparpajo, agresivamente sexual, de Liza Minelli, ni el encanto, más delicado, de Mary Da Cuña.

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