Cuando los tiempos pudieron haber tomado rumbos diferentes
El filme, que narra con solvencia y extrema precisión no sólo ese hecho histórico puntual, también es un lúcido retrato de una época que marcó la historia de ese mundo y de cómo algunos titiriteros se encargan de moldearlo a su gusto.
El actor y director Emilio Estévez hacia más de diez años que no se sentaba en el sillón del director y resolvió hacerlo para narrar una historia típicamente norteamericana, donde el poder, la codicia y el apabullamiento de los poderosos es la materia prima para una película valiosa, que mereciera una premiación en el Festival de Venecia, y que pone el ojo en el nervio del poder político de esa potencia ahora hegemónica, pero que por ese entonces vivía una situación de hervor civil producto de, entre otras cosas, los cadáveres que llegaban desde Vietnam, los negros que se revelaban contra la prepotencia blanca y una cultura efervescente que era la voz de los sin voz.
A eso se atrevió Estévez, que describe lo sucedido ese día a través de varias historias paralelas, recurriendo a buena parte del establishment actoral holywoodense. Estrellas que son todas secundarias, porque las escenas de Robert Kennedy son extraídas de imágenes de la televisión y documentales. Y eso que por allí andan el propio Estévez, Anthony Hopkins, Elijah Wood, Harry Belafonte, Asthon Kutcher, Martin Sheen, Helen Hunt, Sharone Stone, William Macy, Demi Moore, Laurence Fishburne y un largo etcétera.
La película comenzó a ser pensada antes del 9-11 y en un principio no sería una cinta política, pero en vistas de lo sucedido desde entonces con las andadas de Bush & Compañía, el director optó por demostrar que las cosas parecen no haber cambiado demasiado desde los sesenta, o que por lo menos, algunos intereses siguen siendo los mismos. Y ahí radica la clave de «Bobby», ya que no deja de ser una polaroid de esos días turbulentos, violentos, con un contenido fuertemente racial y estos, donde cualquiera puede ser el «enemigo» y la importancia de tener a alguien que pueda torcer el destino, aunque termine con un balazo en la cabeza.
Otra virtud de la película es que en ningún momento del metraje la tensión decae y esas pequeñas historias (de gente común que se encontraba en el hotel en el momento en que asesinan a otro Kennedy) forjan un relato sólido, convincente y que en ningún momento cae en facilismos o golpes bajos.
Más que una biopic oportunista, es el fresco de una época fermental y de una generación que estaba convencida de que podría cambiar el curso de la historia. La película se solventa con una dirección afinada y un guión que deja algunas líneas para el recuerdo, como los diálogos entre Fishburne y unos cocineros latinos y negros, la sinceridad en el elegante destrato de Martin Sheen a su mujer (Helen Hunt) o los consejos de una experimentada peluquera (Sharon Stone) a una joven novia sobre lo que tiene que hacer si pretende tener un matrimonio medianamente feliz.
En definitiva, una buena película que no por haber pasado desapercibida por la enorme maquinaria de difusión de cine chatarra deja de tener interés. Quizá ese sea otro de sus puntos a favor.
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