Jazz. Fue uno de los sobresalientes improvisadores de raza blanca

Un estupendo libro narra la vida  y obra del gran pianista Bill Evans

La «solidez del tempo de Evans, una característica del pianista todavía hoy infravalorada, era tan decisiva como su buen gusto a la hora de seleccionar cada una de las notas que iba a tocar, cualidad que todos le reconocen.

Ambos rasgos iban de la mano, junto con un tercer atributo: la importancia que concedía al sonido, con el fin de que la forma de una idea, la posibilidad de un giro rítmico inesperado y la intensidad variable del sonido fueran, intuitivamente, una sola cosa».

Análisis como este abundan en todo el libro y Pettinger se solaza desmenuzando cada una de las notables grabaciones que Bill Evans dejó como precioso legado. También reproduce las inteligentes y numerosas declaraciones que a lo largo de su trayectoria enunció el pianista.

Un ejemplo: «Tal vez mis momentos de mayor placer los haya logrado gracias a esa capacidad que tiene el piano de ser un medio de expresión musical en sí mismo. Si echo la vista atrás, diría que todas las horas que he pasado en solitario, sin más compañía que la de la música, han servido para encauzar mi energía vital. Y justamente ha sido en esos momentos, al tocar en solitario y en los que he logrado fundirme con el instrumento, cuando muchos aspectos técnicos o analíticos de la música se me han aparecido de un modo tal que he comprendido que lo único importante para entender la música en toda su profundidad es saber escuchar».

Este apasionado y apasionante artista nació en Plainfield, New Jersey, el 16 de agosto de 1929. Desde pequeño gustó de la música clásica, adquirió una técnica fenomenal en el piano y aprendió a leer partituras. Los discos de Earl Hines, Nat King Cole y Bud Powell lo entusiasmaron en el jazz y en 1954 se estableció en New York.

Pettinger detalla minuciosamente los encuentros de Evans con los grandes jazzistas de aquella época, sus actuaciones en clubes como el Village Vanguard, Birdland y el Bohemia Cafe, sus cada vez más frecuentes giras por el país, los comienzos de su fabulosa carrera discográfica y la admiración que fue despertando en críticos y aficionados.

También insiste en la debilidad hepática del pianista, sus problemas de salud y su creciente adicción a las drogas.

Músicos como Al Cohn, Zoot Sims, Charles Mingus, Oscar Pettiford, Bob Brookmeyer, Jim Hall, Benny Golson, Ron Carter y la vocalista Helen Merrill contrataron su maestría pianística. Miles Davis grabó con él el celebérrimo Kind of Blue. El compositor George Rusell compuso «Concerto for Billy the Kid» en su homenaje.

A partir del capítulo nueve, página 133, Pettinger comienza el estudio de los sucesivos tríos de piano-contrabajo-batería que, desde 1959 hasta su fallecimiento, llevaron a Evans a la cúspide de la fama mundial.

Analiza el porqué del éxito impresionante de esos tríos, la conmoción que causan en sus presentaciones en festivales, el recibimiento apoteótico en las interminables giras internacionales, el aporte fundamental de los contrabajistas Scott LaFaro, Chuck Israels, Eddie Gómez y Marc Johnson y de los bateristas Paul Motian, Larry Bunker, Philly Joe Jones, Marty Morell, Eliot Zigmund y Joe LaBarbera.

Todo este cúmulo de actividades, agregado al cada vez mayor número de larguísimas sesiones de grabación, repercutió negativamente en el estado físico del pianista. El autor describe el empeoramiento de su salud, la mala alimentación, la falta de descanso y el consumo de cocaína.

«Varios doctores le habían recomendado que dejara de tocar e ingresara en un hospital, pero Evans no hizo caso: solamente quería tocar con su trío». Murió en Manhattan a los 51 años, el 15 de setiembre de 1980.

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