Oi noiz aquí traveis presentó lo mejor del festival portoalegrense
Los escasos 45 minutos que dura la obra, anunciada como de una hora y cinco minutos, están ocupados por un solo de Abujamra absorto en sí mismo, del que se puede rescatar un par de chistes que, para peor, se repiten.
Lo preveíamos: el espectáculo callejero sobre la vida de Carlos Marighella «O Amargo Santo da Purificaçao» (19 de setiembre al mediodía, plaza de la Alfándega) fue lo mejor del festival de Porto Alegre. Los «Oi Nois Aquí Traveiz» tienen todo: la militancia y el canto, la reconstrucción histórica y la poesía, la irresistible música (birimbau, saxofón y otros) compuesta sobre los poemas de Marighella, vestuario artesanal de elegancia sin par, inventiva y sobriedad, actores impecables e ideas acertadas para la puesta en escena. Luego del conmovedor final, con los nombres de los desaparecidos surcando el aire en tenues hojitas y la reaparición de una niña, como vida que renace de entre las cenizas, que suelta unos globos de colores, «Oi Nois…» demostró que tuvo tiempo, amor al detalle y labor con la entrega del magnífico programa de mano con la síntesis de la obra, una breve biografía de Marighella, fotografías y bibliografía, que rubricó brillantemente una fiesta del alma, que habló tanto a la mente como al corazón. Tenemos a lo que hacen los «Oi Nois…» como la mejor definición de teatro a nuestro alcance.
Una fiesta no podía terminar sin la presentación de una artista muy querida del público de Porto Alegre (donde nació el 3 de octubre de 1965), Adriana Calcanhotto, que vive actualmente en Río de Janeiro, Ipanema, cuyos primeros shows fueron organizados por su amigo, hoy director del festival de Porto Alegre, Luciano Alabarse. Adriana presentó en el teatro del Shopping Bourbon (1.300 localidades, que se agotaron en sus tres presentaciones) su último CD, «Maré» segunda parte de una trilogía sobre el mar que inició con «Maritmo»; pero sus admiradores pudieron gustar también de sus grandes éxitos de ayer, como «Esquadros», «Devolva me» o «Vambora».
Envuelta en un amplio vestido rojo, el rostro de un blanco alabastrino, lo ojos profundos y luminosos bajo las perfectas cejas y el pelo corto, con un aire clásico, más romano que griego, nos hizo llegar su voz, cálida, dulce, siempre presente, delicada y vibrante, seductora sin proponérselo, de timbre inimitable. Es original sin ninguna extravagancia, y su voz se reconocerá entre mil.
«A falecida» de Nelson Rodrigues nos trae un mundo de hace cincuenta años, pero es un mundo sorprendentemente vivo. La obra transcurre en el hogar, en un ómnibus, en la casa de un hombre rico, en una empresa de pompas fúnebres que recordó a «Six feet under»; se respira la vida, la calle, las aventuras cotidianas. El hormiguero humano que plantea Rodrigues es visto sin ternura ni piedad; tampoco es negro. Sus personajes son amorales, no tienen sentido ético; pero no lo tienen porque no llegan ni a saber qué es, no porque transgredan algún código de conducta, interior o exterior. Reconocemos una realidad que nos rechaza; pero el autor no la juzga, y poco a poco nos identificamos, quizás peligrosamente, con los personajes; y en este punto nos dirigimos a una reflexión final. Rodrigues parece decirnos, como Baudelaire: «¡Hipócrita lector, mi semejante, mi hermano!»
«Por Elise» parece un taller de teatro al que se creyó, sin mayor motivo, una obra de teatro. Como es clásico en las obras de taller, aparece una presentadora que dice chistes y anuncia historias, con los actores en fila: se destaca la historia que nos llega, la cual se refiere a las desventuras de un perro que debe ser sacrificado y de su sentimental dueña y también hay un recolector de basura que busca a su padre.
Todos los personajes entran y salen corriendo del escenario no menos de unas veinte veces, sin que tan exigente despliegue físico haga avanzar un centímetro la delgada trama: mediada la obra, comprendemos que uno de los actores que corren es el perro. Cada tanto, recordando a Rodrigo García, caen y se estrellan paltas, peligrosamente cerca de los actores; se repiten, hasta la exasperación, una especie de mantra sobre un caballo loco que corre hacia el mar y los primeros compases de «Para Elisa» de Beethoven. Y así termina, sin gloria y sin más pena que la muerte del perro.
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