Teatro. LA REPUBLICA en Porto Alegre

El arte orgiástico de Zé Celso

La historia del vampiro Cristan (Leonel Radde, muy semejante a los clásicos Dráculas), que, harto de inmortalidad, elige el cambio, el devenir y la muerte, sugiere Blade Runner por una parte y por otra El inmortal, de Borges, con su prueba del engorro de la vida eterna. Todo sucede, canto, acción, romance, coreografía y tragedia, en intensos 55 minutos.

«La plétora es lo que nos mata» escribió Alfonso Reyes. Os bandidos, de Zé Celso Martínez Correa se propone reconstruir, a propósito del subversivo texto de Schiller y con un elenco multitudinario, todo el universo. El doble paralelo entre las divergentes carreras de dos hermanos, Carlos (el simpático bandido) y Francisco Moor (egoísta y artero pilar del orden establecido), rebautizados Cosme y Damián, por una parte y entre los «subversivos» de hoy /(Irak, Afganistán, el Che Guevara, Hugo Chávez) y el mundo organizado legal, más el organizado ilegal del narcotráfico, la prostitución y el delito en general, más el siempre odiado Vaticano, era obvio, pero con posibilidades: sobre todo con posibilidades de ser, como se proyectó, una buena ópera de carnaval, con música popular brasilera, Hip hop y rap; pero Martínez Correa ama demasiado a sus criaturas y no desperdició ninguna escena que cruzó por la cornucopia de su imaginación.

La obra, como es costumbre en Zé Celso, empieza algo más de una media hora tarde, porque los actores y el director entran en calor con cantos y bailes previos, sin público, al son de una orquesta en vivo. Diez televisores reproducirán las escenas que suceden a lo largo de todo el primer piso de la Usina del Gasómetro; una tarima señala un lugar privilegiado donde ocurre parte de la acción. Sueltan globos, con los que juegan actores y espectadores. Proyecciones de pétalos de rosas. Una mujer baila con una cabeza de toro en una mano y una botella de vino en la otra. Zé Celso canta, baila, se sienta con el público, estimula con gestos de ambos brazos, se divierte. Un proyector ilumina el piso; la música va desde el carnaval de Brasil a la «Oda a la alegría» de la 9º sinfonía de Beethoven, cuya letra es de Schiller, pasando por la ópera de Verdi sobre Los bandidos, I mesnadieri, y el canto gregoriano. En unas dos horas Martínez Correa comienza y concluye el libreto de Schiller, que, para el que lo leyó previamente, es reconocible; pero el genial director tiene en sí un impulso dionisíaco que lo fuerza a seguir más allá, no se sabe hacia dónde ni hasta cuando; y confesamos sin rubor que nos fuimos, sobresaturados y agotados aunque no aburridos, luego de tres horas y media continuas (informaciones fidedignas permitieron situar en seis horas y media la duración total de Os bandidos). Algunos actores encendían cigarrillos de marihuana con los que convidaban al público; hubo actrices que se desnudaban a la menor provocación (una marca de fábrica de Zé Celso), hubo un taller de educación sexual, se vieron relaciones sodomíticas, se habló bastante en español, hubo partos en escena a cargo de urubús – mujeres, hubo brazos que blandían Kalashnikovs, espadas y puñales… y todas las escenas, todas, estuvieron bien planteadas y resueltas. Tal como se exhibió, Os bandidos es un suntuoso borrador de una obra magistral que, desdichadamente, nunca veremos y que Martínez Correa, hombre fáustico, orgiástico y antropofágico, no tuvo la paciencia (o el tiempo, o las ganas) de escribir. Como a Peer Gynt, le sobraron material y peripecias; y le faltó la síntesis de sus experiencias.

Uno se resigna a Algo de ruido hace como se resigna al inevitable tedio que a veces trae la vida cotidiana; en particular por los densos silencios que la autora y directora (Romina Paula) indica sin tregua. Una joven va a vivir con dos primos subnormales que viven solos (Ignacio y el Colorado), cuya madre ha muerto. Ella aparece luego de una escena en que el Colorado ­que cargosea tratando de precisar si las camas en que durmieron hace años eran o no cuchetas­ trata de bajar el volumen de un reproductor de CD que su hermano insiste en subir: inútil imaginar a qué condujo esa escena. Sobrevino el clásico momento en que ella les pinta los labios con rouge. Inquietud en la platea; pero cuando uno espera que los idiotas la maten, los tres bailan juntos. Fin de la obra. Si todo el teatro fuera como Algo de ruido hace, preferiríamos a Tom y Jerry.

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