En el Festival de Porto Alegre, por siempre, el arte de Brook
La actriz gaúcha Lisa Becker, radicada en Dinamarca, leyó el libro de cuentos para niños de Ricardo Azevedo «Contos de enganar a morte»; en manos del director dinamarqués Hans Röme, tenemos la vieja historia en esta pieza que interpreta, en portugués, la misma Lisa Becker acompañada por una hamaca paraguaya (que emplea, más que para descansar, en diversos balanceos semi gimnásticos) y el músico Clauss Carlsen con sus instrumentos minimalistas. «Zé Malandro…» es un cuento dicho por una actriz competente dentro de un grato marco musical.
El compositor y cantor Pericles Cavalcanti (Río de Janeiro, 1947), más conocido como compositor (en particular de las baladas de Adriana Calcanhotto), reproduce aquí parte de su último CD, «O rei da cultura» y brinda otra parte de su repertorio general. En varios aspectos se asemeja -su actitud física ante el público y su banda- a Bob Dylan, un autor que integra su repertorio con «It’s all over now, baby blue» entre otras. Como Dylan, incorpora a su virtuosa banda un violín; además, esto por su cuenta, Pericles agrega una trompeta y al buen cantante Leo Cavalcanti, su hijo.
Cuando Iván Karamazov, ateo y materialista, va a ser juzgado por el asesinato de su padre, cuenta a la creyente Alyosha un cuento, parábola, apólogo o poema. Jesucristo ha vuelto a la Tierra: el prodigio sucede en Sevilla, España, siglo XVI, en un momento en que cientos de herejes van a ser quemados en hogueras de la Inquisición. El pueblo reconoce en seguida al Mesías, presencia sus milagros, besa el suelo bajo sus pies; una mujer lleva un ataúd con el cadáver de su hija de siete años y pide a Cristo que la resucite. La niña se levanta, entre las flores que la cubrían. Pero el Gran Inquisidor ha visto todo. Ordena detener y encarcelar a Jesucristo; el terror que infunde hace que nadie intente impedirlo. En la cárcel, a solas con el hijo de Dios, que será quemado al día siguiente por hereje, el Gran Inquisidor (Bruce Myers) habla, acusa, se justifica y confiesa una infernal transgresión.
La puesta en escena de Peter Brook (nacido en Londres, 1925, de padres rusos) omite todos los rubros que el más modesto teatro uruguayo juzga imprescindibles. No hay escenografía: hay un espacio alfombrado, una tarima, una silla, dos banquitos. No hay vestuario: el Gran Inquisidor y Cristo visten sencillamente, de negro. No hay música incidental, «coreografía», «preparación corporal». Hay, en cambio, teatro. El original y combativo texto es llevado al máximo de sus posibilidades con la sola actuación de Myers, que emplea diversos matices, volúmenes de voz y expresiones del rostro, siempre al servicio de la comunicación. Es un arte muy difícil el de Brook, que parece muy simple y no lo es.
Quizás se encuentre a Brook demasiado racional, pero si lo examinamos de cerca, la parte de Dionisos está en el ataque frontal a la Iglesia Católica y la tesis, implícita en «El gran inquisidor», de que el cristianismo es sólo una herejía que, a diferencia de las demás, logró triunfar. Queda en pie aquel que Nietzsche llamó «el extraño y enigmático Jesús de Nazareth», de nuevo derrotado, ya que no de nuevo crucificado.
En «El vuelo de la serpiente tragó el círculo del sol» Marcelo Gabriel dice mucho, tal vez demasiado, de él mismo. Gusta de la música electrónica, cree que tanto todo movimiento muy lento y todo movimiento muy brusco son ya, paradójicamente por igual, figuras de ballet. Se esfuerza en una coreografía aleatoria cuya síntesis no se percibe, canta, dice poemas suyos, incomoda a los espectadores que lleva al escenario, proyecta filmes con el rostro de Marcelo Gabriel en primer plano y a todo color, a veces deformado, otras manchado, otras enarenado, por diversos oficios de computadora.
«Antes» de Pablo Messiez, cuenta la historia de tres amigos que leyeron un día «The member of the wedding», un cuento de Carson Mc Cullers que se conoció en español con el nombre de «Frankie y la boda», y deciden reconstruir la historia. La protagonista, Frankie, tiene doce años; aquí es la veinteañera Lorena Romanin, que prefiere para Frankie los molestos tics de Kachorra Guerrero a los de Shirley Temple. La doméstica afroamericana Bernice y el niño de seis años son representados, a lo Daniel Veronese en «Un hombre que se ahoga», por hombres de treinta que no tratan de parecer ni mujer ni niño. Toda la sutileza psicológica de Mc Cullers se perdió en pesados coloquialismos y en las no menos molestas groserías de rigor en los teleteatros. Pero este es el mundo moderno. Aquella profundidad, aquellos mundos subterráneos revelados por el azar de un casamiento, son cosas de antes.
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