Irrompible pero no wash and ware

La segunda obra de Night Shyamalan es ahora la película más vista en Montevideo, por gente que quiere ver algo como Sexto sentido. Pero a la media hora los espectadores, aburridos, empiezan a hacer bromas en voz alta.

Ya el título inglés Umbreakable «Irrompible» suena en Uruguay a parodia y hace sospechar.

Algunos quedan hasta el final con la esperanza de un remate genial. Mala noticia: hay al final algún dato que no revelaremos, como los hay en toda película, pero no más.

Para peor, casi todo lo demás es previsible en esta película que erró de género. Un autor debe elegir si pretende interesarnos en problemas existenciales que ya nos angustian como seres humanos, o en las aventuras de un héroe de historieta. Shyamalan intenta que nos angustiemos con los problemas existenciales de un monigote.

David (Bruce Willis) es el único sobreviviente de un accidente de tren y recibe una nota que le pregunta cuántas veces estuvo enfermo. Constata que nunca y va a ver al remitente, un galerista y coleccionista de historietas que literalmente vive enfermo, Elijah (Samuel L. Jackson).

Este le espeta la teoría que elaboró estudianto las tiras cómicas: existen desvalidos y personas creadas para defender al resto. Las historietas solo son una expresión deformada y comercial de una verdad esencial.

Por algún motivo, el director de Sexto sentido y libretista de Stuart Little hace esfuerzos para que la idea nos parezca razonable. Nos muestra muy largamente los problemas familiares y dudas que la teoría despierta en este superhéroe ignorado, las frustraciones matinales y el enfriamiento matrimonial a que lleva negar su verdadera vocación.

La película, con lógica de historieta (hasta punto débil de historieta tiene: miedo al agua), no se juega a la estética de historieta. No es X-Men, ni Dick Tracy, ni Batman (pese a que, fuera de lugar, imita alguna capota negra). Casi no hay pi–as.

En su lugar, se tarda horrores en que los personajes entiendan cosas que el espectador hace rato que adivinó. Y Bruce Willis, callado, mira silencioso y pensativo cómo llueve. Y mira y piensa. Y en la sala se oyen carcajaditas de aburrimiento.

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