Dos artistas enjuician a sus patrias y otro al cristianismo
Ay, su espectáculo, pese a sus punzantes temas de actualidad y a su actitud contestataria, es monótono y reiterativo.
La artista (61 años) se presenta vestida con una amplia túnica gris que la cubre casi por completo y unos pantalones también grises. Ocupa un lugar destacado entre sus tres músicos, toca un violín con la forma y dimensiones de una horma de zapato, utiliza un sistema de sonido que puede distorsionarle la voz hasta alcanzar el registro masculino y canta, sin gestos, casi como en un recitado. Acostumbrados al prudente teatro uruguayo, Anderson nos suena, con sus críticas directas a la guerra de Irak y la tiranía de los expertos», a música celestial; pero pronto esa voz, que sentimos valiente y vibrante, se cierra sobre sí misma, se estanca, no llega al drama, no aspira a cambiar este mundo.
«Los persas» de Esquilo, adaptación de Heiner Müller, comienza con unos chistes alemanes a propósito de un ominoso paralelepípedo; pero todos los chistes, bromas y hasta payasadas, que desconcertaron, cumplieron dos funciones: la primera es descolocar al espectador y recolocarlo en un piso desde donde el ascenso hasta las cimas de la tragedia será un visible Gradus ad Parnassus: el coro, una mujer, habla sobriamente, los mensajeros suben el tono, Jerjes grita y Darío vocifera. la segunda, cuestionar a gritos la idea de que no hay teatro bueno sin dinero (fondos concursables, proyectos «A escena!», «Esquinas», premios, etc.) y hasta sugiere que resultan contraproducentes («apoyar a un artista es matarlo», escribió Thomas Bernhard). Los mismos griegos de hoy, que algo deben saber, lo hacen así. Esta puesta en escena es teatro puro, y a ello debe su brillo y su impacto en el público.
La nada pequeña empresa de condensar en una hora y media «Emperador y Galileo» de Ibsen, título que engloba dos piezas, «La apostasía de César» y «Juliano emperador» de cinco actos cada una, dotadas de unos cuarenta personajes con nombre, más innominados guerreros (griegos, romanos, persas), feligreses, sacerdotes, sofistas, bailarinas, criados, sacrificadores, arpistas, guardias y demás) y cuya zarandeada acción transcurre en Constantinopla, Atenas, Efeso, Lutecia (hoy París), Viena, Antioquia, montañas y llanuras, fue resuelta por el director Sérgio Ferrara centrando la obra en el infernal debate, interior y exterior, de Juliano, emperador romano desde el 3 de noviembre de 361 DC, fecha en que muere el emperador Constancio. Juliano es un diestro general versado en filosofía que asciende al trono a los 24 años: tiene todas las calificaciones para ser uno de los mejores emperadores de la historia y también los mejores propósitos. No obstante, muy luego su acción se dirige a eliminar el cristianismo, que, a su pesar, le ha llegado al alma, y a la restauración del mundo clásico de los dioses plurales. El espectáculo incluye críticas del cristianismo, que prefiguran las de Nietzsche, una puesta en escena sencilla y eficaz (escenografía de Carlos Pedreanez y Leonardo Ceolin) y un elenco muy solvente donde brillan Caco Ciocler en el papel de Juliano y Sylvio Zilber como el filósofo y consejero Máximo.
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