En escena. LA REPUBLICA en Brasil

Luces y sombras del prestigioso festival teatral de Porto Alegre

También apoderarse de la tesis opuesta para desconcertar y otros gambitos. Era posible y aún de interés dialéctico poner en escena esta curiosidad, vagamente análoga a las 64 maneras de apoyar la cabeza en la mano que recopiló o inventó el no menos alemán ni menos profundo G.C. Lichtemberg; pero el autor de la pieza, Manoel Prazeres, prefirió contar las pedestres discusiones de los vecinos de un condominio sobre dónde poner los bolsos de basura y el resultado no es mejor que los omnipresentes residuos.

«Ritual íntimo», sobre cuentos de Joao Silvério Trevisan, tiene buena actuación, muy buena puesta en escena (Marcelo Braga y Marcelo Denny), buena escenografía; algo parece faltar del lado del libreto, donde hay historias pero no personajes. Tocamos aquí los imprecisos pero tangibles límites que separan el teatro de la narrativa: la transposición de la narrativa, en este caso nueve cuentos, en teatro, importa, sin tener en cuenta el carácter antidialéctico de buena parte de la narrativa actual, una sucesión de nueve desenlaces que se borran en contacto con el cuento siguiente.

Los actores catalanes de loscorderos.sc. con su «Crónica de José Agarrotado» practican el llamado «teatro físico» cuya equivalencia ya sabemos: un pobre teatro «de texto» al que se pretende soliviantar con gimnasia, a la que podríamos llamar, con buena voluntad, ballet y, de rigor en obras españolas, mucha agua que salpica. Obtienen 10 puntos en comunicación, estado atlético, acrobacia y ritmo; pero incurren en las repeticiones de «La Zaranda» y en análogo vacío remanente. El teatro, con su dialéctica, con su sentido del tiempo, con la casi trágica presencia de un hombre que agoniza ante un público que también agoniza (Heiner Müller), es, para nuestra modesta percepción, otra cosa, y otra cosa radicalmente distinta.

La vida de Helene Weigel, última esposa de Bertolt Brecht, es mostrada en «Determinadas personas: Weigel», una breve, muy superficial y muy mal documentada panorámica que pretende abarcar no sólo la vida de Brecht y Weigel sino también la historia de Alemania, desde la república de Weimar hasta la caída del muro de Berlín y aún después. El buque insignia de la pieza, a vueltas de títulos y declarados propósitos, es Brecht, muy favorecido por la deliberada ocultación de sus errores políticos, como su apoyo al stalinismo y sus hipócritas declaraciones en los Estados Unidos. Esperábamos que la obra de una mujer (la actriz Esther Góes) fuera un poco más feminista; pero al salir del teatro sabemos de Helene Weigel casi lo mismo que sabíamos al entrar.

Más que «100 Shakespeare», el admirable espectáculo del grupo «Pia Fraus» de Sao Paulo pudo llamarse «A partir de Shakespeare». Se nos ocurre que «100 Shakespeare» surgió de improvisaciones sobre temas de «El mercader de Venecia», «Tito Andrónico», «Hamlet», «Rey Lear», «Otelo» y alguna otra; las escenas así creadas se independizaron del texto clásico, se pulieron y crecieron, hasta a veces antagonizar el texto clásico, como en las procaces aventuras de una descocada Desdémona. Pero en el remate «100 Shakespeare» vuelve sobre sus pasos, el disparador es revalorizado y recolocado, se cierra un círculo y «Pia Fraus» rinde un último homenaje al gran maestro: los manipuladores – actores, saturados de pasión, vida y tragedia, llegan a 100 (¿velocidad, temperatura…?), alcanzan a sus personajes y reproducen su electrizante atmósfera de exaltación, dolor y sangre derramada.

La obra está realizada por actores, que además de manipular muñecos interactúan entre sí y hasta con el público. El toque caótico y al borde del sueño o del delirio, que rima con Shakespeare, se integra en una obra sólida, bien articulada y rítmica gracias a una dirección atenta (Wanderley Piras), y a una banda sonora (Gustavo Bernardo) sin fallas, que por momentos, más que acompañar a la pieza, parece su libreto.

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