Entrevista exclusiva con Abel Prieto, ministro de Cultura de Cuba

"Se resistió el vendaval"

Por Gourevitch

–¿Cual es el momento actual en la cultura cubana?

–Yo creo que estamos en un gran momento. Usando esa terminología cubana del «adelanto» y del «atraso» (que se aplica a todo) yo te diría que estamos en «puro adelanto».

En 1990 y 1991, muchos artistas cubanos se preguntaban si sería posible mantener la vida cultural en Cuba, en medio de la terrible situación de crisis. La producción editorial se derrumbó: de 55 millones de ejemplares que publicábamos anualmente se pasó a 1 millón; peligraba la misma existencia de los festivales y eventos internacionales, siempre muy costosos; ¿podríamos mantener nuestras 47 escuelas de arte, nuestras 3.000 instituciones culturales? Finalmente, se resistió el vendaval, el terrible vendaval, y hoy las instituciones funcionan y la vida cultural prosigue. Hablando, ahora sí como ministro, te diría que hoy el desafío que tienen las instituciones culturales cubanas es cómo lograr dar respuestas a la demanda de ese gran talento que hay en Cuba, a la demanda de promoción de ese talento. Por ejemplo hay 13.000 músicos registrados en Cuba (le das una patada a una piedra y de debajo te sale un grupo tocando música); hay una multitud de escritores jóvenes, artistas plásticos que egresan en cantidad de las escuelas… Con sacrificios mantuvimos el Festival de Cine, el Festival de Ballet. Rescatamos la Feria del Libro, que ahora será anual (este el país invitado es España), rescatamos la Bienal de La Habana. Estamos utilizando a la televisión para difundir la auténtica cultura: en el programa «Universidad para todos», el escritor Sacha Fernández acaba de terminar un curso de técnicas narrativas, de cuyos textos fundamentales se hizo un suplemento escrito. Se vendió en los estanquillos medio millón de ejemplares del mismo. Es un fenómeno nuevo ese uso de la televisión.

–¿Cómo se manifiesta este gran momento de la cultura?

–Hay muchos artistas en Cuba. Es cierto que muchos artistas se fueron a vivir fuera, buscando un nivel de vida. La música cubana tiene hoy un prestigio excepcional. En los próximos años –pienso– habrá un boom de la plástica cubana y otro de la literatura, que será más lento porque es otro tipo de circuito el de su difusión.

–Hablemos algo más de la música cubana. Cuba siempre tuvo una gran reserva de talento musical, eso se ve incluso antes de la Revolución, con figuras como Lecuona, Rita Montaner, Benny Moré, los Matamoros…

–Pero ese talento natural para la música obtuvo en las escuelas de arte un componente de oficio, una base teórica. Alberto Alvarez, uno de nuestros grandes «salseros», un genio, toca «salsa», sí, pero su tesis de graduación fue una pieza sinfónica. Es un salsero que tiene como substrato una rica imaginación musical pero como base una formación teórica mucho mayor que la de los talentos naturales que empezaban tocando bongó en las calles. Y eso es producto de la política cultural de la Revolución: la creación de las escuelas de arte.

 

Posición política y obra

–En esa política cultural y en ese «gran momento» de la cultura cubana, ¿hay lugar para los emigrados y los disidentes?

–Yo creo que en esa política cultural nosotros separamos la posición política de un escritor o un artista de su aporte a la cultura cubana. En las historias de la literatura cubana, en las antologías, nosotros estamos incluyendo autores emigrados, previa consulta a ellos. Algunos se niegan a que sus textos aparezcan, pero la mayoría acepta. Y esto no fue siempre así. Estamos en un momento de madurez y ahora no podemos adoptar una posición sectaria. Estamos preparados hoy –a partir de la solidez de la Revolución Cubana, proceso irreversible, y de la amplitud de su política cultural– para separar obra cultural y actuación política.

–Ese «estamos preparados» ¿se refiere a los intelectuales o a todo el pueblo cubano?

–Yo pienso que el pueblo cubano, en su gran mayoría, está preparado. Te hablaría de los lectores de poesía en Cuba, que no son solo los intelectuales. El lector culto en Cuba (y con la educación hemos logrado que muchos lo sean) hoy está perfectamente preparado para eso. Las cosas han cambiado. Hoy nos visitan permanentemente los emigrados. Determinados traumas, determinadas fisuras, que en su momento fueron muy dolorosas, se han ido sobrepasando de manera adecuado. Y eso –por supuesto– tiene una expresión cultural. Vamos a publicar a Oscar Hijuelos, a Mayra Montero. Cristina García estuvo en Cuba. Dos escritoras cubano-americanas han ganado el premio Casa de las Américas y han sido jurados. La posición nuestra no es dogmática, ni de negación de lo que puede hacer un emigrado en términos de arte. Y yo pienso en esta cubanía que está fuera de Cuba, de alguna manera integra la cubanía en su expresión total.

 

Momento de retroceso

–¿Como fue el «Caso Padilla»?

–Primero, te quiero decir que Heriberto Padilla es un excelente poeta. Fue un hombre que lamentablemente se alejó de Cuba, se alejó de su generación. Terminó muy amargado. El iba a volver a Cuba; hubiera sido mucho mejor que su enfermedad le hubiera dado tiempo para ello. Las circunstancias en las que se produjo aquel famoso llamado «Caso Padilla» no tienen nada que ver con nuestros criterios de política cultural de ahora. La famosa autocrítica fue una caricatura de los «procesos de Moscú», algo terriblemente caricaturesco. Fue un retroceso, un momento de retroceso, en términos de política cultural y, en general, no tiene nada que ver en como apreciamos la obra de Padilla, que utilizó las coyunturas para ganar notoriedad, y su aporte a la poesía cubana.

Y lo mismo te digo de Gastón Baquero, que lo vamos a publicar en Cuba. Gastón Baquero fue una persona asociada a la dictadura de Batista. En términos políticos es alguien que merece, para un cubano patriota y revolucionario, toda la condena imaginable; una persona sin ningún tipo de ética política y sin embargo es un gran poeta. Estamos preparados para leer al poeta Gastón Baquero y, si no olvidar, por lo menos poner de lado momentáneamente su trayectoria política, mientras disfrutamos la lectura de su obra.

Pero hay más. Un documental cinematográfico como «Yo soy del son a la salsa», de Rigoberto López Pérez, hacía un resumen de la música cubana en el que estaba incluida Celia Cruz. Celia Cruz forma parte de la historia de la música cubana, no podemos negarlo. Sin embargo, sus posiciones políticas fueron en un momento dado muy activas contra la Revolución. En los últimos tiempos no sé, me da la impresión que ya menos. Pero en mítines de Bush estuvo Celia Cruz cantando y haciendo activismo político en favor de la reacción…

El propio Jesús Díaz está en las antologías nuestras. Cada vez que hacemos una antología del cuento, nos dirigimos a Cabrera Infante, que es una criatura abominable pero un gran escritor, para que autorice la inclusión de su obra y siempre se ha negado. Sí está, en cambio, en las bibliotecas.

Yo creo que no podemos excluir a nadie de la opción de leer al escritor independientemente de la posición política que tenga.

 

Zoe Valdez y la «pornopolítica»

–En la rueda de prensa que di hace un ratico, me preguntaron mucho sobre el caso de Zoe Valdez, que parece escribió mucho en los diarios españoles cuando el caso de Elián, el niño secuestrado. Las razones de no publicar a Zoe más que políticas son literarias. Ella está produciendo un tipo de subliteratura, una especie de porno-política de pésima calidad.

Es una escritora que tuvo talento en algún m
omento. Se ha convertido en una comerciante. Esa es la valoración que nosotros hacemos. En las antologías de la poesía está incluida; cuando ella ejercía la poesía y no la porno-política. Es un caso de perversión de la literatura y de su función. Se ha convertido a partir de una gran maquinaria de propaganda en una escritora conocida. Pero eso es un fenómeno que se va a decantar. La Zoe de esta literatura que está haciendo es muy efímera.

 

Cuba y el «realismo socialista»

–En la presentación pública de «El vuelo del gato», el escritor español Manuel Vázquez Montalbán subrayó que en la novela no hay consignas ni «héroes positivos». La ausencia de estos ¿demuestra que la «pachanga cubana» venció al «realismo socialista»? Eso no es malo más allá de que hay muy buenas obras en ese género («Así se forjó el acero», «El Don apacible»), pero ¿fué Abel Prieto escritor quien le impuso a Abel Prieto ministro la ausencia de consigna o de «héroes positivos».

–Cando Manolo Vázquez Montalbán dice que no hay héroes positivos en el libro, el está pensando en el estereotipo del ‘realismo socialista’ clásico. A mí me parece que los héroes de mi novela son positivos en el sentido de que son afirmativos, integran la resistencia cubana, acumulan cosas de valor, no materiales, sino elementos de determinada fuerza. Yo pienso que –por suerte– el ‘realismo socialista’ no es un fenómeno de mi generación (y por ello ni de esta novela). Nunca arraigó en Cuba y nunca tuvimos un estilo oficial como lo tuvieron otros. Si tú revisas la literatura cubana, te darás cuenta de que ese mundo de los buenos y los malos, de los indios y los cowboys, que fue una versión «socialista» de Hollywood que nos llegaba, nunca se convirtió en cultura popular en Cuba, ni arraigó en el mundo intelectual. En Cuba siempre la vanguardia artística estuvo presente con su componente de experimentaicón, de búsqueda, de ruptura. Yo cuando escribí la novela, por supuesto, traté de que ningún cargo pudiera empañar la transparencia que yo quería transmitir al lector. Ni el ministro dio consignas al escritor ni este las hubiera aceptado. Abel Prieto quiso escribir una historia de su generación y explicar la «cubanidad» y eso es lo que hizo, como lo hubiera podido hacer cualquier escritor cubano.

–Volvamos al tema de la televisión. Usted dijo que en Cuba se quiere que sea un instrumento de cultura. Hay quien diría que para eso debe haber competencia, televisiones privadas…

–En Cuba la televisión es pública, estatal. En nuestro modo de ver eso, la convierte en una televisión más democrática y mucho más plural. Porque la televisión en manos privadas y en manos de intereses vinculados al consumo, lo que ha hecho es convertir un gran instrumento educativo en un instrumento de publicidad y manipulación, sobre todo, y de fomento de la seudocultura.

Nosotros estamos convencidos de que puede servir para educar, para difundir la verdadera cultura. Sabemos que al ser estatal, eso hace que nuestra política cultural hacia la TV sea de gran responsabilidad, que no pueden ser cirterios excluyentes los que nos lleven a la utilización de este medio. No ha sido todavía el instrumento cultura que queremos sea.

–¿…Y como vehículo de absorción?

–Eso no fue casual, no. En Cuba se metió la industria cultural estadounidense «con todos los hierros». Allí se hacía el «Life» en español, se traducían al español y se publicaban las «Selecciones del Reader’s Digest», se editaban programas de TV. Eramos una especie de pequeño laboratorio de ensayo de la industria cultural norteamericana, en su afán de imponer su cultura al resto del mundo, en especial a Latinoamérica. Y lo interesante es que la cultura popular cubana y los intelectuales opusieron una fuerte resistencia a la absorción. Después de la Revolución, nosotros no fomentamos el chovinismo, porque –entre otras razones– esta resistencia no lo fue.

En nuestra política cultural no fomentamos el chovinismo ni siquiera el antinorteamericano. Es un compromiso que tiene que ver con la idea de que la gente nuestra debe conocer lo que pasa en el mundo.

Quiero hablarte de otra gran responsabilidad. En Cuba no hay editoriales privadas y nosotros tenemos una gran responsabilidad frente al lector cubano. El debe recibir la literatura nacional y tiene derecho a recibir el patrimonio cultural universal. A lo largo de 40 años, hemos publicado desde los clásicos universales, de todos los países, hasta la literatura más reciente de cualquier estilo.

El americano medio trae una visión muy, muy estereotipada de Cuba: un mundo de «pachanga» (rumberos) y de fundamentalistas rojos. Reúnen el estereotipo folclórico con el estereotipo político. Piensan que lo único que hemos publicado en 40 años son libros de Lenin y Marx. Yo les cuento lo que hemos publicado de literatura norteamericana, desde Mark Twain y Edgar Allan Poe hasta Gore Vidal, Kurt Vonnegut, O’Dyke. Entonces se asombran. Y constato que un lector cubano actualizado sabe más de literatura norteamericana, con lo que hemos publicado, que un visitante promedio americano que llega a nuestras playas.

Incluso artistas importantes (te hablo, por ejemplo, de Leonardo Di Caprio), políticos y académicos no conocen su propia literatura. Y lo admiten con una gran ignenuidad, esa ingenuidad terrible que caracteriza a los americanos. Por eso son tan peligrosos, como un niño grande con una bomba atómica en la mano. Un niño gigantesco, un niño atontado…

Los americanos tienen un tipo de censura que ni los censores de Stalin (que fueron realmente brillantes ejerciendo la exclusión) sobrepasaron: el mercado. Hoy saben quién es Sylvester Stallone y conocen las intimidades de Madonna, pero no saben quién es Noam Chomsky, quizás la inteligencia más lúcida de Estados Unidos. Porque a Chomsky lo tienen reducido a un circuito universitario minúsculo. Es un mecanismo –cuya eficacia hay que reconocer– que permite que cuando aparece un talento crítico o se compra o se lo reduce a un gueto donde no tiene la menor influencia.

–¿Cómo ve el ministro de Cultura de Cuba el mentado tema de la globalización?

La globalización tiene que ser un sinónimo de riqueza, de multiplicidad. No debe ser un sinónimo de «pensamiento único», de pensamientos únicos y uniformes. Es muy importante para el mundo que haya muchos polos culturales, fuertes e influyentes. Pienso que en Europa hay una reacción frente a la invasión americana de modelos, de fetiches. En ese contexto es muy importante fomentar circuitos iberoamericanos. Yo tengo mucha fe en los programas de intercambio cultural: es importante que nos conozcamos mejor. El único sentido que tiene hablar de Iberoamérica es la cultura; no hay otro. No tenemos ningún tipo de integración política o económica. Lo que realmente nos integra y define es la cultura, los idiomas español y portugués –muy cercanos, de la misma familia–, las costumbres.

Hay mucha gente preocupada, un gran músico francés amigo mío me decía que la veía la «latinidad» en retroceso frente al «espíritu anglosajón». Yo pienso que no hay que rechazar el aporte anglosajón y el aporte norteamericano a este concierto plural que debe ser la globalización. Tiene que tener el sitio que le corresponda y tratar de buscar lo mejor de esa cultura. Frente a la idea de la globalización como algo homogéneo tenemos que sembrar la idea de una multiplicidad cultural. Incluso los propios artistas de verdad estadounidenses están preocupados: ellos tienen a escala de ese gran país un esquema de globalización excluyente, en el que hay un discurso dominante, muy mediocre, muy primitivo, que excluye a discursos
de mayor elaboración, de más riqueza. Un cineasta como Robert Redford, actor y productor, tiene ese tipo de preocupación. Hay un cine alternativo en Estados Unidos que está surgiendo contra los patrones dominantes. A mí me parece que todos tenemos que defender la idea de que la globalización sea la oportunidad del mundo de reconocer su diversidad, su pluralidad, su riqueza, la extraordinaria diversidad de ese patrimonio que ha acumulado la humanidad.

–¿Qué piensa Abel Prieto de las nuevas tecnologías y su impacto sobre la cultura?

–Nosotros pensamos que ante todas las nuevas tecnologías no se puede tomar una posición reaccionaria, no se puede denegar la enorme importancia de esos nuevos instrumentos. Pero –al mismo tiempo– hay que tener cuidado con un deslumbramiento ante ellas que nos haga olvidar el peso y la importancia de los auténticos mensajes culturales. A mí me preocupa personalmente –no es una posición del gobierno o del Ministerio de Cultura– el énfasis que hacen las nuevas tecnologías de la información en la síntesis, en obtener –en el caso de la información– la mayor cantidad de información posible en el menor tiempo posible. Pero tú para leer «El Quijote» no puedes estar apurado; eso necesita otro ritmo. La literatura tiene otro tiempo y otro ritmo y a mí me preocupa que los niños tengan contacto con los hitos de la literatura universal a través de esos medios… No sé… Una versión interactiva de la «Isla del Tesoro» de Stevenson, con el loro de Long Silver que tú lo puedas mover con el «ratón» o buscar «opciones»… Todo esto tiene el peligro que se puede perder la relación del niño con el libro, la relación del joven con ese tiempo, con esa especie de casi intimidad espiritual que se crea con algunos libros ¿Cómo se puede leer «Los hermanos Karamazov» en versión interactiva?

Y por otra parte es un extraordinaria instrumento que tenemos que utilizar. Hoy tenemos colocado Internet en todos los municipios del país. Estamos haciendo énfasis en el uso social de Internet. No tenemos dinero para venderles en moneda nacional computadoras a todos los ciudadanos en general. Algunos escritores han comprado computadoras, algunos músicos ya las usan. Pienso que debemos lograr que esa vanguardia artística tenga dominio de esos nuevos medios, porque no se pueden subestimar, incluso en el campo de la creación. Yo no excluyo que en el siglo que viene, o tal vez dentro de 10 años, o quizás el año que viene, se publique una novela interactiva, concebida, pensada, diseñada para esos medios. Quizás no se llame novela, será otra cosa…

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